Muito legal. Unos pasos por Brasil. Parte III
September 26th, 2005
Viaje al Morro
A la mañana siguiente tuvimos que ponernos a funcionar contrareloj. La logística era complicada puesto que había que sacar billetes de ida y vuelta a Morro de Sao Paulo, luego a la Chapada, buscar allí alojamiento, había que pagar la pousada, desayunar y salir al puerto cagando melodías porque se nos piraba el barco. Así que al final sacamos solo un billete de ida para no complicarnos mucho la vida.
Llegamos al catamarán de las 9h. Un barco de unas 100 plazas que iba a la mitad. Empezamos a abandonar el puerto de Salvador, desde donde se diferenciaba perfectamente la cidade alta. No puedo decir que me diera mucha pena dejar atrás esa ciudad de unos dos millones de habitantes y una extensión inmensa.
En el barco nos colocamos a proa, viendo como saltaba sobre las olas, a medida que avanzábamos. Guti estaba demasiado callado, sentado en un banco y yo empecé a preocuparme un poco. Sobre todo cuando le vi levantarse tambaleando para volver a dentro. Fui a ver como se encontraba y lo descubrí llamando a Braulio: Brrrrrrrraaaaaauuu, Braaaaaaaaaaauuu. Mi sorpresa fue mayor cuando tratando de averiguar de dónde había sacado la bolsa vi que había una atada a cada silla. Miré alrededor y para mi asombro descubrí que más de una persona ya había hecho uso de ella. Y yo que me reía tanto empecé a sentir que mi estómago ya empezaba también a centrifugar. Desaté la bolsa por si acaso, pero al final no tuve que usarla.
En medio del viaje un tropel de gente salió hacia fuera y siguiéndoles descubrí el motivo: a unos 500 metros a estribor pudimos disfrutar de un espectáculo maravilloso: dos ballenas jugaban saltando y dejándose caer desalojando ingentes cantidades de agua. Las estuvimos viendo durante casi cinco minutos. Yo nunca antes había visto una ballena y creo que no cerré la boca mientras las tuve a la vista. Ni si quiera se me ocurrió sacar la cámara para hacerles una foto.
Al cabo de un par de horas estábamos en el embarcadero de Morro de Sao Paulo. Sacamos nuestras mochilas del montón y desembarcamos en la isla. El embarcadero estaba, como no, lleno de buscavidas que nos ofrecían todo tipo de paquetes turísticos para los próximos días. Me preguntaba porque casi todos llevaban un carretillo y no tardé mucho en descubirlo: en Morro de Sao Paulo no hay carreteras. No hay nada asfaltado. Es una selva en la cual casi lo único que esta habitado es la costa. Pero no hay edificios más allá de 300 metros de la playa. Los carretillos eran los taxis y en los que llevarían las maletas de los turistas recién llegados.
Como aún disfrutamos de buenos lomos declinamos la oferta y preferimos tirar de nuestras propias mochilas. En cuanto nos encontramos con los 100 metros de ladera que hay que subir para salir del puerto nos planteamos la idea anterior. Como posteriormente diría Tania, nuestra amiga bahiana “ninguen merece esa ladeira”. Nadie se merece tener que subir esa rampa cargado con más de lo que lleve en los bolsillos. Y ahí están los taxistas carretilleros subiendo y bajando maletas, fruta, cajas de leche y todo tipo de productos de abastecimiento.
Echando la gota gorda conseguimos llegar arriba, a una especie de plaza del pueblo donde había una iglesia y un montón de tiendas. Ese era el centro de Morro. Después están las playas. Llevan los originales nombres de: Primera Playa (de unos 500 metros de longitud), Segunda Playa (de unos 300 metros), Tercera playa (sobre 1 km), cuarta playa (4 km) y quinta playa (14 km). Casi todo se concentra entre el centro, la primera y la segunda playa. La tercera es un poco más tranquila y la cuarta y la quinta son playas casi desiertas, donde apenas hay un par de hoteles.
Nosotros íbamos enviados por Nino en busca de Paolo, un napolitano que tiene un restaurante y una pequeña pousada en la tercera playa. Caminamos por la “calle” del centro Morro. Un camino de arena de playa de unos 3 metros de anchura. A ambos lados hay tiendas, restaurantes, agencias de viajes, salones de masajes, de todo. Todo muy bien cuidado. Bajamos otra rampa y unas escaleras hasta la primera playa. Uno de los carretilleros, al cual le faltaba una mano, se ofrecía a llevarnos las mochilas otra vez. Sus compañeros tiraban por carretillos llenos de maletas con las ruedas hundidas en la arena. Atravesamos la segunda playa y llegamos a la “calle” de Paolo. Al parecer él no explotaba la pousada, sino sólo el restaurante, así que nos derivó a Luigi, su vecino de enfrente que había abierto hacía un par de meses su nueva y flamante pousada “Genova”.
