Salvame de Salvador. Unos pasos por Brasil. Parte II

September 26th, 2005

Salvador de Bahía

Un vuelo de la compañía Varig, de unas dos horas de duración, nos llevó hasta Salvador de Bahía. Allí nos esperaba un taxista que habían enviado desde la Pousada do Boqueirao. a recogernos. Allí habíamos reservado dos noches aunque finalmente sólo nos quedamos una. Hablamos con Nino, un italiano de unos 60 años que nos puso un poco sobre la pista y nos ayudó a orientarnos en el Estado de Bahía. Había vivido en Madrid hace muchos años y era la eficiencia en persona. Se lo sabía todo (horarios, teléfonos, pousadas…) y nos fue de gran ayuda. Teníamos demasiadas cosas que hacer y demasiado poco tiempo. Empezamos a arrepentirnos un poco de habernos quedado tantos días en Río. Chapada da Diamantina, Itacaré, Morro de Sao Paulo, Fernando de Noroña… demasiados sitios a donde ir y solo 6 días…
Subimos a la habitación a meditar el plan. La casa era realmente impresionante. Una antigua casa colonial con toda la madera del suelo restaurada, una cocina impresionante, una terraza que daba al mar. Todo lo que vale la pena del Copacabana Palace lo teníamos allí y encima con un ambiente mucho más familiar, y con huéspedes más enrollados. Eso sí, esta pensión la teníamos que pagar.
Tras echarle un ojo al calendario decidimos que nos quedaríamos sólo una noche en Salvador, que iríamos un día a Morro de Sao Paulo (una isla a unas dos horas en barco) y que luego volveríamos para ir a la Chapada (un parque natural a unas 7 horas en bus) durante 3 días. El plan era un poco matador, pero queríamos optimizar el tiempo. Eso nos dejaba sólo un día para Salvador así que salimos a comernos la calle.

Pelourinho
La pousada esta situada en la parte más antigua de la ciudad, conocida como O Pelourinho. Una maravilla de barrio de arquitectura colonial, lleno de colorido, pero desgraciadamente cayéndose a trozos. Caminar por las calles te produce, en primer lugar un sentimiento agridulce. La belleza de sus rincones se contrapone a la decadencia general que se percibe. Demasiados edificios necesitan demasiadas reformars.
El segundo sentimiento que te produce el Pelourinho es dolor de cabeza. Al acercarte a las plazas principales una horda de buscavidas comienza a acosarte desde todos los ángulos posibles vendiéndote todo tipo de collares y enseres varios. Los primeros que nos pillaron nos aturraron tanto que decidimos comprarles 3 collares cada uno y llevarlos bien a la vista para espantar a todos los siguientes, porque si no nos iban a dejar en paz.
Estábamos buscando un sitio donde comer y los camareros se ponían de lo más pesado intentando llevarnos a su garito. Los niños se acercaban para pedirnos dinero a cada paso. Era un horror.

Así que decidimos salirnos un poco de las calles principales y allí encontramos un par de lugares que tenían buena pinta y donde se respiraba una cierta tranquilidad. Estuvimos preguntando por la feijoada y la moqueca y los precios nos parecieron razonables, así que nos quedamos. La señora que atendía el lugar era muy simpática. Tenía en la radio a Caetano Veloso y cantaba sus canciones a grito pelao en medio de la calle. Nos daba palique sin parar y hablaba de Río, de Bahía, de la música brasileira, de Vinicius de Moraes, en fin, un poco de todo.
Nos tiramos allí un buen rato entre las cervezas y la estupenda feijoada que nos zampamos. Esa tarde jugaba Brasil contra Chile en partido clasificatorio para el mundial de Alemania 2006 y nos apetecía ver el partido entre la torcida brasileira, así que le preguntamos a la señora donde podíamos ver el partido. Nos recomendó amablemente que fuéramos al bar de un amigo suyo donde también estaba su marido. Que ella llamaba a un taxi para que viniera a buscarnos. Nos dijo que allí no habría turistas y que por lo tanto tampoco nos iban a dar la brasa los vendedores. En principio aceptamos, pero luego, cuando el taxi tardaba en llegar yo me rallé un poco. Ya tenía asumido que la señora estaba esperando a su colega el taxista para llevarse su comisión. Eso es absolutamente normal en Brasil y no me importa si hay que pagar unos reales de más. Pero me mosquea que me hagan los planes cuando el que está de vacaciones soy yo.
Al final nos acompañó a la parada de taxis y le explicó al taxista donde tenía que llevarnos. El hombre conocía el bar así que al taxi nos subimos.

