On the Road (I) . Parte VII

April 23rd, 2006

[Escrito el 26-julio-2005]

Queridos amiguitos:

La historia que detallo a continuacion es totalmente veridica por increibles que puedan parecer algunas de sus partes. Sucedio entre los pasados dias 1 y 19 de julio durante la visita que me hicieron Juanjo, Andy, Xava y Alejandro. Son unos dias que jamas voy a olvidar en mi vida y he querido dejar constancia de ello.
No tengo las fotos a mano, pero algunas de ellas las he dejado en mi fotolog a falta de otro espacio de acceso publico:
www.fotolog.net/joeermitage

He dividido en dos correos para que sea mas manejable.
Quien se aburra de semejante testamento puede dejarlo a medias… prometo que no se lo tendre en cuenta.

Besos como quesos.
Pablo.

ON THE ROAD. 2005. USA TOUR.

COMENZAMOS

El día uno de julio de 2005 comenzó para mí, como viene siendo habitual, con los rugidos del despertador que cada mañana, a las 7.30h llenan el apartamento 2209 del edificio One Superior Place, situado en el cruce de las calles State y Superior de la ciudad de Chicago. Saludé este día que divide el año por la mitad con más energía de lo habitual, pues esta misma tarde recibiría la visita de algunas personas que son muy especiales para mí.

Gracias a los avances de la tecnología, pude entretenerme en el portal www.virtuallythere.com observando la evolución de los vuelos British Airways BA 221 procedente de Londres y US Airways 005 procedente de Philadelphia en los que llegarían unas horas más tarde Juanjo, Andy, Alejandro (en el primero) y Xava (en el segundo).

La noche anterior, estos mismos personajes se habían reunido en Madrid para empezar su personal aventura por tierras norteamericanas. Ese mismo día habían llegado Andy desde Bilbao, Juanjo y Alejandro desde Alicante y Xava desde Valencia. Junto con otros amiguetes se reunieron en el restaurante “La Catedral”, lugar habitual de las cenas de la pandilla, situado en La Carrera de San Jerónimo, para posteriormente pasar a tomar unas copas en “La Negra Tomasa”, también bastante habitual en este tipo de reuniones.

A las 15.30h recibí la llamada de “los tres de British” que al parecer tenían problemas con los papeles de inmigración. Todo se solventó rápidamente y al cabo de hora y pico nos encontrábamos en medio de fuertes abrazos a la salida del metro de Chicago Avenue. Las muestras de emoción incontenible, que llevaron mochilas al suelo y fotos instantáneas asombraban a los transeúntes. Habían pasado casi 6 meses desde que habíamos empezado a planear este viaje, surgido de una conversación casual entre Juanjo, Andy y el que esto suscribe. ¿Estaba Chicago preparada para este evento? Es algo que sólo en los próximos días podríamos comprobar.

Ya en el apartamento empezamos a desempaquetar maletas y montar camas auxiliares utilizando cuanto objeto mullido había a nuestro alrededor: sofás, cojines, un colchón que pedimos en recepción…

Un par de horas después recibíamos una llamada desde abajo: Xava había llegado. Bajo a buscarle y, después de casi un año sin vernos, lo primero que me dice es: ¿Sabes que la recepcionista me ha dicho que le gusta mi pelo? Me parto de la risa ante el glamour de sus ricitos de oro… “… si es que estamos en Chicago, pero bien podríamos estar en Rodanillo”. Por fin todos juntos, nos esperan 20 días que no olvidaremos jamás en nuestras vidas ni aunque vivamos dos veces.

Un rápido garbeo por el edificio (piscina, sala de internet, gimnasio…) y empezamos a acicalarnos para salir a bucear en la noche de Chicago. Ni “jet lag” ni nada… el que hubiera querido dormir mejor que se hubiera quedado en casa. Empezamos por la zona de Rush street en la que sería la discoteca que más visitaríamos posteriormente: Chicago BAR. Nos fuimos calentando poco a poco con la música techno-pachanguera, bailando como locos y brindando con Budweisser (Coca-Cola ligth en el caso de Juanjo) por nuestro encuentro en este rincón del planeta. Subidos a la cabina del pincha vacilábamos a la docena de “barbies” que bailaban encima de la barra. La música empezó a envolvernos, a la vez que nos envolvíamos a nosotros mismos en abrazos y choques de vasos y botellas. Juntos una vez más y dispuestos a pasarlo de puta madre.

