On the road (II). Parte VII
April 23rd, 2006
[Escrito el 28-julio-2005]
ON THE ROAD
Y vaya que si sonó… La aventura de la carretera nos estaba llamando a gritos y aquello se organizó a ritmo de campamento militar. Andy y yo nos dirigimos a buscar el coche a la agencia mientras que Juanjo y Alejandro se ocupaban de acabar de empacar el equipaje. Nos encontramos con un monovolumen Crhysler de color blanco y cambio automático, con siete asientos, los del medio plegables. Puertas correderas en los laterales, maletero amplio, control de velocidad de crucero, aire acondicionado que te congelaba hasta los mocos, radio-cassete de quinientos voltios y muchos arcesorios más … vamos que mucho mejor que el mismísimo SEAT Makinero. Aparecimos de vuelta en menos de media hora, cargamos equipaje, consultamos por ultima vez la hoja de ruta y salimos pitando por State street hasta el cruce con Ontario, donde tras un par de millas nos incorporamos a la interestatal 90 dirección oeste. Colplay sonaba en la radio a medida que se hacían pequeños en el retrovisor los rascacielos del downtown.
Mi emoción al volante era máxima pensando en que íbamos a reproducir en parte la misma ruta que hace ya más de cincuenta años realizara Jack Kerouac, cuando se dirigió desde Nueva York a San Francisco para encontrarse con sus colegas. Claro que el genial escritor de la generación beat viajaba casi siempre haciendo autostop y colándose en los trenes de mercancías y nosotros viajamos como reyes en una furgoneta que te cagas. Pero bueno, la imaginación puede hacer maravillas. Si al final del relato os quedan ganas de road movie os recomiendo encarecidamente leer “En el Camino”, del señor Kerouac, cuyo título original es el que me sirve para el título de este capítulo de la crónica.
Nos quedaban por delante nada menos que 1338 millas que vienen a ser unos 2200 km hasta llegar a Martinsdale en Montana. El lugar de la civilización más cercano a nuestro destino. Establecimos turnos de un máximo de cuatro horas al volante. El más charlatán en cada momento estaba obligado a hacer de copiloto y preferentemente alguien debería ir descansando para el siguiente turno.
No nos costó demasiado abandonar Illinois salvo por los múltiples peajes que tuvimos que atravesar, en la mayoría de ellos para pagar 50 centavos de dólar. Poco después de atravesar el límite del estado de Wisconsin hicimos un alto para desayunar y surtirnos de víveres para el camino. Todavía quedaba algo de tráfico denso, pero la flago, como la bautizó Andy se tragaba las millas cosa fina. Estaban todos bastante sopa mientras yo me entretenía observando las praderas y los campos de maíz donde según Andy, se rodó Expediente X. Aún faltaban más de 300 millas para llegar a Mineápolis que es donde tendríamos que cambiar de carretera, así que la conducción no requería demasiada concentración. Durante más de media hora estuvimos adelantando a un convoy militar de coches, jeeps, camiones, tanquetas… les grabamos en vídeo mientras nos saludaban y sonreían. Lo mismo nos pasó con la cuadrilla de moteros que adelantábamos en sus Harley-Davison. Eran auténticos de verdad. Algunos en pareja, otros barbudos y melenudos en solitario con un pañuelo en la cabeza… y sobre todo… todos sin casco. Nos intercambiábamos pitidos y buen rollo mientras nos adelantábamos mutuamente. Cerca de la una de la tarde a Juanjo empezó a picarle el gusanillo del taxista que lleva dentro y ya no aguantaba más en un coche siendo pasajero, así que aprovechando un repostaje, cambiamos de piloto.
Así que el estado de Minesota nos encontró con Juanjo al volante mientras que Andy y yo tratábamos de aclararnos entre la mierda de mapa que nos dieron en la agencia y la hoja de ruta que habíamos sacado de internet. Al ir acercándonos a Mineapolis tomamos la circunvalación I-694 Norte y el tráfico empezó a ser más denso todavía. Esto todavía no lo sabíamos, pero estábamos a punto de atravesar algunos de los lugares más despoblados de todos los Estados Unidos de América. Esta sería la última ocasión en una semana que tendríamos de ver tráfico denso en una carretera. Conseguimos rodear la ciudad e incorporarnos a la carretera I-94 Oeste. Disfrutamos de una tarde de buen tiempo con el paisaje lleno de lagos y lagunas de Minesota. Hubo incluso una intentona de parar a bañarnos en alguna de ellas, pero no llego a consumarse, básicamente por falta de higiene de la elegida.
