Rio sin mucho lio. Unos pasos por Brasil. Parte I
Entre los pasados dias 29 de agosto y 11 de setiembre de 2005 hice un viaje por Brasil con mi gran amigo Jose Miguel Gutierrez, al que todos conocemos como Guti. Esta es la cronica del viaje, donde uno se puede hacer una ligera idea de lo que dio de si.
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Al principio no lo tenÃa demasiado claro. Se acercaban mis largas vacaciones de verano y ya que habÃa pasado tanto tiempo fuera de casa me apetecÃa bastante estar en España. Pero en el fondo sabÃa que era un viaje al que no me podrÃa negar. Cuando Guti me confirmó que el director del hotel en el que trabaja nos habÃa conseguido 6 noches en el hotel Copacabana Palace de Rio de Janeiro supe que era una oportunidad que de ninguna manera podÃamos desaprovechar.
Asà que procedimos a cerrar las fechas para las dos primeras semanas de setiembre, sacamos los billetes e hicimos un plan de viaje bastante poco detallado y por supuesto siempre abierto a la improvisación. Bueno, en realidad si le quitamos la improvisación el plan se queda casi vacÃo, pero bueno.
El viaje de ida
El domingo 28 por la noche Guti salÃa de trabajar a las 20h y 5 horas más tarde estarÃamos volando. Quedamos en un bar de Antón MartÃn donde solemos ir a comer para cenar algo y de paso que nos hicieran unos bocatas para llevar, que diez horas y media de vuelo es mucho vuelo y el cacho de pollo ese que te pone Iberia no es que alimente demasiado. Por si acaso nos surtimos de un bocadillo de jamón y otro de cinta de lomo. En la tele estaban poniendo el Cadiz-Real Madrid. El Madrid iba ganando 1-0, gol de Raúl, creo.
Cogimos un taxi a Barajas y tuvimos ocasión de aburrirnos durante un buen rato hasta que pudimos embarcar. El vuelo, aburridÃsimo también. Por suerte me dormà cosa de 3 o 4 horas y no se me hizo demasiado largo. Casi sin darnos cuenta estábamos aterrizando en suelo brasileiro. Dejamos que saliera toda la gente del avión y nos quedamos los últimos tratando de desempanarnos un poco. Al llegar a la puerta del avión, vemos que de la zona de primera sale un mulato cachas del cual me suena la cara… ¡coño si es Ronaldo! Sale delante de nosotros y se pone a hablar con dos coleguillas suyos. A la sazón, Robinho y Baptista. Que casualidad. Empiezo a pensar en cuántas veces he oÃdo en la tele eso de “Romario/Bebeto/Ronaldo/…/ se fue unos dÃas a Brasilâ€. Pues ahà los tenÃamos a los tres. Y es que al cabo de unos dÃas jugarÃa la selección brasileña un partido de clasificación para el mundial del 2006 contra Chile. Aunque a esa parte ya llegaremos…
Nosotros nos ponemos a la cola de inmigración (evidentemente los afamados futbolistas no tienen que pasarla) y les perdemos de vista. Ya habÃa pasado casi todo el mundo asà que no tuvimos que esperar mucho. En esa cola me di cuenta de una cosa que me colmó de felicidad. Ya lo habÃa oÃdo en las noticias, pero verlo es otra cosa. De los 4 o 5 puestos de inmigración que habÃa, en uno de ellos se podÃa leer: “U.S. citizens only†o lo que es lo mismo, “Sólo los americanos de la USAâ€. Ese puesto era el único que tenÃa una cámara digital acoplada y un lector de huellas dactilares. Me colmó de placer ver como al menos hay un gobierno en el mundo que le planta cara al gobierno del imperio. No sé si será porque me toca personalmente, pero yo estoy hasta los mismÃsimos cojones que cada vez que vengo a Chicago tenga que esperar una cola que a veces llega a ser de una hora, para que un señor policÃa me fiche como si fuera un delincuente y me haga preguntas sobre de donde vengo a donde voy y donde trabajo, máxime cuando es información que ya figura en el visado que le tuve que pedir a su gobierno. Asà que me parece de una dignidad absoluta el hecho de que al menos haya alguien que les devuelva la moneda. Al mismo tiempo que me parece vergonzoso que ningún gobierno de nuestra admirada Unión Europea se haya atrevido a hacer algo parecido. En fin, que tampoco es tan importante. Pero si que me llegó al alma el cartelito.
