Un día perfecto

May 21st, 2007

Día 6. Merzouga-Ouzarzazate. 377 km.
Just a perfect day.

Oh! it’s such a perfect day
and I spent it with you
just a perfect day,
you just keep me hunging on.

Lou Reed

A las 5.45h todavía no lo sabiamos, pero habíamos pasado una de las mejores noches posibles en el desierto. No estaba nublado, no se levantó demasiado viento y para más flipe reinaba una impresionante luna llena. A pesar de todo la arena estaba muy fría. El color del cielo era indefinible, un color azul como no has visto en tu vida. La luz no rebotaba con nada, a nada tenía que sacar color más que a la arena naranja que alumbrada por la luna permanecía en mate y solo se decidio a brillar al ver asomar a Lorenzo.

La ventilación de la haima dejaba pasar una rasca bastante elegante, y el mito es cierto, en el desierto hace un frio terrible por la noche. Pero supongo que si el día de tu cumpleaños te despiertas en tan paradisíaco lugar, son detalles que no te van a estropear el momentazo. Yo sólo lo puedo saber tratando de adivinar los gestos de Sarajayne. Pregúntenle a ella.


Así comenzó un nuevo año de su vida, y un día en el que tendríamos ocasión de celebrarlo por todo lo alto: con una buena dosis de kilómetros en diversos medios de transporte, buen humor, y las ganas de vivir que derrochamos por todos los poros.

Al salir de la haima lo primero de lo que nos dimos cuenta es que sin enroscarnos en las mantas no ibamos a aguantar un minuto fuera. El sol aún no había aparecido sobre el horizonte, pero ya se intuía su luz. Aún así, la visibilidad era total gracias a la luna. Nos subimos a una de las dunas cercanas para ver aparecer al astro rey y saludarlo como se merece. En este lugar más que en ninguno se descubre la gran verdad que ya cantara el maestro Rosendo, que pase lo que pase “amanece cada mañana, los siete días de la semana, y estamos vivos: Sursum Corda” (es decir, “levantemos el corazón”).

Y al fin apareció y empezó a calentarlo todo. Salía tan rápido que casi se le veía escalar la duna que teníamos en nuestro horizonte. Y entonces, todos los colores de esa inmensiada tan parecida a la nada empezaron a cambiar como reivindicando su existencia. Las dunas empezaron a deleitarnos con sus juegos de luces y sombras y al cabo de un rato ya pudimos prescindir de las mantas.

No nos dio tiempo a mucho más. Recogimos las cosas de la haima en un pis-pas porque Hassan ya tenía preparados los dromedarios para echar a andar. Los gabachos ya estaban preparados, mientras que el equipo del nordeste peninsular, anonadado ante tanta belleza le costaba un poco más responder. En el viaje de vuelta nos encontramos con otros grupos que se encontraban alojados en haimas repartidas por toda la redondada, pero que no habíamos detectado hasta entonces. No se lo monta nada mal el Youssef. Menudo “imperio” que tiene aquí preparado.

El Yasmina nos esperaba de vuelta. Con sus duchas comunitarias para los haimistas y su desayuno de mermeladas ricas. En todos los desplazamientos soliamos hacer lo mismo. La maleta grande se quedaba en el coche y en la pequeña llevábamos los útiles estrictamente necesarios hasta la próxima vez que volvieramos al coche. Así pudimos bajarnos rápidamente de los dromis y colarnos en la ducha comunitaria con todo el morrul del mundo. Mientras la panda de guiris que nos acompañaba se entretenía mirando si las duchas eran de homes ou femmes, nosotros ya estábamos dentro de una ante la atónita mirada del personal.

El viaje iba a ser largo y la comida programada era de las de hogaza de pan y chope, así que en estos casos ya se sabe lo que hay que hacer: ponerte como el tenazas en el desayuno buffet. A ello nos estábamos dedicando en cuerpo y alma cuando aparecieron Fátima y el resto de los 7 magníficos que se unieron a nuestra mesa. Habían llegado la tarde anterior prácticamente cuando nosotros salíamos con los dromedarios. Y ya habían tenido ocasión de hacer el mongui por las dunas.