La tarde iba cayendo y los colores de los campos cambiando a medida que entramos en el estado de Dakota del Norte. Andy había pasado al volante y a todos ya nos empezaba a doler un poco el culo de tanto coche. Casi desde la misma señal de entrada en el estado, nos esperaban ochocientos kilómetros por esa misma carretera que es prácticamente recta. Pude parecer exagerado pero llegamos a contar rectas de más de quince millas. Zonas amplísimas no tenían cobertura de móvil y las localidades se encuentran separadas unas de otras por más de cuarenta kilómetros.
Más o menos cada 400 kilómetros teníamos que parar a llenar de nuevo el depósito. Esa era la idea, claro, pero con esa separación entre estaciones de servicio, más de una vez nos vimos a 30 por hora por el arcén durante cuatro o cinco kilómetros, con la aguja del depósito echando la siesta sobre el cero. Si le hubieran puesto pedales al Chrysler, seguro que los hubiéramos tenido que utilizar. Las gasolineras de carretera son un mundo. Cada una tiene un mecanismo diferente para servir gas que no tienen nada que ver con la anterior ni con la siguiente y que por supuesto, nadie te explica. Nunca encontramos gasolina del mismo tipo en dos gasolineras seguidas. Así que cualquier cosa que pusiera unleaded (sin plomo), al depósito que iba. En las gasolineras nos encontramos casi siempre con la típica chica guapa del pueblo atendiendo la caja, curiosa ante unos tíos con unas pintas rarísimas y hablando en extranjero, y a los típicos chavalillos que no tienen otra cosa que hacer que ver a los transeúntes de la I-94 pasar. Estos eran los que se sabían todos los truquillos de los surtidores. También nos echaron alguna mano con la escobilla para limpiar la luna que se quedaba perdida de mosquitos. A unos 2.45 dólares el galón (unos 3.4 litros) y midiendo el consumo del coche en millas por galón, no te haces a la idea de lo que traga ni de coña. Así que nos conformamos con saber que llenar el depósito nos solía salir por unos 42 dólares.
Eran eso de las siete de la tarde y a Juanjo se le empieza a antojar un chuletón y los demás la verdad es que también tenemos hambre ya. La mayoría de los pueblos que vemos no tienen pinta de haber tenido un restaurante desde su fundación. Pero en una de las señales de la carretera descubrimos algo que de ninguna manera nos podríamos perder. Estamos apenas a 50 millas de Fargo, North Dakota. Sí amigos, la misma localidad que da título a la fabulosa película de los hermanos Coen, y que comienza con la frase “… sucedió en un sitio donde nunca sucede nada”. No nos podíamos perder semejante escenario así que hicimos aguantar un poco las tripas para tratar de buscar un chuletón en Fargo. Entramos en el pueblo y desgraciadamente no nos encontramos con Steve Buscemi, ni con Frances McCormick. De hecho no nos encontramos con nadie. Patrullamos el pueblo de arriba abajo. Casas y casas, ni un alma, ni un restaurante, ni si quiera un miserable bar. Doy fe de que allí no sucede nada de nada. Nos tuvimos que conformar con unos bocadillos en un garito estilo Burger King de un polígono industrial, servidos por un chavalillo con una cara de empanao que no podía con ella. Nuestra ansiada cena caliente tuvo que esperar. Aún así los devoramos con gusto y nos volvimos a hacer a la carretera teniendo en mente que ni por asomo deberíamos parar en Fargo a la vuelta.
Empezaba a oscurecer y le tocó pilotar a Alejandro, al que habíamos dejado como última opción porque no se había traído el carnet de conducir. No nos hacía mucha gracia por si teníamos algún incidente con la ley, pero bueno… a él también le hacía ilusión conducir. Juanjo y yo tratamos de echar una cabezadita para hacer el turno de noche. Como el que conducía elegía música, Agustín (como le llamaba Juanjo) nos deleitó con Brother in Arms, de los Dire Straits. El sol ya nos había adelantado y empezaba a esconderse en el horizonte, cegándonos la vista y de paso abrasándole los ojos bajo las lentillas a Andy. No tardó en hacerse de noche.