Después de recoger las maletas empezamos a caminar hacia la salida del aeropuerto y acordamos que ya estamos en Brasil, que esto ya si que es el paÃs al que hemos venido y que a partir de ese momento tenemos que encender el chip de “cuidado que me pueden estar tangandoâ€. Efectivamente, justo antes de salir a la terminal están las casetas de los taxis. Nos ofrecen uno a Copacabana por 67 reales (A partir de ahora, 3 reales = 1 euro). Intentamos regatear pero no ceden. Pasamos de su culo y nos dice que fuera nos va a costar más. Eso ya lo veremos. Empezamos a regatear con un taxista y se lo sacamos por 50. Yo me doy por satisfecho aunque Guti querÃa apretar un poco más. Para regatear entre dos siempre conviene utilizar la misma táctica: “poli bueno, poli maloâ€. Ni que decir tiene que yo era el poli bueno. A mi no se me da demasiado bien hacer el vil con los precios, pero es que por muy bien que se me diera no podrÃa ser ni la mitad que a Guti. Asà que los papeles están claros. Cuando el vendedor no quiere bajar el más el precio y seguimos con la sensación de que nos están tangando, el poli malo se cabrea y dice que mejor pasamos y el poli bueno dice que a el no le importa pagar ese precio pero que el poli malo no quiere… casi siempre funciona. Eso si, por muy buen precio que consigas, no lo dudes, te han tangao.
Atravesamos la ciudad en medio de un tráfico espantoso el lunes a las 8 de la mañana. Casi al salir del aeropuerto nos damos de bruces con una de las crudas realidades de Brasil. Una de las favelas más grandes del paÃs es atravesada por la carretera que va al aeropuerto. Tiene más de 100.000 habitantes, nos cuenta el taxista. También dice que esa carretera por la noche es muy peligrosa. Más adelante nos enterarÃamos que el capo absoluto de la favela está en la cárcel, pero que maneja los negocios desde allÃ. Los brasileños se refieren a toda esta situación simplemente como “la violenciaâ€. Los robos, asaltos, tráfico de drogas, secuestros… todo se engloba bajo “la violenciaâ€.
Con todo el tráfico tardamos casi una hora en llegar al hotel. Después de atravesar un par de túneles nos encontramos ya con el mar, en la avenida Atlántica, que va paralela a la playa de Copacabana. Allà nos deja el coche con nuestros bultos y ya en la recepción, Guti (a partir de entonces, el señor Gutierrez) se encarga de dialogar con los empleados y, más o menos, dejarles bien clarito que venimos por el morro (por si hubiera alguna confusión).
El hotel
Yo nunca en mi vida habÃa estado en un hotel asà y la verdad es que al principio flipé un poquito. He de decir que todo esto se lo debo a Guti y a su rango y posición dentro de su empresa, que si por mi fuera lo llevábamos clarinete. Hubiéramos dormido en cualquier antro de la ciudad.
Nos dieron una habitación en la quinta planta, que era la más pija. Internet gratis, barra libre todas las tardes, acceso a la terraza principal de hotel y un mayordomo/relaciones publicas todo el dÃa por allÃ, por si querÃas alguna cosa. La habitación era un poco pequeña y al principio renegamos un poco hasta que de nuevo reinó la cordura… coño! Si estamos aquà por el morro… solo falta que nos empecemos a quejar por el color de las cortinas. Isabel, la jefa de recepción nos obsequió con una botella de excelente champagne francés. Ya que en la habitación no se respiraba demasiado romanticismo, decidimos guardarla para una futura ocasión.
