Sobrevivir al puerto de Tánger

June 18th, 2007

Dia 10 . Asilah - algún lugar de la provincia de Jaén. 355 Km.
La diferencia entre un puerto español y otro marroquí.

El mundo se abre paso ante nosotros
Aparecen puentes sobre los valles
túneles bajo las montañas

-cosecha propia-

El omnipresente rey Mohamed VI

Amanecimos en Asilah dispuestos a dar una vuelta tirando a corta, desayunar y largarnos hacia Tánger a coger un barco. Ni si quiera teníamos billete así que convenía no despistarse. Nos enfrentábamos al tremendo desafío de cruzar el estrecho dirección norte. Y, aunque eso no lo sabíamos, la tremenda logística que supone cruzar una frontera por mar se puede agravar infinitamente en un país tan corrupto como Marruecos. Y ante cualquier situación desconocida, lo más prudente es tomarte tu tiempo.

El tiempo que nos sobrara a lo largo del día lo aprovecharíamos para acercarnos a Madrid lo máximo posible para no tener que conducir mucho el último día.

Ruta del día 10Salimos a pasear por Asilah tratando de encontrar en el camino un lugar agradable donde desayunar. La ciudad es muy pequeñita. La muralla de la medina se encuentra en muy buen estado y las callejuelas inspiran una cierta sensación de intimidad. Nos acercamos a una de las almenas de la muralla que da al Atlántico y allí disfrutamos de la vista de la costa y de la brisa marina.

Había un montón de españoles por todas partes y eran los únicos que se hacían notar. Por lo resto hasta los tenderos eran bastante tranquilos. Sólo nos daban increíblemente la peta las “tatuadoras” de la plaza principal. En una acera se encontraban sentadas una docena de mujeres, todas vestidas de negro que se dedicaban a realizar tatuajes de henna. Cada vez que veían aparecer a una chica europea empezaban a gritar al unísono: “¡¡¡here, aquí, ici!!! como siempre… probando idiomas hasta que dan con el tuyo. La primera vez que pasamos ante ellas, solo por el tremendo cacareo nos apartamos asustados: (bicho, bicho….). No hay nada peor que alguien disturbando tu paz a primera hora de la mañana. Sarajayne no estaba muy por la labor de los tatuajes y yo ni te cuento…. así que pasamos de ellas, aunque eso no hizo que ellas pasaran de nosotros y cada vez que volvíamos a pasar por allí nos volvían a cacarear.

Pared en AsilahCuando nos aburrimos de pasear por las callejuelas y adquirimos un par de recuerdos nos fuimos a desayunar a una terraza frente a la muralla. Un café cojonudo y tostadas que ni te cuento. Había un montón de terrazas y por todas ellas pululaban los limpiabotas. Uno de ellos se empeñaba en limpiar con betún mis zapatillas roídas. Yo, muy amablemente le indicaba al señor que lo que le hacían falta a las zapas era agua y jabón y que ya les llegaría su hora. El intentaba convencerme de que mis zapatillas eran de cuero de primera calidad y que el tenía el betún adecuado… no… me da a mi que no lo voy a convencer…. así que le dije que nasti del plasti sin más y adiós muy buenas.

Con el estómago lleno se piensa mejor así que decidimos echar a andar por si el puerto de Tánger se nos daba mal de tiempo. Echamos gasolina marroquí por última vez y salimos a la carretera. Discurrimos pegados al mar la mayoría del tiempo hasta acercarnos a la ciudad de Tánger. La cruzamos por alguna de sus travesías y pronto nos encontramos en el puerto, aparcando al lado de unos caminos para intentar evitar al “chilabilla”. Ni modo… nos colocó y hubo que pagarle. La estampa de aquel aparcamiento era ciertamente desoladora. Mucho solar, casas derruídas y grupillos de adolescentes por todas partes en corros. Muchos de ellos, probablemente consumiendo algún tipo de droga. Desde el hachis hasta el pegamento. Me imagino que muchos de estos chavales son los que se encaraman a los bajos de los camiones para intentar cruzar el estrecho. Marginación + falta de futuro = emigración. Lo que muchos no saben es que al otro lado no lo van a tener tan fácil como creen. A lo mejor a estas alturas sí que lo van sabiendo ya.