No podíamos conciliar el sueño en marcha y a todos nos empezaban a doler todos los huesos tras más de quince horas de coche. Empezamos a buscar alternativas al plan de ruta. Juanjo sugiere buscar un sitio donde parar a dormir. Andy se ve con ganas de tirar millas. Yo no tengo inconveniente en seguir siempre que conduzca otro y a Alex le da igual porque se quedaría dormido hasta de pie. Se examinan pros y contras mientras el depósito empieza a avisar de que tiene sed una vez más. Nos vemos obligados a repostar en Dickinson, North Dakota pasadas las doce de la noche. Le preguntamos a la chica si hay algún motel cerca y nos dice que hay unos cuantos. Decidido. Nos paramos a dormir.
NOCHE DE VAMPIROS
A partir de ahí empieza una segunda aventura. Hemos oído muchas veces en las películas eso de “un motel de carretera”, ¿verdad? Pues intenta buscar uno en Dakota del Norte un sábado por la noche. No sé si sería cosa del sábado sabadete, pero en Dickinson no quedaba ni una cama libre. El recepcionista del Holliday Inn nos dice que “fully booked” y no solo su garito, sino todo el pueblo. Que hay partido de béisbol ese fin de semana y que a todos los granjeros del estado deben haberse acercado a verlo. Hace un par de llamadas y nos dice que en los dos siguientes pueblos que ni lo intentemos. Los dos siguientes pueblos están a 30 y a 50 kilómetros respectivamente, así que no nos queda otra que seguir.
Nos saltamos esos dos pueblos y en el siguiente, llamado Beach (no me puedo imaginar como le han puesto ese nombre) vemos un gigantesco cartel que pone M O T E L. Allí nos dirigimos y paramos el coche delante de la recepción, justo al lado de un coche de la policía. Cuando me voy a bajar para preguntar, vemos salir del motel a dos polis que llevan en medio a… UN TÍO ESPOSADO. Uy, uy uy que mal rollito… aquí están empezando a pasar cosas muy raras. Lo más cachondo es que no pueden entrar al coche a menos que movamos el nuestro. Juanjo da marcha atrás con cara de circunstancias y se llevan al elemento. Albergamos esperanzas pensando que ahora seguro que hay por lo menos una habitación libre. Bueno… ¿quien sabe? ¿Seguirá ocupada por un cadáver? De todas formas no hay suerte. La señora me dice que sólo tiene una habitación y la habitación sólo tiene una cama. Vale señora, somos amigos… pero no tanto!! De todas formas me da el teléfono de otro motel que está en la siguiente salida, Wibaux, Montana, apenas a 10 millas. Le pregunto que si puedo llamar y muy amablemente me deja su teléfono.
Una señora con voz de recién sacada de la cama me dice que sí tiene sitio para los cuatro. ¡¡De puta madre!! Salgo pitando con la buena noticia y a Juanjo ya se le había pasado el sueño al haber descubierto un restaurante 24h cerca del motel donde seguro que tienen chuletones. No hay tiempo. Es la una de la madrugada y lo primero que hay que hacer es asegurarnos el catre para esa noche. Enfilamos de nuevo la I-94W y un par de millas después abandonamos por fin Dakota del Norte y entramos en el estado de Montana. Hace ya cosa de media hora que vemos caer rayos sobre el horizonte. Parece que se acerca una fuerte tormenta desde el oeste. Al fondo de una recta interminable se dibuja una especie de luz fluorescente de color rojo. Todavía no se nos ha pasado del todo el mal rollo del cadáver del motel anterior y ahora vemos “esto”. Nos seguimos acercando y parece que la luz se encuentra justo en mitad de nuestro camino. Nos separan apenas 3 kilómetros, puede que dos… ¿pero qué coño es eso? A menos de un kilómetro de distancia empezamos a tomar conciencia de a qué nos enfrentamos: Esa luz roja fluorescente es una cruz inmensa, de unos 15 metros de alta que se encuentra… justo en la salida de Wibaux, Montana. ¡Dios mío, estamos perdidos! Wibaux es un pueblo de vampiros y hemos caído en la trampa del motel como unos principiantes de la carretera. Al pasar frente a ella y a falta de ajo, sacamos por la ventanilla las patatas Lays con sabor a cebolla por si tienen algún efecto. El coche circula a 20 por hora por las cuatro calles de Wibaux y no vemos ningún motel, pero por suerte, de momento, tampoco ningún vampiro. Por suerte el motel realmente existe y al final lo encontramos y aparcamos a la entrada. Aparece una señora gorda, un poco mayor, en bata y con legañas… ¡La madre que me parió! ¿Estará confabulada con ellos?