La encerrona
Nos subimos al taxi y tardamos menos de 30 segundos en descubrir que nuestro chofer era el mismísimo Torrente, pero en mulato. Pitaba a todas las garotas que nos cruzábamos por el camino, sacaba la mano por la ventanilla como si les fuera a tocar el culo y hacía todo tipo de gestos y comentarios obscenos. El tío era bastante personaje.
Salimos callejeando del Pelourinho, pasamos por delante del estadio del Bahia y allí la carretera estaba cortada. Al parecer había un desfile gay. Nuestro amigo Torrente ya tuvo tema para el resto del viaje. “Gays…uhhhhkkk, maricones…uhheheekyyyy… “, como no seguido de todo tipo de obscenidades.
Dio la vuelta por una especie de autopista que rodeaba una favela enorme. Nos estábamos alejando de más del Pelourinho y el instinto empezaba a decirme que mantuviera los ojos bien abiertos. Llegados a un punto Torrente sale de la autopista y empieza a subir por una calle en cuesta con un desnivel del 40%. Mete primera y tiene que ir haciendo eses para que el coche suba mejor. Me quedo pensando que nuestra única esperanza es que esté atajando para llegar al otro lado porque la carretera estaba cortada. Pero tras recorrer unos 300m de cuesta llega a la cima de la colina, donde hay una enorme plaza llena de gente. Rodea en parte la plaza y vemos una especie de terraza-bar llena de gente, casi todos negros, tomando cervezas. “Aquí es”, dice Torrente.
Efectivamente. Estamos en el puto medio de una favela.
Torrente se baja a hablar con el jefe. Yo estoy sentado atrás y Guti delante. Nos miramos y casi sin decir palabra negamos con la cabeza al mismo tiempo. Esto huele fatal. Nos podríamos tirar el rollo y aventurarnos en el Brasil profundo de la favela. Pero son las cuatro de la tarde y cuando acabe el partido, a las seis, ya será de noche. ¿Como coño vamos a salir de aquí? Además, no vamos a estar cómodos viendo el partido. Vamos a estar continuamente con un ojo en la espalda por si vemos el filo de algún cuchillo.
La cabeza me empieza a funcionar a 20000 revoluciones por minuto y pienso en la mujer del restaurante, pienso en si le pagamos con mucho o con poco dinero, si nos vio cuanta pasta llevábamos en la cartera, la cámara de fotos, en como coño nos ha metido aquí si nos decía que el Pelourinho era muy peligroso para los turistas… Y pienso en que cómo hemos sido tan gilipollas como para meternos nosotros solitos en la boca del lobo.
Esto sentado en el asiento de atrás del Volswagen Polo del año la tana y veo que Torrente se ha dejado las llaves puestas. Por un momento me veo saltando al asiento del conductor y veo que salimos afilando rueda. Pero vemos que Torrente vuelve. Le decimos que nos hemos olvidado de algo en la pousada y que tire millas de vuelta al Pelourinho. Vámonos de aquí echando hostias.
Sale de la favela por otra ladera todavía más empinada. Los frenos del polo chirrían a medida que tiene que pararse porque hay niños jugando en medio de la calle. No tardamos mucho en llegar a la autopista y de vuelta. Ya dentro del Pelourinho Torrente se pone a callejear por sitios por los que pienso que si para el taxi tampoco saldríamos de ahí… Por fin llega de vuelta a la parada del taxi. Le pagamos y nos perdemos entre la multitud de guiris que circula por allí. Encontramos un bar de hamburguesas donde ya ha empezado el partido. Nos pedimos dos cervezas y nos pasamos 10 minutos sin hablar. Casi acabando las cervezas y cuando Brasil ya ganaba 2-0 (goles de Robinho y Adriano) nos miramos y decimos: “uuuuffff”.

Nunca sabremos si realmente nos estaba haciendo el lío o nos recomendó el lugar de verdad. Pero creo que no comprobarlo fue la mejor decisión. Creo que todavía podemos alcanzar altos niveles de excitación corriendo riesgos mucho menores. Al final Brasil ganó 5-0. Volvimos a la pousada y nos tomamos un par de caipirinhas para relajarnos.

Por la noche volvimos a dar una vuelta por el barrio. Un policía en cada esquina y verdadera sensación de peligro donde no los había. Solo había un par de bares decentes abiertos y el rollo que tenían eran de turisteo de lo peor. No eran ni las nueve de la noche y la calle ya estaba llena de malandrucas y el ambiente era bastante asqueroso en general. Decidimos que teníamos que salir por pies de allí, y salir por pies de Salvador. Todo aquello era un agobio innecesario.

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