Quieto parao!!Sacamos los billetes para los dos y el golfillo en una de las múltiples agencias. Increíblemente más barato. 90 eurillos por los dos y el coche. Y el ferry salía en cosa de hora y media. Nos estaba saliendo todo de coña. Gastamos los últimos dirhams en una tienda de al lado comprando lo de siempre: pan, quesitos, cocacola, chope de sabor insólito. Fuimos entrando en el puerto y todo parecía tremendamente fácil. Parecía.

Llegados a un punto en la cola de coches no podemos avanzar más. Un empleado de la naviera nos pide los billetes y los pica. Hay que sellar los pasaportes. El propio empleado nos dice que el lo puede hacer si le damos 40 euros. Yo le digo que querrá decir 40 dirham. Se descojona en mi cara y dice que por 30 euros también lo hace. Le digo que si flipa en colores. La cola es inmensa y no avanza. Sarajayne se baja a sellar los pasaportes. En los siguientes 30 minutos no se mueve del sitio y yo avanzo muy poco a poco con el coche. Resuelvo el papeleo del coche y Sarajayne aún no se ha movido. Me quedo mirando un rato: todos los empleados de las navieras cogen pasta de los coches y pasan los pasaportes a la policía, que los pone en primer lugar. El sistema de corrupción está totalmente engrasado y si no quieres esperar tienes que pagar. Seguro que hasta el puto director del puerto se lleva pasta de esta red. Una panda de españoles se empieza a rebelar y alguno empieza a jurar en arameo. La gente se pone nerviosa, empieza a empujar y a colarse. Los polis se ponen nerviosos y un par intentan poner orden, pero los españoles se cagan en su puta madre y en toda la gendarmería marroquí. El tío entra a las cabinas y les dice a los funcionarios que se pongan las pilas que se está armando un motín (o eso entendí). Un funcionario que hasta ahora sólo fumaba cigarrillos sentado se pone en otra ventanilla y también sella pasaportes. A los empleadines que recolectaban los pasaportes en la cola de coches les amenazan con los puños cada vez que los ven aparecer. Aún así alguno le pasa, con todo el morro, un taco de pasaportes al poli. Los españoles le nombran a toda su familia en términos poco cariñosos. La cola empieza a avanzar, la gente empuja, somos una marabunta terrible… pero por fin, después de hora y cuarto en la cola conseguimos pasar.

Tánger desde el mar

El coche fue algo más fácil, sólo nos arrimaron un poco los perros, unas patadas en las ruedas y unos golpes de destornillador en las puertas y tras descubrir que no llevamos fardos enteros de aceite de resina de cáñamo nos dejan pasar. Un barco se está cerrando delante de nosotros. Nos dicen que el siguiente en 30 minutos. Somos los terceros en la cola.

Es el momento perfecto para abrir el maletero, sacar la navaja, abrir el pan y empezar a untar los quesitos. Dos estupendos bocatas, ñam, ñam, patatas fritas y colcacola. Mientras degustábamos los bocadillos entre el olor a gasoil y el viento del estrecho aparecen un par de vendedores con toda clase de mercancía pirata y/o robada. Relojes de “primeras marcas”, gafas de sol Ray-Ban, etc… negociamos con ellos y conseguimos un estupendo reloj de alguna marca que ahora no recuerdo y unas gafas por tan solo 25 euros. Los dos eran más falsos que un duro de madera… pero es igual… afán consumista que nos entró. Dos vendedores iban juntos y como nada nos interesaba demasiado regateábamos a muerte. Nos bajaba los precios todo el tiempo ante el cabreo de su compinche al que no le caíamos nada bien.