El viento caliente sopla cada vez más fuerte. Hay tiempo de tormenta y ya han caído algunas gotas. La señora, nos recibe muy simpática y nos pide un pasaporte y la habitación por adelantado. No sé… demasiado simpática para acabarse de levantar de la cama. Yo la entretengo con preguntas sobre el precio, cuantas camas tiene y todo eso mientras que Juanjo comprueba disimuladamente si tiene marcas en el cuello o si le asoman algo de más los colmillos. Aquí algo no huele bien. Efectivamente, cuando abre la puerta de nuestra “suite” descubrimos qué es lo que no huele bien… Y ES LA PROPIA HABITACIÓN!!! Ahhhhhhh! ¡¡Es como si acabaran de abrir la tumba de Tutankamon!! Tiramos nuestros bultos al suelo mientras la sospechosa señora intenta explicarnos el funcionamiento de los fogones estilo años cincuenta y la nevera que debería estar en un museo. Se va a la cama y nos deja la llave junto con nuestro propio suspiro de alivio. Andy y yo empezamos a bajar cosas del coche. Oímos un chasquido que proviene de una esquina del patio de la casa. Nos quedamos inmóviles. Otro chasquido, como una pequeña descarga eléctrica. El acojono nos empieza a subir desde la entrepierna hasta los bronquios. Nos damos la vuelta lentamente sin perdernos de vista mutuamente y sólo vemos unos molinillos de viento en medio de un jardín que giran y giran. Esto da muy pero que muy mal rollo colega. En cualquier momento puede saltar un vampiro esbirro desde el tejado y dejarnos secos con la puerta del maletero abierta. Otro chasquido, este más fuerte… Ahhh!. Observamos con cuidado y descubrimos uno de esos tubos fluorescentes que atraen a las moscas y que luego las electrocuta. Aún así no hay que bajar la guardia.
Acabamos de descargar las cosas y a Juanjo ni los vampiros le quitan el hambre, así que nos volvemos a subir al coche y volvemos al restaurante 24 horas. Es inevitable, tenemos que pasar otra vez por delante de la cruz, pero poco a poco se va pasando el mal rollo. Llegamos al restaurante de carretera y solo hay cuatro o cinco camioneros y un par de camareras rubias que resultaron ser hermanas. No había chuletones así que nos conformamos con unas hamburguesas. Llenamos el buche de lo lindo. Si hemos de morir, que sea con el estómago lleno. De vuelta a Wibaux ya estamos más confiados. Hasta se llega a comentar la idea de parar debajo de la cruz. Al pasar de nuevo a su lado la idea desaparece por completo.
Nos metemos a dormir todavía un pelín acojonados y soportando el hedor a cerrado que tiene la suite principal del “W-V Motel”. Estamos rendidos. Ha sido un día largísimo y mañana, si despertamos… habrá más.
CAMINO DE BONANZA
Suena el despertador. Abrimos un ojo y luego el otro y seguimos todos más o menos vivos. No hay manchas de sangre por lo que inferimos que los ritos vampíricos se deben haber celebrado en algún pueblo de México esa noche. Aún nos quedan casi 600 kilómetros a través de Montana para llegar a Bonanza Creek Country, el rancho al que vamos a pasar una semana entera viviendo como auténticos cow-boys.
Andy tiene los ojos quemados por las lentillas y Juanjo, después de haber dormido y haber desayunado vuelve a recuperar todo su ser. Agarra el volante y ya no lo suelta. Yo aprovecho para descargar las fotos y los vídeos al ordenador. Alejandro sigue durmiendo atrás. La tormenta no ha acabado todavía, pero aún así, el Chrysler atraviesa raudo las carreteras de Montana, que es, de todos los lugares que hemos atravesado, el más despoblado. A un lado y otro de la carretera se extienden los grandes espacios abiertos, unos cielos increíbles con nubes blancas y negras que de vez en cuando dejan aparecer el azul.
Llegamos a Billings y ahí abandonamos la I-94W, la cual hemos rodado durante más de 1000 kilómetros. Muy cerca de allí se encuentra Little Big Horn. El campo de batalla donde el estúpido teniente coronel Custer, del séptimo de caballería, fue vencido por los indios americanos en la última batalla que éstos ganaron antes de ser del todo aniquilados.