Cada mañana tenÃamos el desayuno también por el morro. En el restaurante que daba a la piscina disfrutamos cada mañana de un bufet a tope de todo: frutas, bollerÃa en general, queso, huevos, todos los zumos del mundo, etc… Total, que la táctica a seguir estaba clara: ponernos de comer hasta las orejas y ahorrarnos una comida al dÃa. Desde luego que el paÃs no iba a obtener muchos ingresos del turismo con turistas como nosotros. Cada mañana pensábamos lo mismo: eso les pasa en el hotel por invitar a viles españoles como nosotros.
Poco después descubrimos que la piscina estaba abierta 24h. Eso le quita cualquier mérito a un bum! a la 1h de la mañana como algún dÃa hice. En lugar de vigilar que nadie te vea tienes a un camarero colocándote dos toallas en la tumbona. En fin, que le quita un poco de gracia.
En RÃo solÃamos salir a pirular por la ciudad cada dÃa después del desayuno y volver a media tarde para tomarnos un café con Enrico, el mayordomo, y unas pastas, pegarnos una ducha y empezar con los gin-tonics para ir haciendo hambre. Luego salir a buscar algo de cenar y si se tercia alguna cerveza por ahÃ. Y esa era básicamente la rutina en lo que al hotel se refiere.
Sinceramente no recomiendo a nadie que sea mi amigo que se vaya a un hotel de 5 estrellas, ni aunque sea gratis. Para mi fue una experiencia interesante y sobre todo barata. Pero pensar que hay gente que pague 300 o 400 euros por una de esas habitaciones una sola noche, me parece un total desperdicio de dinero. Además, como os podéis imaginar, no habÃa nada de ambiente. Y los clientes, eran por lo general, bastante estirados. Sólo hacÃamos buenas migas con los empleados. Y luego, claro, nos veÃan llegar con esas chanclas y esas camisetas de colores y más de uno se nos quedaba mirando pensando: “¿de dónde habrá salido semejante par de elementos?â€. Una vez el portero del hotel, que es el que pide los coches nos preguntó si querÃamos un taxi. Le dijimos que sà y ya nos querÃa encasquetar uno de los cochazos del hotel que te cobran un guevo por llevarte hasta la esquina. Le hicimos ir a buscar un taxi de los amarillos y se nos quedó mirando con una cara de “joder con los españoles, mira que son usmÃasâ€.
Lo dicho, que prefiero estar en un hostel, con el resto de la gente que viaja aunque tenga que dormir en una habitación con otros 10 gorilas a los que les cantan los quesos. Se conoce a más gente y en general te lo pasas mucho mejor.
RÃo de Janeiro
Los primeros dÃas los pasamos de miranda por la ciudad. RÃo está situada en un paraje espectacular. Realmente digno de ser visto. La ciudad, empotrada entre el mar y las montañas serpentea por todos los huecos donde la orografÃa se lo permite. Las playas de Botafogo y Centro se adentran en la bahÃa, mientras que las de Copacabana, Ipanema, Leblon y Sao Conrado se abren al Atlántico. Montañas como el Corcovado, Dois Irmaos o el mÃtico Pao de Açucar se elevan cientos de metros al mismo lado del mar. Esas mismas montañas, alrededor de la Floresta da Trijuca son escaladas hasta la misma roca por las innumerables favelas que parecen vivir en perfecta armonÃa con la modernidad de la ciudad. Para rematarlo, en el mismo medio del mar de edificios aparece una laguna, la Lagoa, que tiene 7 km de perÃmetro y es como un pulmón para esta ciudad en la que viven más de 6 millones de seres humanos.