La Pousada
Luigi es otro italiano que se pasó 15 años en Argentina. Era dueño de una empresa de transporte internacional, hasta que tras el “quilombo” (como el decía) la tuvo que vender. Como no se adaptaba a volver a vivir en Italia, invirtió unos duros en la pousada y ahí se estaba pegando la vida padre. Las habitaciones estaban muy bien y nos cobraba 60 reales (unos 20 euros) por cada una. Y lo mejor de todo es que allí estábamos en familia.
Allí estaba Luigi y los empleados que tenía (entre ellas, Patricia, una negrita con rasgos indios a la que tenía como novia), Paolo y su gente, y todos los huéspedes de las 3 o cuatro pousadas que había por allí, que nos juntábamos para desayunar en la de Luigi. Casi todos éramos españoles o italianos. Luigi decía que los brasileños se gastaban, o bien 10 reales por noche, o bien 400. Que en Brasil no hay término medio.
Nada más llegar nos invitó a una cerveza. Le dijimos que sólo nos íbamos a quedar una noche y nos dijo que nos apostaba lo que quisiéramos a que no nos íbamos a marchar al día siguiente. Le dijimos que nos lo íbamos a pensar, pero después de pisar la cuarta playa no hubo mucho más que pensar. Luigi hubiera ganado la apuesta y nosotros nos íbamos a quedar allí el resto de las vacaciones. Ir a la Chapada da Diamantina era un poco complicado y allí parecía que lo íbamos a pasar de puta madre, así que no hubo más que hablar. Cuando le dijimos a Luigi que nos quedábamos nos dijo que ya le habían llamado para reservar las habitaciones y él les había dicho que estaba todo lleno para los próximos días.
Morro de Sao Paulo
El Morro es un sitio genial. Es una belleza de isla tropical que tiene una gran ventaja sobre cualquiera de los paraísos naturales que te puedas encontrar para pasar unas vacaciones de playa: no está masificado y la mayoría de turistas son locales (esto es, brasileños).
No es un resort en medio del océano porque no tiene carreteras y por lo tanto no atrae a los turistas comodones. No hay grandes hotelacos ni turistas que busquen el “todo incluído”. Muchos de los propietarios de los negocios son europeos que estaban hartos de su estresante vida de oficina y se han retirado a pasar un tiempo aquí. La mayoría de los empleados son gentes locales que viven muy bien a costa del turismo, argentinos que viajan buscando un cambio de aires y buscavidas en general.
Es un lugar bastante protegido y no hay ningún tipo de violencia. Los vendedores de la playa necesitan licencia, lo cual aleja a los malandrucas. Todo está bastante controlado (a lo brasileño, claro está) y todos cuidan de ese enclave que es el Morro, puesto que todos saben que el desmadre sería malo para todos.
Allí tirados en la cuarta playa, a más de 500 metros de cualquier otro ser humano, debajo de las palmeras, esperando a que pasara algún carrito para pedirle unas cervezas, nos dimos cuenta de que era la primera vez en todo el viaje que nos podíamos permitir bajar la guardia y cerrar los ojos de la espalda. ¿Cómo nos íbamos a marchar de allí?
Ya de noche, en la pousada, estábamos hablando con Luigi de cómo se había montado el negocio y recibió una llamada: su madre estaba en coma. Se acabó el buen rollo y tuvo que empezar a prepararlo todo para viajar a Italia al día siguiente. Así es la puta vida. Estaba hablando todo ilusionado de su proyecto y de repenta, raca, le dicen que a su madre la tienen que operar de urgencia y que quizá no salga de ésta. Le dejamos sólo y nosotros nos quedamos también un poco chof durante un par de horas, a pesar de que a ese hombre lo habíamos conocido esa misma mañana.
La marcha de noche está en la segunda playa. Y aunque nos dijeron que había mucha marcha la verdad es que nos defraudó un poco. El rollo era demasiado guiri. Pero salimos a cenar y nos encontramos con las “barracas”: puestos que hay en la playa donde apenas tienen una botella de vodka, una de ron y una de cachaça. Hielo, una batidora y un montón de frutas que no has visto en tu vida (también alguna que si has visto). Con todos esos elementos se pueden preparar unas caipirinhas que se caga la perra.