Sarajayne se llevó una buena ración de besos y carantoñas felicitatorias de parte de todo el equipo y después empezamos a compartir experiencias del viaje desde nuestro encuentro en el palaio Al-Mansiq de Fez. Ahí fue cuando nos contaron la aventura de Midelt ante nuestras atónitas miradas. Debimos tomarnos muy a pecho el llenar el buche para el resto del día porque todos ellos ya habían acabado de desayunar y nosotros todavía no y eso que habíamos empezado antes.

Al salir del desayuno nos encontramos a Hassan e Ibrahim sentados al sol con su “tenderete” montado para los turistas. Vendían fósiles del desierto que probablemente habrían comprado a los chavalillos, así como los cd´s con sus grandes éxitos del jembé. En principio les íbamos a dar una propinilla, pero cuando vimos el pastón que nos querían cobrar por los fósiles empezó la negociación y renunciamos a la propina. Al final le pagamos diez euros por una rosa del desierto y un fósil de caracola muy guapo. Lo del cd ya era demasiado, Hassan nos rebajaba (casi regalaba) pero el Ibrahim no tenía tan buenas pulgas con nosotros. Al fin y al cabo es su curro, y funciona más o menos igual en todos los lugares del tercer mundo: los que están más cerca de los turistas pueden disfrutar de mejores condiciones de vida.

Hassan era un tipo realmente extraordinario. Medio-hablaba un montón de idiomas. En castellano más o menos te entendías todo el tiempo, pero si no probaba a ver si le entendíamos en francés, o en inglés. El alemán decía que se le daba algo peor, pero sabía decir bastantes cosas en japonés. Evidentemente en bereber y en árabe nosotros no le entendíamos. Ríete tu de la escuela oficial de idiomas. Sólo con lo que se le pega de los guiris que lleva y trae a las haimas del desierto. Al verle decir una palabra en cinco o seis idiomas distintos pensé en cuantas y cuan ridículas conversaciones he participado acerca del uso del catalán o el euskera. Quizá todo sea cuestión de verlo con cierta perspectiva.

Nos despedimos de los 7 fantásticos y estábamos dispuestos a salir de nuevo a los 14 kilómetros de infierno por la pista (al menos era de día). Cuando Ibrahim vino corriendo y nos preguntó si le podíamos acercar a Rissani o a Erfoud. Le dijimos que sí y dijo que volvía en un segundo. Cuando volvió ya no tenia ni la túnica ni el turbante. Llevaba unos pantalones largos y un jersey, vamos, que lo otro es toda una puesta en escena para los guiris como nosotros. Y sí… lo consiguen. Impresiona.

Ibrahim nos la lio un poco, porque nos llevó por un camino más corto en kilómetros, pero había que hacer muchos más por la pista. Y supongo que tiene ojos para ver la diferencia entre las ruedas de un 4×4 y las del golfillo. Quizá el error fue nuestro al no plantearle la cuestión bien mascadita. El coche nos tenía que llegar hasta España por lo menos y es algo que quizá no intuyó directamente. Tardamos casi dos horas en llegar al asfalto y volvimos a vivir otra situación de Odisea / Penuria en la escala de Jorge. El coche se enterró en una duna que se comía la pista y alli nos vimos Ibrahim y yo apartando arena de las ruedas mientras Sarajayne le daba a la marcha atras y los guardabarros empezaban a escupir granos de arena. Daba igual. Estaba escrito que este había de ser un día perfecto y nada podía contrariarlo. Salimos del atolladero un par de veces más y en cuanto pisamos asfalto pusimos el golfillo a 110 km/h para sentir que seguíamos subidos a un coche y no al carro de las vacas.