Por primera vez tenemos que coger una carretera comarcal, la MT-3 dirección norte que nos llevará hasta Harlowtown y luego hasta Martinsdale. El camino empieza a llegar a su fin. Llevamos ya más de 1300 millas. Nos confundimos en un par de cruces pero al final logramos dar con Martinsdale. Un pueblo de dos calles de menos de cien metros cada una y que se cruzan justo al lado del único bar: auténtico oeste americano. Hay un hombre arreglando una excavadora. Dice llamarse Jack y nos señala el camino hacia Bonanza Creek Country. Creek significa arroyo y el rancho se encuentra en el valle que forma dicho arroyo, de ahí el nombre. Aún nos quedan unas diez millas. 5 por carretera, 5 por un camino. Cuando enfilamos el camino en el pueblo de Lennap empieza a embargarnos la emoción. Juanjo, que no ha soltado el volante en toda la mañana, está que se sale. Era su sueño desde hace muchos años, poder pasar unos días viviendo como un cow-boy y apenas un camino de tierra le separa de él.
Todos estamos excitadísimos. Todas las horas de coche, las paradas para repostar, las botellas de agua que se acumulan en el suelo de la flago, el dolor en la rabadilla de tantas horas sentados, los ojos irritados de las lentillas…. Todo ha quedado atrás y ya sólo nos nuestro añorado destino. Avanzamos por el camino y nos vamos adentrando en el valle descubriendo a uno y otro lado praderas, lagunas, un par de caballos sueltos a lo lejos… y una cabaña al fondo. ¡¡AHÍ ESTÁ!! Subimos la última cuesta poniendo a prueba las prestaciones de la Chrysler fuera del asfalto y demuestra saber comportarse. Aparcamos al lado de la entrada. Un letrero hecho con herraduras dice: W E L C O M E. Hemos llegado.
BONANZA CREEK COUNTRY
Bonanza Creek Country es un rancho al que puede acudir cualquier persona para experimentar, durante una semana, la vida de un cow-boy del oeste americano. Es propiedad de David y June Voldseth y fue fundado hace 128 años por el tatarabuelo de David, un inmigrante noruego que llegó como tantos otros europeos a la que entonces era la tierra de las oportunidades. Tiene una extensión de unas 40 millas cuadradas, que vienen a ser unos 55 kilómetros cuadrados, es decir, más allá de donde te alcanza la vista. Cada año crían unos 1500 terneros que luego venden a mayoristas del medio-oeste que las llevan para seguir criándolas en granjas y posteriormente obtener solomillos y filetes de primera calidad. Reciben a un máximo de 12 personas cada semana que viven en las cuatro cabañas que tienen situadas en medio de uno de los bosques dentro del rancho. Allí se pueden llevar a cabo todo tipo de actividades al aire libre con el predominio de una: montar a caballo.
Además de nosotros cuatro aquella semana estuvieron David y Margaret de Glouchester, Inglaterra, Sandy y Evelyn un matrimonio de jubilados que viven en Florida, Denisse, una chica de Londres y Travis, Berg y Mónica, unos chavalillos de un pueblo de Kentucky que quedaron bautizados por Juanjo como Kentucky, Kentucky Junior y Kentackita.
June nos recibió el domingo por la tarde con unas limonadas frescas y tras hacer las presentaciones nos enseñó nuestra cabaña a la que no le faltaba ni un detalle. Toda de madera, con unas vistas de ensueño hacia el valle, que cada tarde observábamos sentados en las mecedoras que había en el porche.
Cada mañana a las ocho degustábamos un tremendo desayuno a base de huevos, beicon, fruta en abundancia, café estilo vaquero (sin leche ni azúcar), tostadas con mantequilla casera y lo que fuera que hubiese encima de la mesa. Acto seguido nos enfundábamos nuestros guates de cuero, nuestro sombrero y nuestras botas de cow-boy y nos dirigíamos al establo a por nuestros caballos para un largo día de rancho. A Juanjo le esperaba “Mod”, A Andy “Ernest”, “Willy” a Alejandro y “Cadilac” a mí. Después de ajustarles las sillas, tomábamos las riendas y acompañados generalmente por Tyler, Tania o Kayla, recorríamos los parajes del rancho en busca de la ración de aventura diaria. El primer día nos familiarizamos con nuestras monturas con el fin de conocerlas y de que nos conocieran a nosotros. Hay que decir que el único jinete experto de la banda era Juanjo y como tal el que más suelto estuvo desde el principio. Creo que desde que se subió al caballo casi se le olvida ir a pie. Los demás tuvimos que luchar un poco más por enseñar a obedecer a nuestra inseparable pareja.