En frente de la pizzería donde cenamos tenían su barraca Tania y Pablo. Tania es un encanto de mujer. De color negro africano, grande sin ser gorda, con una sonrisa que te envuelve entero cuando te mira y una dulzura sin igual. Mirándola uno ve a la mismísima Madre Tierra. “Mis amigos españoles” nos llamaba. Nosotros le llamábamos La Bahiana, porque nos dijo el primer día que era antes bahiana que brasileña. Pablo era un argentino delgadito y con coleta, un autentico tirillas. Había llegado hasta allí aburrido de Buenos Aires, haciendo escala por diversas ciudades en el camino, viviendo de la artesanía. Llevaban como un año juntos y era un gusto hablar con ellos porque no te daban la brasa para que acudieras a su barraca y no a la de al lado. Así que hablando con ellos nos pasamos varias noches. Siempre nos tomábamos las copas allí y hemos de decir que estaban exquisitas. La caipiroska de cajú estaba de muerte, por no hablar de la piña colada… Hablamos mucho sobre el Morro, Buenos Aires, Madrid, las bahianas, los turistas y las diversas combinaciones de frutas para hacer cócteles.
Mientras estábamos allí, a eso de las 2 de la mañana, vimos como uno de los carretilleros/taxistas llevaba a un inglés todo borracho a su pousada. El guiri iba encima del carretillo totalmente inconsciente. Iba arrastrando un pie por la arena y sacando un brazo por el otro lado en una dudosa posición de equilibrio. El moco que llevaba era peliagudo y no sé lo que cobraría el taxista, pero tirar por semejante borracho por la arena de la playa tiene que estar pero que muy bien pagado.
Al día siguiente nos lanzamos a la actividad de la isla: estuvimos montando a caballo por la cuarta y la quinta playa, y fue allí donde descubrimos el paraíso perdido que puede ser esa isla y por la tarde nos tiramos en una tirolina desde lo alto de la colina sobre la que reposa el faro de la isla. Un cable de unos 300 metros de longitud que salva un desnivel de más de 100. Vas atado con un arnés y con sólo dar dos pasos de carrera ya estás deslizándote en el aire a 90 km/h. El aterrizaje se produce en pleno mar, con un par de botes en los que se traga agua a base de bien. Una auténtica descarga de adrenalina.
Al llegar abajo nos tomamos unas cervezas en el bar de Kaká, un viejete que decía haberse ganado el mote por los mocos que se agarraba con cachaça de la barata. Acababa de llegar de pescar unos cangrejos y a Guti se le antojó uno asi que se lo hizo a la plancha.
Luego nos volvimos a casa y le pedimos a Paolo que nos hiciera algo de pasta. Fue una cena genial. Nos quedaban dos botellas de vino que habíamos traído de España y nos las bebimos con él, mientras hacía los spaghetti. Estuvimos de charleta un buen rato despues de dar cuenta de ellos y como seguíamos teniendo hambre le pedimos unos filetes. Se puso a encender la brasa, seguimos bebiendo vino, hablando, fumando, los puso a la parrilla, nos los comimos y seguimos en las mismas. En total la cena puede que durara cerca de cuatro horas. Y así va todo más o menos en el Morro. Buen rollito y nada de estrés.
Todos los habitantes del morro tienen la costumbre de chocar cuando se cruzan. El modelo es bastante sencillo. Se trata de chocar la mano derecha con la palma abierta y luego chocar de frente el puño cerrado. Si alguien se te acerca a ofrecerte cualquier cosa y le chocas así significa que ya has estado en el Morro lo suficiente como para saber ciertas cosas. Si no sabes chocar significa que o bien acabas de llegar o bien eres un empanao. Al choque de manos siempre acompaña la pregunta “¿Tudo bem?”. Era genial. Es como si todos fueran colegas y sin embargo no tuvieras que sentirte obligado a hablarles si no te apetece.
La noche del Morro
Otra de las noches Guti no se despertó de la siesta. Eran las 10 y no se despertaba así que le peté en la puerta. Nada. Me fui a pasear por la playa. Volví. Nada. Me duché y me preparé para salir. No se levantaba. Me dije que qué coño y me fui a la segunda playa yo solo. Estuve como un par de horas con Tania y Pablo y luego me metí en el mogollón guiri. Daba un poco de asquito y eso que andaba por ahí una inglesa que habíamos conocido esa tarde y que estaba realmente buena. Todos estaban muy borrachos y el rollo era bastante decadente. Me comentan por ahí que a partir de esta hora lo único que queda es el “Ñ”, un garito de un español que está en la primera playa. Me voy para allá y ahí realmente si que aluciné en colores.
Allí es donde iban todos los currantes chuzos del Morro al cerrar sus respectivos garitos y donde se encontraba lo mejor de cada casa. Conocí a un catalán que llevaba 13 años viviendo en la isla. A unas brasileñas que había visto previamente en una de las barracas. Me encontré con Guillermo Toledo, que me dijo que viene muy a menudo por Brasil. Estuvimos tomando unas copas y echándonos unas risas. El ambiente era genial, aunque supongo que la mitad estaban completamente drogados. Eran ya las cinco de la mañana y la marea subía hasta colarse por debajo del garito, que era todo de madera y se encontraba suspendido sobre la misma playa. Estaba amaneciendo y los primeros rayos de sol rebotaban en el agua y se reflejaban en el cristal de los vasos. El bar daba hacia el este, por lo que poco después vimos como el sol se iba levantando sobre el horizonte. Fue uno de los amaneceres más bonitos que he visto en mi vida.