Serán los mitos que circulan acerca de Brasil o será que no hay como ver para conocer. Pero los primeros dÃas nos quedamos bastante sorprendidos del poco ambiente que habÃa en la ciudad una vez que se iba el sol. Durante el dÃa todo el ambiente está en las playas. Allà es a donde van todos los cariocas a disfrutar de su tiempo libre. Pero uno se imagina que al caer la noche todo es samba y desenfreno en la ciudad de los carnavales. Pues nada más lejos de la realidad. RÃo es una gran ciudad en la que la gente trabaja y suele ir bastante centrada en sus asuntos. Eso sÃ, al igual que todo Brasil, existen grandes desigualdades y por eso hay en la calle mucho buscavidas, por lo que tienes que andar con mil ojos, especialmente por la noche.
Nos habÃan recomendado ir a todos los sitios en taxi de noche, pero la verdad es que pasamos bastante del consejo y cada dÃa, después de cenar, con eso de bajar la cena nos metÃamos unos buenos pateos por las calles de Ipanema y Leblon. Cada vez que nos dábamos cuenta de que nos habÃamos equivocado de calle tratábamos de no dar ningún giro brusco. Caminábamos como si supiésemos exactamente a dónde Ãbamos, y sobre todo, cada vez que nos cruzábamos con alguien se imponÃa el silencio absoluto, tratando de auto-declararnos como guiris. Debio de funcionar, porque incluso una vez una señora nos preguntó por una dirección.
Aún asà no encontramos ninguna zona de copas ni nada que se le pareciera. Encontramos algunos bares y algunos restaurantes decentes, pero siempre lo mismo: uno aquÃ, otro allÃ, el otro a 20 minutos de taxi. El rollo de la noche en RÃo funciona mucho a través de los colegas. La gente sale en grupos más o menos grandes, supongo que cubriéndose las espaldas los unos a los otros. Una noche salimos con algunos de los empleados del hotel y al acabar la noche nos dijeron que la ruta que habÃamos hecho era la tÃpica de la noche carioca. Yo me habÃa pasado toda la noche sentado.
En ningún momento sentà peligro en RÃo, pero si que vi detalles que, como dice Guti, te hacen pensar que aunque no ves a los malotes… están ahÃ. Al subir a un coche, lo primero que hace el conductor es bajar todos los seguros. Y de noche nadie para en los semáforos. Simplemente reducen un poco y si no viene nadie tiran millas. Conocà a un chaval que me contó que llevaba 3 años viviendo fuera del paÃs y al volver se dijo a sà mismo que no iba a vivir todo el dÃa pendiente de los malotes porque serÃa como vivir en una cárcel. Al cabo de una semana le robaron la cartera y el móvil a punta de pistola cuando estaba parado con el coche en un semáforo. Ya véis. La violencia.
Los cariocas se cuidan bastante. Va muy en su naturaleza. Todo el dÃa ves gente haciendo deporte. En la playa jugando al voley o al futboley, corriendo, en bici, en patines. Niños jugando al futbol a las dos de la mañana, las playas llenas de surferos… todo el mundo está haciendo deporte.
Las garotas no nos impresionaron demasiado los primeros dÃas. Pensábamos que no estábamos viendo nada que no se viera en Madrid. Bueno, una diferencia si que habÃa: las cariocas llevan mucha menos ropa, o al menos de dimensiones más reducidas. Pero, para que vamos a negarlo, a uno se le iban los ojos con bastante frecuencia. Aunque sinceramente, con este blacor de piel, y esta barriga, si tenÃa alguna remota esperanza de ligar en las playas de RÃo se me quitó en cuanto vi, por un lado a los cachitas de turno, y por otro, lo altivas que son las cariocas. Yo que venÃa de Noceda de comer garbanzos y chorizo, me veÃa impotente en el templo del cuerpo.