Nos fuimos retirando cuando el ambiente iba decayendo y acabamos en casa friendo huevos y beicon para repostar. El suelo entero se encontraba lleno de trastos y las maniobras no eran fáciles. Aún así devoramos como auténticos osobucos. Eran las cuatro y media cuando nos metimos echamos a dormir. En España ya eran las 11.30h de la mañana. Juanjo, Andy, Xava y Alejandro habían hecho casi 48 horas de non-stop desde sus respectivas residencias hasta el catre que ahora ocupaban.

LA CIUDAD NOS ESPERA.

El sábado por la mañana la ciudad disfrutaba de una relativa calma y nuestros cuerpos de su merecido descanso hasta que a eso de las 11h. empezó a sonar atronadoramente una canción de los Orishas por la radio y las persianas comenzaban a levantarse dejando entrar amenazantes rayos de luz. Juanjo había decidido levantarnos a ritmo cubano sin réplica que valga. Al más puro estilo Gran Hermano se fue poniendo la comitiva en pie: cuerpos extendidos por todas partes (ya sabéis que somos todos pequeñitos…) empezaron a desfilar bailando guaguancó. En un espacio pensado para una persona en la que conviven cinco, la logística es importante, pero bueno, nos hacemos a todo.

Tras ponernos en marcha nos fuimos a desayunar al “Ohio House”, en el cual repetiríamos en más de una ocasión. Un garito de desayunos auténticamente americano: cuatro mesas y una barra con taburetes a la que acuden los policías a por sus donuts y su café para llevar. Nos pusimos las botas con los huevos y los pancakes y el café (por llamarle algo) que te sirven una y otra vez en cuanto ven que tienes la taza a medias. Hicimos buenas migas con la camarera, una señora gorda y con un ojo desviado a la que supimos que le llamaban “La Gallina”, pues iba cacareando de una mesa a otra mientras recogía vasos y platos.

Con el estomago lleno recorrimos el centro de Chicago, “The Loop” donde se encuentran muchas de las compañías financieras más importantes del mundo. Cada paso Juanjo veía algo que le recordaba algún rincón de Sydney, mientras Andy nos deleitaba con elaboradas explicaciones acerca de las estructuras de los rascacielos (planta técnica, Cruz de San Andrés, construcción en acero…) y descubrimos que Xava mantiene intacto su nivel de inglés alcanzado en los días de Dublín, en aquella carambola del destino que me hizo conocer a Juanjo hace ya más de cinco años.

Paseamos por la playa del Lago Michigan, al lado del Hotel Drake (si, el mismo que sale en Misión Imposible I) viendo a las chicas patinar en bikini y a los obesos americanos tratar de perder esas libras de más haciendo jogging.

Un rato para descansar en casa y dado que era el único sábado que ibamos a pasar juntos en Chicago nos llevo de nuevo al corazón de la ciudad. Empezamos la noche sentados cerca del planetario, desde donde hay una vista maravillosa del skyline de la ciudad ya oscurecida y con todas sus luces dibujando una silueta de ensueño. Siguió con una cena entretenida en un restaurante tailandés y unas copas en el Excalibur, la misma discoteca que Michael Jordan frecuentaba después de los partidos. Encontramos el tiempo y el lugar para reírnos juntos y recuperar nuestras bromas comunes después de tantos meses sin reunirnos.

INDEPENDENCE DAY

Aprovechamos la mañana del domingo para descansar, pues esa misma tarde/noche comenzaba la celebración del 4 de julio, el día de la independencia americana. Acudimos a Grant Park para disfrutar del concierto previo a los fuegos artificiales de esa noche. Aquello estaba repleto de gente hasta no poder más. Nos hicimos fotos con los policías, comimos perritos calientes de dudoso origen y bebimos cerveza caliente de las barracas. Allí tumbados en la hierba en medio del parque, con el lago a un lado y la ciudad al otro nos sentimos como dios. Entonces, ya noche cerrada, sonó un petardazo alucinante en el aire y el cielo se empezó a llenar de luces de colores, que recorrían el firmamento de un lado a otro, en grupos de dos, de diez, de treinta. Comenzaban los fuegos artificiales que señalaban el comienzo de la conmemoración del 229 aniversario de la independencia de los Estados Unidos de América. Se nos abría la boquita como a bebés ante el espectáculo y nos encontramos a nosotros mismo aplaudiendo alguna que otra vez con la misma expectación que el resto de los americanos. Tras casi una hora de luces dibujadas en el cielo cerrábamos los ojos y todavía las teníamos impresas en la retina.