No recuerdo ya que hora era pero sí que al salir del Ñ nos tuvimos que mojar los pies en el mar. Los 6 o 7 últimos que quedamos allí nos fuimos a comer una hamburguesa al garito de enfrente y yo me fui a dormir con todo mi pedo cuando el sol ya estaba bastante alto. Fue una noche cojonuda.
Claro que también, hablando con algunas personas aquella noche, me di cuenta de que el Morro también tiene su lado oscuro. Algunos de los oriundos me contaban que como el turismo estaba generando una creciente demanda de cocaína en la isla. Que por supuesto, todo esto no iba sino a más, y que los extranjeros que venían cada vez traían menos buen rollo. Que la mayoría de los hombres europeos piensan que todas las brasileñas son putas, y que en el Morro acertarán en el 90% por ciento de los casos. Fue una mujer quien me dijo que la que no lo era, en cualquier momento podría serlo. De todas formas, para mi tranquilidad, me decian que yo era “muito legal”
Si que nos habían ofrecido drogas en alguna ocasión, pero a raíz de estas conversaciones, abrimos un poquito más los ojos y la verdad es que sí que se hacían más evidentes. Es un poco triste que con la vida que se puede llevar allí haya quien se desplace para ponerse igual de morao que hacía en su lugar de origen. Pero, bueno, supongo que ni el Morro de Sao Paulo se escapa a la globalización.
Poco después de que llegara a casa aquella mañana, Guti resucita y me dice que si nos vamos en un barco que da la vuelta a la isla. Yo no me encuentro para barquitos, más que nada porque aún no he dormido. Me desperté cuando ya era de noche, pero Guti me dijo que se lo había pasado de puta madre, que había buceado entre el coral y recorrido los ríos interiores de la isla que eran una pasada. No puedo dar demasiados detalles sobre esa parte del viaje, porque yo no estuve allí.
Estuvimos un rato hablando con Patricia y luego nos fuimos a dar una vuelta por el centro. Cenamos de tranqui y volvimos, como cada noche con Tania y Pablo. El ambiente de la segunda playa nos agobiaba un poco así que no aguantamos mucho. Al volver a casa yo caí redondo en la cama. Encima de la mesa que había en la puerta había un termo de café y un trozo de bizcocho (bolo, le llamaba Patricia) supuestamente preparado para el desayuno del día siguiente. Todo estaba en calma y sólo el segurança paseaba por allí. Guti está leyendo en la cama. Le entra el hambre y se asoma fuera. Le pregunta al segurança “¿Esto es café?”, a lo que contesta que sí. Se pone una taza y se coge un cacho del bolo. A los cinco minutos el segurança peta a su puerta y le dice en portuñol: “Perdona, pero te estás comiendo mi comida”.
Yo me enteré de la historia a la mañana siguiente en el desayuno y no podía parar de descojonarme delante del segurança. El protestaba y nos decía que ya le había pasado otra vez con un italiano. Yo le pregunté que como coño iba a proteger la pousada un tío que no puede ni proteger su comida. Patricia decía que para la siguiente noche iba a envenenar el bolo para que Guti la cascara si lo volvía a tocar… (ella siempre tan cariñosa). Qué lástima que no estuviera Luigi, porque nos hubiéramos reído mazo con él.
Allí, en un par de hamacas que había a la puerta de la pousada, pasabamos un montón de horas muertas. Casi siempre vacilando con Patricia, que no os podéis imaginar la lengua que tenía. También estaban un par de niñas, hijas de amigas suyas, a las que Patricia cuidaba mientras sus mamás trabajaban. A una de ellas, Samara, de 10 años, le cogí bastante cariño. Nos llamaba gringos y decía que estábamos muy blancos. Bueno, ella era mulata. De alguna manera pienso que no es un buen lugar para que un niño crezca, y me pregunto que será de ella cuando tenga 15 años.