Dicen que un carioca, para comprobar si de verdad le interesa una chica le hace la prueba de la arena. Cuando se conocen la invita a cenar o a tomar algo un dÃa. Si la chica intenta disimular con la ropa los ángulos menos favorecidos de su cuerpo, al dÃa siguiente la invita a la playa. Y ahà si que no hay escapatoria. Supongo que pasará igual al revés, no?
Actividad, la justa
La verdad es que RÃo nos lo tomamos con bastante tranquilidad. Sin mucho estrés ni muchas actividades programadas.
Una de las mañanas alquilamos un par de bicis y nos fuimos siguiendo la carretera paralela a las sucesivas playas: Copacabana, Arpoador, Ipanema, Leblon hasta llegar a Sao Conrado que estaba prácticamente desierta. Este recorrido son casi 10 kilmetros y en ningún momento dejas de estar en RÃo. Alli pasamos por la entrada de La Rosiña, otra macrofavela. Las casas parecen colgarse de la montaña y llegan hasta la misma carretera que está construida en el único hueco que queda antes del acantilado que da al mar. A la entrada de la favela un par de coches de la policÃa y un par de ellos con una metralleta cada uno, en medio de la carretera. Lo curioso es que creo que casi ni siquiera nos dio mal rollo.
Sao Corrado es una playa de unos 5 kilómetros de longitud. Al principio esta bastante llena de gente porque hay un par de hoteles grandes, pero a medida que te alejas está casi desierta. Allà paramos a darnos un baño y le pedimos que nos echasen un ojo a las cosas a una pareja de cincuentones que estaban tomando el sol.
Las playas son también un poco peligrosas por varias razones. En primer lugar, que si te descuidas te roban hasta las cejas. Los brasileiros ni si quiera llevan toalla a la playa. Por otra parte, por muy tropical que sea, es el Atlántico y es mar abierto. A mi me encantan las olas, pero el primer dÃa del viaje, en Copacabana tuve una experiencia bastante chunga: veÃa venir esos olones y yo todo emocionado trataba de subirme a ellos. En una de estas, me vi demasiado metido en el berenjenal y cuando trate de salir ya era demasiado tarde. La ola me revolcó vivo y fui a dar con la cabeza contra el suelo. Tragué más agua y más arena que en toda mi vida. Según Guti, mis pies salieron a flote un par de veces. Cuando por fin pude asomar mi cabeza y empezar a correr hacia la orilla vino otra ola y se repitió la operación. Otra vez a tragar agua… Cuando casi desmayado salgo medio arrastrándome a la orilla, veo a Guti todo tranquilo mirando al horizonte mientras yo casi me estaba muriendo. Resulta que el tÃo estaba pensando “joder, el Pablo, como controla ahà metido entre las olasâ€. Eso si que es un amigo… ante todo confianza…
Bueno, pero con la lección aprendida el bañito que nos tomamos en Sao Conrado fue más tranquilo.
Al salir nos pusimos a charlar un rato con el matrimonio que nos habÃa cuidado las cosas. El hombre se llamaba Salomón Levi, y era judÃo de origen marroquÃ. Nos contaba que su abuelo habÃa luchado durante la guerra civil española a favor de la República por las montañas de AndalucÃa. Los dos eran muy simpáticos y nos contaron un montón de cosas interesantes.
Nos contaban por ejemplo que la policÃa casi nunca entra en las favelas, y que cuando lo hace hay una guerra y un montón de muertos. Que al mismo tiempo la gente que vive en las favelas nunca ataca la ciudad. Y que aunque hay mucho malandruca que vive en ellas, también hay mucho trabajador que tampoco tiene otro lugar donde vivir.
La mujer nos contaba que las brasileñas estaban mejor de cuerpo que las españolas, pero que las españolas eran más guapas de cara. También nos recomendaron un par de sitios para ir a ligar. Y nos insistieron bastante en que no nos fuéramos con prostitutas porque en Brasil hay mucho sida. Agradecimos el consejo aunque también mostramos que no era necesario.