Empezamos a retirarnos hacia casa por Columbus street y la marea humana que salía del parque llenó del todo la calle. Miles y miles de personas caminando en la misma dirección y a la misma velocidad. Realmente parecía una manifestación. Como el ambiente no parecía estar muy animado Andy y yo nos arrancamos a cantar algunos de los clásicos de las excursiones a la montaña, ya sabéis, “La vuelta al mundo en 80 días”, “Fraggle Rock” y cosas así… Los americanos nos miraban atónitos, pero algún negro se nos quiso unir intentando hacer una versión rapera de lo que cantábamos. Tras unos minutos Juanjo nos dijo que si íbamos a cantar, que cantáramos algo con más sentido. Y sin más se arrancó con “La Gosadera”. Así que imaginaros caminando en medio de esa marabunta de gente, todos rapeando “… da lo mismo si eres linda, fea, guapa o coqueta, divorciada, atrevida, casadita o soltera…” Algunos de los mexicanos que teníamos alrededor, como nos entendían se partían la caja de risa y cuando acabamos, el publico en general nos empezó a aplaudir.

Doblamos por Michigan Avenue al llegar a Millenium Park, el parque diseñado por Frank Ghery, el mismo arquitecto del museo Guggenheim de Bilbao. En el hay dos fuentes bastante peculiares. Son una especie de cubo de unos 10 metros de altura hechas de cristal. En todo el cubo se van proyectando, una tras otra, caras de personas que sólo mueven los ojos y la boca. El agua cae por la pared de cristal desde lo más alto y unos focos en el suelo dejan una imagen impactante, con la cara de fondo y las gotas de agua cayendo por delante. Al pasar por delante de la primera fuente, me imagine lo que estaba a punto de pasar… era inevitable.

Fue Juanjo quien pronunció las palabras, pero estaba en mente de todos. No hizo falta más de un segundo para asentir. Así que nos despojamos de nuestros utensilios no resistentes al agua: carteras, móviles, cámaras… y con todo lo que llevabámos puesto nos pusimos encima de los focos, a la altura de la barbilla de la cara que nos observaba (supongo) asombrada. Los goterones que caían desde arriba casi hacían herida y yo con las gafas (que casi las pierdo, por cierto no veía absolutamente nada. Nos pusimos a bailar debajo de los chorros de agua y allí recibimos la segunda ovación de la noche de parte del público concurrente. Fue algo acojonante, la adrenalina nos corría por las venas al igual que el agua por la piel y por la ropa. Hicimos un pequeño corro y empezamos a dar vueltas hasta que los goterones nos empezaron a doler de verdad. Las carcajadas al salir eran tan grandes que apenas nos dimos cuenta de que teníamos a más de mil personas observándonos. Algún niño parecía decidido a imitarnos pero fue parado a tiempo por su mamá…

La marabunta humana seguía por Michigan Avenue, un poco más dispersa ya. Seguimos caminando por la calle con el trafico cortado, rodeados de rascacielos por ambas partes y caminando por mitad de una calle de ocho carriles. Nos sentíamos como los césares en la marcha triunfal sobre Roma.

EMPAPA2

El lunes por la mañana decidimos alquilar unas bicis para darnos un rulo por los alrededores de la ciudad. Dicho y hecho recogimos nuestras mountain-bike en Navy Pier y fuimos circundando el lago en dirección a los barrios del sur para explorar otras áreas de la ciudad. Cuando más agradable estaba resultando el paseo, el día caluroso que teníamos ante nosotros se esfumó de repente, el sol se escondió y unas terribles nubes negras aparecieron cuando más lejos estábamos de casa. En medio de Hyde Park, sin refugio posible no nos quedó más que pedalear en medio de la tormenta hasta llegar de nuevo a la ciudad. Esta mojadura ya nos hizo menos gracia. El viento soplaba como mil demonios (¿será por eso que a Chicago le llaman “The windy city”?) y al llegar de nuevo al centro ya teníamos caladas hasta las costuras de los gallumbos. Hicimos un alto en el camino para tomar un café calentito y fuimos a devolver las bicis. A la chica que nos las había alquilado casi la tenemos que reanimar después del ataque de risa que le dio al vernos llegar.