Gamboa
El primer día que llegamos a la pousada habíamos conocido a Jordi, un abogado de Barcelona que llevaba unos días por allí. Nos había hablado de una fiesta que había en otro pueblo de la isla: Gamboa do Morro, y decidimos ir con él. Era la última noche que íbamos a pasar en la isla y nos pareció buena idea lo de la fiesta. Para llegar podríamos ir caminando por la playa en caso de estar la marea baja, o bien coger un barco que tardaba unos 10 minutos. Después de la cena y un par de gin-tonics fuimos hasta el embarcadero y vimos que la marea estaba altísima. Andando imposible. Vimos que un barquito estaba saliendo y le gritamos: “¿a dónde vas?”. Nos contesta que a Gamboa y le decimos que entonces que de la vuelta que también vamos. Da la vuelta con los 15 pasajeros que llevaba dentro y nos subimos tres más, a dos reales por cabeza. Los pasajeros son casi todos turistas brasileños y van cantando canciones de campamento. Yo veo que el bote hace bruscos movimientos laterales y la línea de flotación está ampliamente rebasada. Además no lleva luces y se oyen otros motores, lo cual quiere decir que hay tráfico denso.
Yo no me acojono demasiado, pero a Guti, después del viaje en catamarán no le sienta demasiado bien eso de ir en un barco de dudosa seguridad, de noche y sin luces.
Llegamos sin mayor percance a Gamboa y nos dirigimos a la fiesta que es en un trozo de playa que han cercado con hojas de palmera. Allí nos encontramos a Luci y Tasi, las amigas de Jordi que también tienen una barraca y empezamos a apretarnos caipirinhas de dos en dos, para mayor estrés de Luci, que no está acostumbrada a estas prisas en el beber. Nos hemos quedado sin tabaco y los chavalillos que venden el Marlboro todavía no han aparecido. No conseguimos otra cosa que “Broadway”, una especie de cigarrillos de puta que saben a Pato WC. El grupo de Capoeira no se decide a empezar a actuar. No sabemos que está pasando pero la actuación no empieza y además los músicos se piran. Intuimos que ha habido algún percance pero nadie nos cuenta nada. Habíamos hablado con algunos de los bailarines y nos dice que habían estado actuando en Palma de Mallorca. Cuando vemos el espectáculo que montan no podemos más que descojonarnos de risa. 3 chicos y 3 chicas montan una serie de bailes en cadena, con todo tipo de atuendos supuestamente “típicos” de algún lugar de Brasil. Un espectáculo para guiris total y absoluto. Supongo que el mismo que montaron en Palma de Mallorca. Total, que seguimos trajinando caipirinhas.
A cierta hora creemos que ya hemos tenido bastante y tratamos de volver al embarcadero a ver si encontramos transporte.
A medio camino, en medio de la playa, los tres vamos medio borrachos y riéndonos de todo. Yo veo asomar la proa de un barco en medio de la oscuridad, unos 500 metros antes de llegar al embarcadero. Salta un hombrecillo y nos sale al paso ofreciéndose como taxista por unos módicos 50 reales. Tardamos un poco en salir de nuestro aturdimiento, pero nos damos cuenta de que la cosa va en serio, así que comenzamos a negociar. La táctica del poli-bueno, poli-malo está bien, pero si en lugar de dos, juegas con tres y encima borrachos, no sólo sacas precios mucho mejores, sino que además te partes de la risa. Jordi, con su retórica de abogado, le dice al chaval que entiende que él acaba de ver una oportunidad de negocio, pero que sus costes nos parecen excesivos, y por lo tanto tenemos que parlamentar. Yo simulo ser el más predispuesto a alquilar sus servicios y Guti el que no quiere subirse al barco ni de coña. Tal es así que exige que el barco tenga luces para subirse. A punto está de fracasar nuestra negociación cuando no pasamos de 15 reales, pero al final acepta. El carpanta era pirata pero no tonto. Y nosotros tampoco. Al fin y al cabo si está en la playa y no en el embarcadero es porque no tiene licencia para llevar pasajeros y nosotros, con tal de evitarnos otro medio kilómetro por la arena pagamos un par de reales más y nos echamos unas risas.
Subir al barco fue toda una odisea, porque estaba solamente medio encallado en la arena. Tuvimos que quitarnos las chanclas, tirarlas arriba y, ayudados de una cuerda, subir al barco medio escalando. Por fin arranca y Guti le pregunta por las luces. Patapalo dice que espere un poco. Salimos del área del puerto y las enciende. Jordi, que entiende un poco de navegación nos dice que las lleva cambiadas. La roja debería estar donde está la verde y viceversa. Madre mía con el pirata. No, si va a ser mejor que las apague no nos vamos a estrellar contra otro barco que venga de frente por haberlo desorientado.
Yo me siento en la proa y voy alucinando al ver toda la costa del Morro iluminada, al ver las estrellas del hemisferio sur y descubrir que es un cielo distinto al que yo he visto toda mi vida por la noche. La luna creciente se refleja en el mar que está absolutamente calmado, y el viento me pega en la cara dejándome sobreimpresionada una absoluta sensación de libertad.