El primer día nos sirvió para acostumbrar nuestros culos a los vaivenes del caballo a saber picarle y mandarle parar y a conocer las instrucciones básicas de manejo. Bueno, a Juanjo, en realidad le sirvió para enseñarle al caballo a caminar de lado y para intentarle enseñar los pasos del “baile español”. A un caballo acostumbrado a la rudeza del cow-boy le cuesta recuperar la clase, pero eso no le impidió a nuestro Rocamora seguir intentándolo. Aprovechamos los ratos muertos para intentar aprender de la mano del mañoso Tyler a echarle el lazo a las vacas (para evitar percances probamos con un objeto inanimado) y para aprender algunos trucos para manejar el caballo.
Cada tarde después de la ducha nos esperaba una copiosa cena en compañía de David y June. David es una persona excepcional. Hace unos cuantos años que está en una silla de ruedas debido a un accidente con un tractor. Aún así, recorre en su four-wheeler (moto de cuatro ruedas) el rancho de arriba abajo comprobando que a las vacas no les falte de nada. Toca el piano como un maestro y ha construido con sus propias manos la mayoría del mobiliario de las cabañas: camas, mecedoras, sillones. Aquella semana estaba estudiando la posibilidad de canalizar agua desde le montaña para las cabañas para no tener que bombearla desde el lago. Y un día le encontramos tirando tubería de PVC desde su 4×4 para llevar a cabo la obra. June, su mujer, es también un encanto. No se le pasa una y está continuamente al loro de que a sus invitados no les falte de nada. Muy profesional. Para tener sus 50 años largos monta a caballo como si hubiera nacido encima de uno y llega al final del día con la energía suficiente como para no perder nunca la hospitalidad.
De noche, mejor que nunca, entiende uno por qué le llaman a Montana The great skies country (el país de los grandes cielos). Las estrellas, siempre aparecen cuando a uno ya casi se le ha olvidado que existen. Cuando las luces artificiales de los lugares que habitamos han quedado lejos, vuelven ellas a aparecer, eternas e inmutables. Y sentados en el porche solíamos esperarlas mientras esperábamos a ver desaparecer agujetas.
El segundo día implicó ya un poco más de acción. Fuimos directamente a buscar los caballos para acudir al desayuno cerca del río, a unos 50 minutos a caballo. Disfrutamos de nuestro estupendo café a la sombra de las salgueras y acto seguido fuimos a buscar unas quince vacas que se habían escapado el día anterior de uno de los cercados. Las llevamos hasta el picadero donde entrenan a los caballos y allí tuvimos ocasión de entrenarnos un poquillo en la conducción de ganado a través de los pastos. Estuvimos entrenando en grupos como conducir el ganado, dividir y reunir los grupos y sobre todo… llevarlas a donde tú quieres. No es asunto nada fácil. Maniobrar encima del caballo para llevar o cerrarle el paso a las vacas puede volverse tremendamente complicado, sobre todo si el caballo empieza a putearte. A nuestro equipo le costó un poco. Capitaneados por las voces de Juanjo decidimos no escuchar los consejos de Tyler y innovar un poco la táctica. Los resultados iniciales fueron desastrosos, pero poco a poco fuimos mejorando hasta lograr los mejores tiempos. Tyler quiso poner a prueba nuestra pericia desafiándonos a llevar tras la valla las tres vacas que él seleccionara y aceptamos gustosos, pulverizando todos los registros. “Good job!” fue todo lo que pudo decir tras ser testigo de nuestra hazaña.
Si algo fue bueno de la experiencia fue el contacto con la gente que trabajaba en el rancho. Y entre bromas y comentarios, conversaciones al ritmo de traqueteo del caballo Juanjo hizo muy buenas migas con Tyler desde el primer momento y Tania nos contó que estaba a punto de mudarse a París con su novio mexicano. Fuimos conociendo los pequeños detalles de sus vidas diarias, y como vive un cow-boy de Montana (bueno, cow-girl también) en el siglo XXI.