A Ibrahim lo dejamos en Erfoud con un “hasta otra amigo”, quien sabe si nos volveremos a ver. Inshala. Paramos a echar petróleo y llenamos el deposito por unos módicos 450 DH. Nos esperaba una larga travesía salpicada de pueblos. Cuentan que esta es una de las partes del país más conservadoras, y pudimos observar la cantidad de mujeres totalmente envueltas en trapos negros. Verlas desfilar por la carretera, casi siempre portando algún tipo de enser, o churumbel, o ambas cosas, era todo un espectáculo. Pasábamos uno y otro pueblo, algunos con mercado algunos sin él. Lo más complicado de la conducción en estos tramos es esquivar las omnipresentes bicicletas. Algunos de los ciclistas sobrepasan con creces los 60 años y con la bici cargada de cualquier cosa van haciendo unas “eses” que cuidadín, cudadín…. En un pueblo que vimos tranquilo paramos para surtirnos de los vívieres para nuestros bocadillos: unos tomates, pan, quesitos, etc… en la tienda nos atendía un chaval de unos 16 años, que se le notaba a la legua, había heredado las maneras de frutero de su padre. Y que no había atendido a muchos guiris en su vida. Sus amiguitos estaban allí y se callaban ante nuestra presencia. A la que nos íbamos volvían a empezar las risas y comentarios. Es una sensacion un poco extraña. Te sientes como un ovni. Pero mola. Si te dan un poco de coba hasta puedes hacer alguna tontería que les haga reír, pero este no era el caso. Pensé que el chaval se lo podia tomar a ofensa.

Tiramos millas ya por carreteras que nos parecian la mismísima autopista hacia el cielo con el depósito lleno, agua y vívieres para sobrevivir el día y la ilusión de llegar a nuestro destino. ¡Ah! ¿qué cual era? pues aún no lo teníamos muy claro. La idea era llegar al día siguiente a Esaouira, pero la noche del medio dependiendo de cómo se nos diera el viaje. A Sarajayne no paraba de pitarle el móvil con sms de felicitación. Maravillas del protocolo GSM.

Para la hora de comer estábamos ya en Tinerhir, la ciudad oasis. Y la vista de la ciudad antigua es realmente impresionante. Íbamos algo apretados de tiempo y no tuvimos ocasión de internarnos en sus calles, aunque la vista desde el mirador parece impresionante. Según nos cuentan, no hay demasiados turistas.

Casi todo el mundo para por estos lares para visitar las gargantas del Todra, que están a unos 10 km de Tinerhir. Creo que tienen una fama inmerecida. Pues aunque su vista es realmente imponente, no creo que merezcan semejante romería. Es lo malo de los espacios naturales que molan. Que cuando se petan de turistas dejan de molar. Es lo que le ha pasado a este. Había demasiados tenderetes, demasiados turistas, demasiados autobuses. Con todo nos gustó, así que nos hicimos con una sombra y sacamos la navaja para seccionar las hogacinas, los tomates y el chope. Hora de comer. A Sarajayne le seguía pitando el móvil con sms felicitatorios. Hasta yo mismo estuve tentado de mandarle uno.

Las gargantas del Todra pueden estar muy bien para quienes gusten de la escalada, pues las inmensas paredes pueden ofrecer opciones interesantes. Son unos quinientos metros de carretera entre dos paredes de roca de más de cien metros de alto separadas por menos de treinta metros en algunas partes. El viento que sopla ahi dentro es realmente impresionante. Muy chulas si consigues abstraerte del turistismo. Al acabar el bocata con las vistas de la garganta nos echamos un cafeto al cuerpo y reemprendimos marcha.

Al bajar de nuevo dirección Tinerhir nos encontrábamos con chavalillos que vendían unos camellos trenzados con hojas de palma. Me recordaban a los “gatos” que mi abuelo me enseñaba a hacer con juncos cuando íbamos con las vacas en Villar de las Traviesas, pero estos eran algo más sofisticados. Los tenían hechos de tal forma que se podían colgar del retrovisor del coche y te pedian una propinilla por ellos. En un punto paramos a echar una foto y se nos acercaron dos críos. Se nos quedaban mirando y se reían. No decían nada, ni si quiera nos intentaban vender sus camellos de hoja de palma. Cuando le dijimos a uno de ellos que nos hiciera una foto no cabía en si mismo de felicidad. Tocaba la cámara como si fuese la cruz que encontro Indiana Jones al principio de la última cruzada. Nos hizo la foto (que quedo bastante mal, por cierto) y se nos quedaba mirando flipando en colores. Pensad que es un país musulmán, y vivien en aldeas, aunque estén acostumbrados a los turistas. Ver a una pareja de jóvenes que van juntos y se abrazan para hacer una foto es algo que está más allá de cualquier contacto que hayan podido presenciar entre personas de distinto sexo. Un flipe. Intentamos negociar por el camello que el chavalín casi nos regalaba, pero en estas apareció un tercero, un chaval algo mayor que ellos, de unos 12 o 14 años que corría como alma que lleva el diablo con un armatoste hecho también con hojas de palma y que asemejaba un coche. Si parar siquiera su carrera y con un movimiento preciso introdujo la cabeza por la ventanilla, lo colgo del retrovisor sin tocarlo y puso la mano para recibir la pasta. Le dijimos que “gracias” pero que queríamos hablar con los otros dos chavaillos. No hubo manera. No nos lo quitábamos de encima así que tuvimos que mandarle a paseo y pirarnos de allí. Lástima. Charlar con los dos niños era muy divertido.