La noche no dio mucho más de sí, nos tomamos una más en la segunda playa y nos fuimos a casa. El segurança ya se había comido su bolo en previsión de lo que pudiera pasar.
El largísimo viaje de vuelta
El viernes fue día de despedidas. Pagamos a Patricia y nos despedimos de ella, de Paolo, de Jordi, de Guillermo Toledo, que nos lo volvimos a encontrar por la mañana, de Tania y Pablo, que nos dio muchísima pena… en fin, así son los viajes. Tomas contacto y cariño inmediato con gente a la que, en el fondo no conoces de nada.
Como Guti lo había pasado tan mal en el viaje de ida, buscamos una alternativa para la vuelta y por un poquito más de pasta, conseguimos volver a Salvador en una avioneta. Sólo 6 plazas. La idea de volar en un cacharro así era bastante excitante, sobre todo porque ninguno de los dos nunca lo habíamos hecho nunca.
El aeropuerto del Morro está en obras, así que tenemos que coger una barca hasta Valença, un sitio cercano, ya en el continente donde nos recogerá la avioneta. Allí nos dirigimos con dos parejas de chilenos requetepijos todos ellos.
Al llegar al embarcadero de Valença nos recoge una furgoneta que nos lleva al “aeropuerto”. El aeropuerto era para verlo. Sólo tenía un empleado que estaba hablando con un policía con camisa blanca. Vemos la avioneta aparcada detrás y es el único vehículo que hay en los alrededores a parte de la furgo que nos ha traído. El policía no era tal, sino nuestro piloto, que nos conduce hacia la avioneta. Guti y yo no podemos parar de partirnos de risa mientras descubrimos que uno de los chilenos está auténticamente acojonado de volar en ese cacharro.
La avioneta tiene 3 filas de asientos. Piloto y acompañante, en la segunda caben 3 pero como las sardinas, y atrás caben dos pero muy malamente.
Para subirse hay que pasar por encima de una de las alas. Guti se pide acompañante y nadie le rechista. El piloto empieza a salir hacia la pista. Guti le dice: “Entonces, yo no toco nada, ¿no?”. El chileno mira hacia arriba y dice “¿Dónde está mi catamarán?”. Guti replica con el discursito: “Buenas tardes, les habla el sobrecargo Gutierrez, el vuelo a Salvador de Bahía tiene una duración de 20 minutos…”. El chileno ya se está yendo por la pata abajo. Guti sigue echándole leña al fuego y al salir a la pista, cuando el cacharro está a punto de despegar le pregunta al piloto: “Por cierto… ¿usted ya ha volado alguna vez?” Yo ya no puedo reprimirme las carcajadas viendo al chileno ponerse de todos los colores.
El viaje fue fantástico, volando a baja altura y recorriendo toda la costa hasta la ciudad de Salvador. Sobrevolar la ciudad fue lo más impresionante. Ya había visto un montón de edificios grandes en Salvador y por eso me había parecido, en principio, una ciudad moderna y segura, pero volando por encima de la ciudad nos dimos cuenta de que todo lo que no son esos edificios, son favelas. Y en algunos casos la separación entre unos y otras es una calle, o un muro. Nada más. Es una ciudad inmensa. Y no demasiado agradable. Todo lo que la rodea es maravilloso. Pero la ciudad en sí… es para salir corriendo.
La cosa nostra
Antes de salir de Morro, Patricia había llamado a Corrado, un contacto de Luigi, también italiano, que nos iría a buscar al aeropuerto y nos enseñaría un par de pousadas que estuvieran cerca para volver a Rio al dia siguiente. Cuando llegamos, allí estaba esperándonos. “¿Pablo y José de Madrid?” preguntó. Metimos las mochilas en el coche y pronto descubrimos que Corrado es el tío más atacado que he visto en mi vida. Nos empieza a contar que trabaja como “guía turístico independiente” en Salvador. Es decir, un buscavidas. A lo largo de todo el camino que hicimos hasta que nos encontró una pousada (la primera no nos gustó, en la segunda nos quedamos) nos fue contando una historia de dos pijas madrileñas que había tenido un mes antes. Lo resumo un poco porque sería imposible contarlo como lo hizo él. La historia era que habían requerido sus servicios en un par de ocasiones para luego dejarle tirado y que el último día, le pidieron que las llevara de compras y luego al aeropuerto. Él les cobró 100 reales (unos 30 euros) y ellas se gastaron el resto de la pasta que tenían en chorradas. Al llegar al aeropuerto resulta que tienen que pagar una tasa que no habían pagado por sus billetes y eso asciende a 90 reales. No tienen un mango y le piden a Corrado los 100 reales. El no tiene otra que cedérselos. Le costó casi un mes y 3 e-mails que le mandaran los 30 euros desde España. Al final de cada frase decía “Absurdo!!! ma é absurdo!!!”