Y ahà nos vimos en la playa, con una señora de más de cincuenta años, que no veas tu como estaba a pesar de la edad, y su marido hablando de donde están las mejores garotas de RÃo. Definitivamente eso nunca pasará en España.
Acabamos cogiendo nuestras bicis y dando la vuelta entera a la Lagoa disfrutando de la calurosa tarde del invierno de RÃo de Janeiro.
Otro de los dÃas nos pusimos en plan guiri y fuimos a visitar el Cristo Rendentor y el Pao de Açucar. No es que pensáramos hacerlo el mismo dÃa, pero una vez que empezamos, decidimos concentrar todo nuestro guirismo para que se nos hiciese menos pesado. Nos habÃan recomendado coger el tren que sube al Corcovado y que llega justo hasta los pies del mismÃsimo Cristo. Asà que cogimos un taxi para que nos llevara a la estación del tren. El taxista, vio su oportunidad y decidió hacernos un “preço especial†por llevarnos el mismo hasta el Corcovado, esperarnos y volver. En principio no estábamos muy convencidos, pero el tÃo parecÃa bastante personaje asà que accedimos solo por que nos diera un poco de palique. Con los brasileños es muy fácil. Si quieres entablar conversación sólo tienes que decir “Real Madridâ€, ya tienes por lo menos para un par de horas. Si ves que el tema se te agota pruebas con “Ayrton Sena†y ya tienes para otra media hora por lo menos. Nuestro guÃa del dÃa se llamaba Albino, se sabÃa al completo la alineación del Madrid de los últimos tres años y le encantaba Fernando Alonso. Y además odiaba a Barrichelo. Por lo visto no era el único. Todo Brasil le odia. Albino decÃa que era un “filho de la gran puta†que solo querÃa el dinero y que no trabajaba nada, que sólo vivÃa del cuento. Nos contaba que se pasaba el dÃa entero en el taxi y que tenÃa una hija en la universidad. Una vez más, la desgracia de Brasil. La clase media no existe. Quizá la hija de Albino dentro de algunos años pertenezca a esa clase media emergente. Pero mientras tanto su padre se pasa más de 14 horas al volante para poder ir tirando. Según Albino, a las favelas deberÃa entrar la policÃa y quemarlas enteras con todos sus habitantes dentro. Como veis, el hombre era un poco radical en sus opiniones, pero nos reÃmos un rato con él.
La vista desde el Corcovado es espectacular. Yo siempre habÃa soñado en visitar ese Cristo desde que una vez, cuando era pequeño vi una postal que envió un tÃo de mi madre que vive en Sao Paulo. Aparte de que es todo un sÃmbolo, siempre me pareció algo fascinante, un Cristo gigantesco vigilando toda la ciudad… Y allà estábamos, observando como la ciudad se acurruca entre el mar y las montañas, y como busca ocupar hasta el último rincón habitable entre el agua y la roca. Eso es algo que no te dicen las postales.
Hicimos las fotos de rigor y nos tomamos una cerveza mirando al Pao de Açucar, al pie del cual nos dejarÃa Albino un poco más tarde para visitarlo también. Si alguien tiene que elegir entre subirse a uno o a otro, recomiendo encarecidamente el Corcovado.
Las noches se componÃan habitualmente de una copiosa cena y un paseo arrastrando los pies para bajarla. Visitamos alguno de los famosos rodicios, en los que por un precio fijo tienes “barra libre†de carne y ensaladas de todo lustre. Visitamos el Barra Brassa para la carne y salimos bastante contentos. Mientras que del Marius Crustaceus, especializado en marisco, salimos bastante escocidos. Primero porque el marisco no era nada especial y luego por el rejón que nos metieron. Lo peor de todo es que todo el mundo nos habÃa recomendado ese lugar como lo más de lo más… en fin… que no debemos estar hechos para la vida del turista.