Entrenados ya con las vacas estábamos dispuestos al día siguiente para un verdadero movimiento de ganado. Entre todos tuvimos que mover la friolera de 254 cabezas de ganado desde uno de los valles hasta la cima de una colina cercana donde los pastos eran mejores. Divididos en grupos tuvimos que cabalgar a través de pinares, arroyos y praderas arreando todo el ganado que encontráramos a nuestro paso. Largas cabalgadas para buscar a las últimas despistadas y reunirlas de nuevo con todo el rebaño, rápidos movimientos de cabeza y tórax esquivando las ramas de los pinos, temple suficiente para bajar los terraplenes sin caerse del caballo y utilizando toda la maña adquirida en nuestra experiencia y sobre todo muchas voces y sonidos animales de todo tipo para hacer que las reses corrieran en la dirección adecuada. Tras reunirlas a todas en la parte más baja del valle comenzó lo más complicado, que era arrearlas colina arriba entre las rocas. Juanjo se encontraba en su salsa, con rápidos virajes arriba y abajo evitando que el grupo se partiera en dos. Andy y Alejandro se mantenían en la retaguardia tratando de recuperar las vacas que escapaban a nuestro cerco mientras que yo me dedicaba a esperar a que se apelotonaran todas para trotar hacia la manada con el fin de buscar la reacción en cadena que hiciese moverse al grupo. A media mañana las teníamos atravesando la vaya y de paso contándolas para asegurarnos de que no faltaba ninguna. La misión fue cumplida con buen criterio y hasta June, que supervisaba la operación nos dio sus sinceras felicitaciones. ¡¡Nos estábamos convirtiendo en auténticos cow-boys!!
Repetiríamos la misma operación con diferentes rebaños en más de una ocasión, pero esa misma tarde nos dirigimos en coche hasta el establo principal, pues íbamos a disfrutar de un paseo en carroza, tirada por dos impresionantes percherones que iban conducidos por Larry, el cuñado de David. Lo que debería haber sido una apacible tarde de paseo por la campiña hasta el refugio de caza del rancho, donde nos esperaba la cena, empezó a tomar tintes oscuros cuando las nubes negras que nos circundaban empezaron a descargar toda su furia contra nosotros. Veíamos caer los rayos a no demasiada distancia y los goterones empezaban a empaparnos pero bien… una vez más. Los ingleses y los kentuckies empezaron a taparse con todo lo que encontraban a mano, mientras nosotros sacábamos unas cervezas de la nevera portátil y disfrutábamos de ver la tormenta descargar, en medio de un paraje maravilloso, sin saber a dónde íbamos exactamente. Fue maravilloso. La sensación de libertad de que disfrutamos esa tarde no tiene comparación.
Al cabo de un par de horas llegamos al refugio donde nos esperaba una suculenta cena acompañados de algunos amigos de David. Ya había dejado de llover así que cenamos al aire libre al lado de la hoguera, en un ambiente fantástico. Aunque ya en general éramos la atracción de la semana, esa tarde nos hicimos con la fiesta completamente. Era como si lleváramos viviendo allí toda la vida. Con el estómago lleno una vez más nos reímos hasta que nos dolieron las tripas bromeando con todos los presentes. A Juanjo le desafiaron en varias ocasiones con trucos de cow-boy, del estilo de saber manejar el látigo o encender una cerilla en el pantalón. Su espíritu vaquero no le falló y Jack, que era quién continuamente le retaba, tuvo que rendirse a la evidencia. Después del helado casero de Sandy, tomamos el café al lado de fuego disfrutando de unos Cohibas en tan buena compañía y descubrimos una vez más que merece la pena vivir para disfrutar de momentos como éste.
Hicimos el camino de vuelta de nuevo en la carroza, y en algunos tramos tuvimos ocasión de copilotarla con Larry. No es demasiado fácil controlar a esas bestias, más que nada porque la orden que entienden por defecto es tirar millas a todo lo que dan. Hay que tener las riendas continuamente bien amarradas para dirigirlos. De camino a casa en el coche nos acordamos de que June nos había contado que en un lugar del rancho había un geisel natural. Un brote de agua caliente que sale de la tierra y fuimos a buscarlo. Tuvimos que hacer unas 10 millas por la carretera y otro par por un camino de cabras (quizá sea más apropiado decir de vacas) pero la flago aguantó, aunque Alejandro, que era quien conducía, tuvo también que aguantarnos a nosotros con las indicaciones para que esquivara los baches. Con las últimas luces del día lo encontramos y sin pensarlo dos veces nos sumergimos en el pozo de más o menos un metro de profundidad al que estaba canalizada el agua, que salía a más de cincuenta grados. Allí metidos en el agua caliente y viendo como las últimas luces se escondían tras las Montañas Rocosas, después de un día sin parar… nos sentimos una vez más en la gloria, dando gracias al Universo por habernos brindado la oportunidad de vivir ese momento.
La semana pasó volando, os podéis imaginar. Que el tiempo pase rápido es sinónimo de que lo estás disfrutando al máximo. Yo había montado a caballo un par de veces en mi vida, pero hay una gran diferencia entre subirte a pasear en caballo un par de horas por la tarde a vivir esta experiencia. Como dice Juanjo, encima del caballo te sientes como un Dios. No sé si como un Dios, pero seguro que sí que nos sentimos como dios en esos días en Bonanza Creek.