. Mientras tanto nos había preguntado en qué trabajábamos sin esperar la respuesta, casi nos salimos de la carretera cuando empezó a buscar el cinturón de seguridad al ver un control de la policía, paró a echar gasolina mientras hablaba con el móvil con el dueño de la pousada a la que nos llevaba. El gasolinero le preguntó “¿super?” y él dijo que sí mientras hablaba por el móvil. Al segundo bajó la ventanilla sin colgar y le dijo: “ NOOOOOO!!! Sin plomo!!! Sin plomo!!!” Nos quería enseñar la urbanización a la que nos llevaba y dudaba por qué calle meterse, paraba, daba marcha atrás, cambiaba de opinión y nos quería enseñar el restaurante que nos recomendaba, nos dijo que se quería montar una pousada en Puerto Seguro, se desvió del camino para enseñarnos la calle donde vivía…
Y mientras todo esto pasaba Guti y yo ya no le estábamos escuchando porque nos estábamos literalmente descojonando de risa. Le pagamos 15 euros sólo por la risa que nos hizo pasar, y por que se portó de puta madre con nosotros. Nos había dicho que nos conseguía pousada por 60 euros máximo. El tipo pedía 70, pero 10 eran su comisión, a la cual renunció para respetar el precio que nos había prometido por teléfono. Si alguna vez vais a Salvador de Bahía, Corrado es vuestro hombre.
Hay unas camisetas bastante populares en Bahía que dicen: “NO ESTRÉS. Bahía”. Pues bien, Corrado llevaba una especie de imitación que decía “YO ESTRÉS. Bahía”.
El sitio al que nos llevó era un apartamento que estaba bastante bien, pero que nos venía un poco grande. En el fondo sólo queríamos descansar esa noche para al día siguiente coger el avión a Río.
¿Adivináis de qué nacionalidad era el propietario? Italiano, por supuesto. Éste era Andrea (que en italiano es nombre de hombre), y tenía una pinta de vil de mucho cuidado, pero era buen tío. Era de Parma y conocía Madrid bastante bien. Se había casado con una negra y se había traído a su madre de Italia.
Después de conocerle y cuando se nos pasó el efecto de la risa que habíamos pasado con Corrado, empezamos a recopilar nuestro viaje por Bahía y caímos en la cuenta de que en todo momento fuimos conducidos por la mafia italiana: conocimos a Nino a través de su página web. Nino nos llevó a Paolo, Paolo a Luigi, Luigi a Corrado y Corrado a Andrea, el cual nos recomendaba el restaurante de su colega, al cual no fuimos.
Y caímos en la cuenta de que seguramente todo el tinglado funcione como la mafia, y que si algún día se enteran de que Filipo ha recomendado a unos turistas la pousada de un brasileño, se le dará un aviso… pero sólo uno!!! También llegamos a la conclusión de que Andrea sería uno de los capos, ya que habría obtenido el poder gracias a que en las reuniones en su casa está la mamma para hacer la bolognesa.
Pero una cosa si que nos quedó clara: los italianos tienen muchos mas huevos que los españoles. Se establecen y se ayudan. Cada uno en su sitio, pero todo funciona. La mano derecha lava a la mano izquierda y todo va más o menos funcionando como un engranaje en el que todo el mundo gana siempre y cuando nadie falte a los principios básicos. En definitiva: la cosa nostra.
Cenamos cerca de casa de Andrea en un lugar un poco pijo en el que Guti pudo por fin disfrutar de su ansiada moqueca bahiana. Una especie de zarzuela de pescado y marisco con algo de arroz. Volvimos a casa a descansar y Andrea nos obsequió con un chupito y un rato de charla. Quedamos al día siguiente para que nos llevara al aeropuerto.
Transcurrió el viaje a Río sin mucho que reseñar. Y de nuevo en el aeropuerto volvimos al asunto del regateo con los taxis. Esta vez lo conseguimos por 40 reales. En el Copacabana Palace nos volvimos a encontrar con Casiano en la conserjería. Conseguimos que nos volvieran a dar una habitación en la quinta planta, esta vez incluso más grande que la anterior. La verdad es que el tamaño de la habitación no nos importaba demasiado, pero la barra libre de la tarde no nos la podíamos perder.
Nos apretamos un par de gin-tonics recopilando los recuerdos del viaje. Ya nos sentíamos de retirada, y es que en los últimos días habían sucedido un montón de cosas, un montón de imágenes por asimilar.