Ahora que me acuerdo, al lado del Barra Brassa nos encontramos con una de esas cosas que, cuando estás de vacaciones pueden bajarte el buen rollo a la de ya: dos comisarÃas de policÃa contiguas. Una era la “Tourist Police†y la otra la División Especial de Secuestros, cuyo emblema era la cabeza de un águila, debajo de la cual habÃa una cadena rota por un rayo. Piensas, madre mÃa… que no tenga que ser yo trabajo para estos…
Salto al vacÃo (I)
Una de las cosas que nos ofrecieron en el hotel y que no pudimos renunciar, fue un salto en ala delta. Aunque yo estaba un poco acojonado me decidà a probarlo y la verdad es que fue una pasada. Apenas tienes tiempo de nada. Salta el monitor y tú como pasajero asà que después de ponerte los arneses apenas tienes tiempo para decir Pamplona. Sólo te dicen. “un, dos, tres…†y a correr. Das cuatro o cinco pasos y ya estás en el aire con los cojoncillos escondidos entre el bazo y el duodeno. Pero una vez en el aire todo es maravilloso. Queda a la vista toda la ciudad, sobrevolamos La Rosiña (yo pensaba que si nos caÃamos, quizá fuera mejor morir de la hostia que sobrevivir…), sobrevolamos la playa y en los virajes pasabamos cerca de las rocas de los Dois Irmaos. Atravesamos la carretera viéndonos cada vez más cerca de los coches, sobrevolamos el mar viendo cómo los surferos se subÃan a las olas, y aterrizamos en la playa a una velocidad de vértigo, frenando al clavar los pies en la arena. Cada una de esas imágenes han quedado grabadas a fuego en mi retina.
A Guti no le pareció tan excitante. Le proponÃa al monitor que se acercara un poco más a las montañas a ver si asà se acojonaba un poco más. El tÃo le miró con cara de “tu flipas, o que?†y poco más.
Después del salto nos bañamos en la playa de Arpoador, pero no hacÃa muy buen dÃa (ya sabéis lo duro que es el invierno en Brasil) asà que nos volvimos al hotel. Antes fuimos a recoger una cesta de ropa que habÃamos dejado para lavar en una lavanderÃa cercana (no me quiero ni imaginar lo que nos hubieran cobrado en el hotel…). Y el resto del dÃa transcurrió bastante tranquilo. Ya tenÃamos ganas de coger el avión el dÃa siguiente para Salvador, porque en el Copacabana Palace nos estábamos empanando demasiado.
Al dÃa siguiente bajamos a recepción con nuestras mochilas y hablamos con el portero para que llamara a uno de los taxis amarillos.
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Bueno, soy uno de tus primeros lectores y me he tirado toda la tarde leyendo tus relatos de Brasil, jugandome el tipo con mi jefe ;D.
Pues adelante gorila con la idea del Blog, te visitaré de vez en cuando. Diós cada vez que me acuerdo del PANTUMACA del campanario se me pone una cara de tonto. Que noche más cojonuda!!! cuidate
PD Constructiva:Para mà están muy bien redactado pero te falta un poquillo de multimedia, es decir, alguna imagen para que haga el texto aún más ameno.ciao Gorila
Yo no puedo hacer crÃticas constructivas porque simplemente me encanta lo que escribes. Tus letras me atrapan y me regalan unos preciosos segundos en el Corcovado, Que cuando los espejos, aseguran
que estoy aquÃ, yo, inmóvil,
la verdad trasvisible es que camino
sin mis pasos, con otros,
allá lejos, y allÃ
estoy besando flores, luces, hablo.
Gracias Pablo
Que maravilla de experiencia relatada, y que preciosa muestra de poema virtual, con qué espontaneidad y naturalidad glosas el sentimiento también poético de poder estar allà y aquà al mismo tiempo. Dime , aunque esto no importe, son tuyas esas palabras?