Cogimos un taxi de vuelta a casa y en él tuvo lugar una de las escenas más divertidas del viaje. Juanjo mantuvo una conversación de quince minutos con el conductor: “de taxista a taxista”. Empezando por la clientela y cómo está el negocio en uno y otro país, pera acabar hablando de viajes por el mundo y de las diferencias entre las mujeres americanas y las españolas. La escena recordaba a aquellas conversaciones entre Juanjo y Conrad en spanglish, pero me quede realmente asombrado de lo que Juanjo entiende y se hace entender.

LA CALMA ENTRE LAS TEMPESTADES

El resto de la semana la pasamos bastante tranquila. Casi siempre nos hacíamos macroscopicas compras por la tarde que se convertían posteriormente en copiosas cenas que engullíamos sin piedad. He alucinado con lo manitas que es Juanjo en la cocina: pimientos asados, ensaladas de toda clase y condición, arroces diversos, chuletones que no falten, carne asada, en fin… que Andy se quedó sin poder deleitarnos con su famoso “sándwich-mañiza” que en alguna otra ocasión tendremos que probar. A mí, la verdad, como me encanta sentarme a mesa puesta y además durante la semana tenía que trabajar… pues bebía cerveza y les deba conversación.

Aún así, si que aprovechamos esos días antes de partir de nuevo. Juanjo, Andy, Xava y Alex aprovecharon la semana para hacer algunas compras. En uno de los matutinos paseos por Wabash street se cruzaron con un grupito de estudiantes de intercambio que venían de Barcelona, de Logroño, de Bilbao… que se pusieron como locos al encontrarse con Juanjo en Chicago. Por unos días había dejado el ritual, que por otra parte siempre lleva a cabo con gusto. Así que fotos, besos y autógrafos y risas por parte de los colegas. Los chavalillos (y sobre todo las chavalillas) estaban realmente alucinados.

Cada tarde/noche aprovechábamos para conversar de todas las cosas que nos han ido pasando en este último año y que no hemos tenido demasiado tiempo de comentar. Fue algo fabuloso. Como buenos amigos, reunidos una vez más en este lugar tan remoto a nosotros mismos y que sin embargo se hace tan familiar estando juntos. Aprovechamos también para tomar la copa de rigor en “The Signature Room”, el bar que se encuentra en el piso 95 de la John Hancok Tower, el edificio núemro 14 más alto del mundo y desde el que de noche hay una vista alucinante de toda la ciudad. Las luces del área metropolitana, que alumbran a los nueve millones de seres humanos que viven en ella se extienden hasta el infinito. Tienes la sensación de que los rascacielos que tienes en frente podrían derribarse con el dedo.

Andy y Juanjo también aprovecharon durante la semana para visitar Oak Park, el barrio de Chicago que vio nacer a dos grandes talentos como el escritor Ernest Heminway y el arquitecto Frank Lloyd Wrigth. Allí tienen hoy en día sus respectivos museos que fueron visitados por nuestros amigos. Quien iba a decir a Juanjo que algún día visitaría la casa natal del que fuera copropietario de La bodeguita del Medio, por cuya puerta en La Habana Vieja tantas veces ha pasado. O a Andy que podría visitar el estudio de uno de sus arquitectos favoritos.

Desgraciadamente a mitad de semana, Xava tuvo que volver a la península, pues le esperaba el trabajo en Valencia. Triste se fue y triste nos dejo ese día a los que nos quedábamos. Ojalá se hubiera podido quedar el resto del viaje. Fue gracias a Xava como muchos de nosotros conocimos a Juanjo, y quien más cerca de él ha estado a lo largo de todos estos años, desde que se conocieron en Inglaterra. El viaje tocaba a su fin para él, pero nos despedíamos sabiendo que ya sea en Brighton, en Noceda del Bierzo, en Dublín, en Madrid, en Los Pirineos, en Chicago o en Valencia, siempre habrá un lugar donde echarnos las risas llevando a cabo alguna locura, y que allí nos encontraremos.

El viernes llegaba de nuevo el fin de semana y con él empezaba la segunda parte del viaje. Tocaba hacer las maletas de nuevo para echarnos a la carretera. Estaba decidido que salíamos a las ocho de la mañana del sábado, pero también estaba claro que no podíamos irnos a la cama sin más un viernes por la noche… así que nos volvimos al Chicago BAR a la misma tarima que el viernes anterior a seguir bailando como locos (esta vez sin alcohol, que podemos ser cafres, pero no tanto…) y acabamos en casa a las cuatro de la mañana. Cuando puse el despertador ya me estaba doliendo el cuerpo pensando en cuando sonara a las siete…

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