La última tarde tuvimos la oportunidad de galopar por última vez, con carrera incluida entre Juanjo y Tyler, con sus caballos al 110% de su potencia. Subimos hasta una de las colinas más altas del Rancho para tener una buena vista en nuestra despedida. Tania y Tyler nos la intentaron meter doblada con una historia de unas tumbas indias donde había un montón de piedras y que no eran más que eso… un montón de piedras. Ya los teníamos calaos así que no se lo creímos… y efectivamente era una trola para los turistas a los que están acostumbrados. Nosotros ya nos encontrábamos demasiado metidos en el papel como para caer en tales trucos.
Por última vez desensillamos y cepillamos a los caballos, les hicimos las últimas carantoñas de agradecimiento por haber tirado por nosotros toda la semana. He de reconocer que cuando solté a Cadilac con una palmada en la grupa para que echara a correr me entró un poco el bajón. El madrugón del día siguiente ya no sería para subirme sobre su lomo, sino para coger otra vez la carretera.
El sábado por la mañana nos despedimos de todos, nos dimos besos y abrazos y nos hicimos las últimas fotos. Todos nos decían que la semana siguiente iba a ser muy tranquila sin nosotros. Y nosotros prometimos volver alguna vez en nuestras vidas. Nos divertimos mucho con todos, pero desde luego que ellos también se divirtieron con nosotros. Hay miles de momentos que se escapan al alcance de esta crónica y sin los cuales la historia no llega si quiera a estar a medias, pero sería demasiado difícil describirlos. Es nuestra memoria quien los conserva.
Emprendimos la marcha con una cierta tristeza y con la energía de saber que estábamos de vuelta en la carretera, que la aventura continuaba. El viaje de vuelta fue más directo si cabe, ya conocíamos el terreno que íbamos a pisar y por eso nos entregamos a ello con mucha más confianza. Salimos de Bonanza a las 10 de la mañana y llegamos a Chicago a las 8.30h de la mañana del día siguiente. Atravesamos en sentido inverso Montana, Dakota del Norte, Minesota, Wisconsin y apenas unas millas de Illinois. Sólo paramos para comer, mear y echar gasolina. Comentábamos las anécdotas de la semana en conversaciones que viraban de la exaltación a la tristeza, pero sentíamos nuestros espíritus llenos. A medida que íbamos pasando todos los cds que teníamos en el coche se nos ocurrió la idea de confeccionar la banda sonora del viaje. Y gracias al ordenador empezamos la compilación que termino con cosas tan variadas como los Orishas, Fito y Fitipaldis, Coldplay, Coty cantando con Paulina Rubio o la banda sonora de “Abierto hasta el amanecer” (por motivos obvios).
Yo abrí los ojos en el asiento de atrás cuando Andy ya casi nos estaba introduciendo en las calles de Chicago. Hacía un calor horrible y la bruma apenas dibujaba los rascacielos a lo lejos. Estábamos de vuelta en la jungla de cristal. Desembarcamos de nuevo en One West Superior y fuimos a devolver el vehículo a la agencia aprovechando para darnos el último garbeo por la ciudad en esas horas mañaneras. Así acababa nuestra aventura. Una vez más todos tirados en mi casa, con los huesos molidos de tanto coche y con la satisfacción de haber disfrutado de unos días que jamás olvidaremos.
Viajar es algo maravilloso. Cada viaje que hacemos implica un pequeño recorrido por este mundo y uno mucho más grande por dentro de nosotros mismos, nos pone a prueba ante situaciones que jamás esperamos encontrarnos. Las imágenes que fija nuestra retina permanecerán siempre en nuestra memoria, y las experiencias del camino nos van enseñando quienes realmente somos.
Apenas nos quedó un día para empacar todo el material y hacernos copias de las fotos. A partir de entonces todo el mundo a sus quehaceres. Cuando volví del trabajo ya se habían ido todos. Encontré en un cajón una taza que Juanjo había comprado en el rancho y me había dejado como recuerdo. De ella bebo ahora el café mientras escribo estas letras. También había una foto impresa que yo les saqué a Juanjo y Andy cuando íbamos en la carroza. Juanjo firmaba: “Nos veremos en la próxima gosadera” y Andy la frase con la que siempre nos despedimos: “Nos veremos en algún lado”.
Que así sea.
Pablo Arias. Chicago. Julio de 2005.
Entry Filed under: Cronicas de viaje