Nos volvimos a quedar con ganas de entrar en Tinerhir pero no había tiempo. Ya habíamos decidido que nos quedaríamos a dormir en Ouarzazate y aún nos faltaba un trecho. Así que empezamos a darle cera al golfillo. Atravesamos un montón de pueblos a velocidad de crucero y luego zonas desérticas con rectas interminables. En algunos tramos llegábamos incluso a los 120 km/h. Un flipe.

La tarde iba cayendo y como viajabamos hacia el oeste el sol se escondía en el horizonte ante nosotros. Fue entonces cuando buscando entre los cds para cambiar la música me encontre con el recopilatorio de Lou Reed y no me pude imaginar otra canción más adecuada para ese momento. Yo estimaba que con que Sarajayne se lo estuviera pasando la mitad de bien que yo ya estaría disfrutando de un verdadero feliz cumpleaños. Con las ventanillas bajadas y con los altavoces a todo trapo, empezo Lou a desgranar los primeros versos de “Perfect day“: “Such a perfect day, drinking sangria in the park. And then later when it gets dark we go home….“. Bueno, no teníamos sangría ni parque ni si quiera casa… pero era un día perfecto igualmente.

¡¡¡¡ F_E_L_I_Z——C_U_M_P_L_E_A_Ñ_O_S——S_A_R_A_J_A_Y_N_E !!!!

¿Por cierto, quien dijo que no se le podían poner puertas al campo? En Marruecos lo hacen continuamente, y una vez hasta nos paramos para hacer una foto.

Conseguimos llegar a Ouarzazate aunque demasiado tarde y demasiado cansados para lanzarnos a la aventura del pueblo. Así después de regatear un con vil que nos quería tangar por todos los lados acudimos a un hotel Ibis con desayuno incluido por 500 DH los dos. Casi precio europeo, aunque el hotel era cómodo y es lo que necesitábamos. También buscamos un sitio para cenar y encontramos el más pijo de la ciudad, donde hasta nos dieron cerveza. Una cosa fabricada en Casablanca que no sabia a nada… pero oye… después de varios días sin probarla hasta parecía una Mahou cinco estrellas. Como a Sarajayne no podía faltarle el pastel de cumpleaños, aprovechando un despiste por su parte le di instrucciones al camarero de que en el postre plantara una vela encendida porque era su cumple. El hombre me miró con cara extrañada. Caí en la cuenta que lo de eso de una vela en una tarta puede ser como la tortilla de patatas. Tan fácil, tan práctico y tan poco internacional. El hombre no entendía la jugada pero asintió. A los cinco minutos aparece en la mesa con una tarjeta y un boli para que le escriba el nombre de Sarajayne. Cagada número dos, camarerito. Sarajayne se ha coscado que algo se cuece. Sin embargo, la pobre estaba tan cansada que hasta se le llegó a olvidar. Hemos de decir en este momento que nos pusieron de comer como si fuésemos quince.

Al llegar el postre este fue el resultado:

¿No está del todo mal, no?

Y así se nos acabó aquel día en el que Sarajayne pudo celebrar ese cumpleaños de una edad en la que eres lo suficientemente madura para saber un poquitín de qué va la vida y lo suficientemente joven para seguir impresionándote con cuanto descubres en ella.

Que cumplas muchos más… y yo que lo vea.

Just a perfect day.

Entry Filed under: Cronicas de viaje

1 Comment Add your own

  • 1. *DiNa*  |  May 21st, 2007 at 3:52 pm

    Holitaaa!!
    Veo que el viaje fue fenomenal! estoy mirando todo tu viaje porque es la unica forma de saber de ti!! :(
    Bueno haber cuando das señales de vida que vienes a Noceda y no avisas, no contestas a los mensajes…. ejem …ejem…

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