A Guti no le apetecía salir por la noche y yo al final yo quedé con una amiga que conocí en Madrid hace un par de años que me llevó con su novio y con sus amigos/as pijos a un sitio pijo donde tocaba una banda una especie de samba-fusión, que no sonaba nada mal. Casi todos ellos habían vivido algún tiempo en los Estados Unidos y todos hablaban de que Rio era genial… excepto por “la violencia”. En sitios como aquel es donde realmente te das cuenta de las abismales diferencias que existen en Brasil. Te encuentras en un bar de lo más selecto de Río, y en cuanto pones un pie en la calle ya tienes que andar con mil ojos. Allí los guetos son los lugares a donde van los pijos.
A la mañana siguiente madrugamos para ver el Gran Premio de Bélgica de Formula 1, en el cual Fernando Alonso quedó segundo y casi sentenció el campeonato. Después nos metimos nuestro último apoteósico desayuno en el restaurante del hotel y recogimos todas las cosas para volver a casa.
Una vez más camino al aeropuerto en uno de los taxis amarillos. Nuestro chofer esta vez era Adailton, que según el mismo había sido jugador de fútbol profesional allá por los 70. Por supuesto también odiaba a Barrichelo y por supuesto también estaba al día de la alineación del Real Madrid. El taxímetro marcaba 43 al llegar al aeropuerto. Le pagamos con 50 y él nos dijo, “bueno, los siete para la vuelta, ¿no?”. Y se llevó el billete entero.
De las casi tres horas que estuvimos esperando antes de subirnos al avión de Iberia casi mejor ni hablamos y de las mil horas que el aparato tardó en llegar a Barajas tampoco. Pero así fue y a las 5 y media de la mañana nos plantábamos en el aeropuerto. Cogimos un taxi hasta Antón Martín y después de dejar las bolsas en casa de Guti nos fuimos a desayunar a un bar que está al lado de Atocha, en frente de Kapital. Allí estaban todos los fiesteros desayunando y nosotros hicimos lo propio.
Yo me piré a casa porque supuestamente ese día tenía que ir a trabajar. Así que después de deshacer mi maleta y ducharme me fui a la oficina de Madrid, la cual hacía meses que no pisaba. Allí estuve mareando la perdiz toda la mañana hablando con unos y otros y resolviendo asuntos burocráticos pendientes.
Por la tarde me fui a casa a echar una siesta y cuando me desperté quedé con los amiguetes de Lavapiés. Estuvimos tomando unas copas en el Aguardiente y a eso de las 2h ya estaba planchando oreja pues al día siguiente tenía que volar a Chicago.
A las 0h de aquella noche había comenzado el día 13 de setiembre de 2005. Acababa de cumplir 27 años. Fue el cumpleaños más largo de mi vida, pues a sus 24h le tuve que añadir las 7 de diferencia horaria entre Chicago y Madrid. Y también fue una forma un poco sui generis de celebrarlo. El viaje se me pasó bastante rápido y al llegar dejé la maleta en casa y me fui a la oficina. Después de 5 semanas fuera todo eran abrazos y parabienes con los compis, aparte de reuniones y puestas al día de todo lo que había acontecido.
Por la noche estuve cenando con algunos compañeros en el Bijan´s, como de costumbre y a las 0h del día 14 (7h de la madrugada hora española) me dije que ya no podía más y me fui a dormir.
Desde que el viernes me subiera a la lancha que nos llevó al aeropuerto de Valença hasta que me metí en la cama aquel martes por la noche se habían sucedido un rosario de viajes que incluían un avión diario.
Las vacaciones se habían acabado. Ahora sólo necesitaba descansar.
Chicago, 25 de setiembre de 2005
Numa folha qualquer eu desenho um navio de partida
Com alguns bons amigos, bebendo de bem com a vida
De uma América a outra consigo passar num segundo
Giro um simples compasso e num círculo eu faço o mundo
Um menino caminha e caminhando chega num muro
E ali logo em frente a esperar pela gente o futuro está
E o futuro é uma astronave
Que tentamos pilotar
Não tem tempo nem piedade
Nem tem hora de chegar
Sem pedir licença muda nossa vida
E depois convida a rir ou chorar
Vinicius de Moraes
Contactos
Por si alguna vez visitáis Brasil, aquí tenéis algunos contactos que pueden ser interesantes:
En Río de Janeiro:
Copacabana Palace: No se os ocurra ir, pero por si queréis saber cómo es: www.copacabanapalace.com.br
En Salvador de Bahía:
Pelourinho: Pousada do Boqueirao. Un sitio excelente. Muy recomendable para ir en pareja. www.pousadaboqueirao.com.br
Si necesitas cualquier cosa o simplemente te sientes desorientado:
Corrado Sabatini: corradosabatini@hotmail.com Tlf: 9116-0062
En Morro de Sao Paulo:
Pousada Genova. (Luigi) italialuigui32@hotmail.com Tlf (75) 8105 5426.
Entry Filed under: Cronicas de viaje