Llegó el barco, se bajó la trampilla y las gomas del golfillo abandonaron suelo marroquí. En la bodega del barco tuvimos que hacer ocho maniobras para poder aparcar. Subimos a la cubierta. Al llegar nos encontramos con un pollaster increíble. El barco se había completado y unos 20 pasajeros que iban a pie se quedaban fuera. Estaban a punto de retirarles la pasarela de acceso. Todos gritaban sin parar, llamando a los empleados de hijos de puta para arriba. Las azafatas que cortaban los billetes estaban acojonadas y no era para menos. Dos o tres tíos de los que se quedaban fuera eran realmente chungos. No paraban de insultar e increpar. Una chica, ya en el barco, lloraba sin parar porque la habían dejado subir mientras que a su amiga no. Un capullo integral que ya estaba subido al barco apoyaba a los de la pasarela con arguméntos estúpidos de justiciero de barrio estilo: “Que salga el capitán y que dé la cara!!!”. Siempre tiene que haber algún idiota. El tío que nos había pedido los 40 euros por el trámite del pasaporte era uno de los que organizaba el acceso al barco. Valiente cabrón. La pasarela se levantaba y entonces todos empezaban a gritar. El tono de los gritos de “hijos-de-puta” subía media corchea. Y nosotros viendo aquel espectáculo como el que ve los toros.

Sarajayne y Joe cruzando el estrecho de vuelta

Al final les dejaron subir (en el barco, realmente había sitio para todos), pero Sarajayne empezó a preocuparse por el número de salvavidas a bordo, temiendo, tal vez, que en caso de hundimiento yo no fuese tan caballeroso como Leonardo Di Carpio en Titanic. En cualquier caso no hizo falta. El barco no se hundió.

Y así fue como fuimos abandonando el país, tras varias horas en el puerto viviendo situaciones de lo más variopintas. Khalid tenía razón. Es un infierno. Ármate de paciencia y picaresca porque falta te va a hacer. Cuando el cacharro se puso en marcha nos dio pena dejar atrás Marruecos… pero nos alegramos de dejar atrás todo aquel pollaster.

Navegamos parejos a la costa sin aclararnos mucho qué era África y qué Europa (pa quien no entiende de mares esto no es tan sencillo). Nos fue quedando más claro cuando volvimos a ver el peñón, pero al cabo de un rato ya estábamos atracando en Algeciras. Bajamos corriendo a la bodega para subirnos al Golfillo. Salimos rápido del barco pero las colas de las fronteras son de lo peor. La Guardia Civil nos hace abrir el maletero, la Policía Nacional nos pide los pasaportes y los municipales nos indican por donde salir… madre mía! cuanta autoridad… Venga… sólo queremos salir de aquí. Colas y más colas. Desde que llegamos al puerto de Tánger hasta que estábamos en ruta en Algeciras pudieron pasar unas seis horas. Y el tránsito en barco era cosa de hora y cuarto. El resto, tiempo de espera.

Una vez en suelo patrio y en ruta el objetivo era conducir hasta que nos diera el sueño. Y eso sucedió en algún lugar pasada la circunvalación de Granada. Creo que era la provincia de Jaén pero tampoco estoy muy seguro. Fueron unos 300 km desde Algeciras y cuando el primer síntoma de sueño al volante apareció nos fuimos fijando en los hostales. En el siguiente que vimos paramos. 35 euros una habitación cutre. Si nos hubieran dicho 350 DH nos hubiera parecido un pastizal.

Tomamos una cerveza apoyados en la barra del bar y un bocadillo de panceta grasienta. Ya que tenemos que curarnos de la tristeza de haber dejado Marruecos, por lo menos que sea disfrutando de las cosas buenas de la patria.

Entry Filed under: Cronicas de viaje

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