Fez. Un viaje a la Edad Media
DÃa 3. Fez. 4 km.
Un viaje a la Edad Media
El centro del universo es, sin duda,
un lugar maravilloso excavado en la roca
llamado Fraggle Rock.
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La medina de Fez es uno de los lugares más fascinantes, misteriosos e impactantes para todos los sentidos que puede tener Marruecos. Su laberinto de calles, que en ocasiones no superan los dos metros de ancho, alberga edificios adosados unos a otros, pasadizos, puertas que acceden a viviendas, tiendas de todo tipo de artilugios para el menaje del hogar, barberÃas, teterÃas… No hay nada que no se pueda comprar o vender en la medina. Si te atreves a conocer un poco este entorno habrás de recorrer sus calles. Y antes de que te entren las dudas te lo haremos saber: te vas a perder.
Recorrer la medina te hace sentirte como un pequeño fragel. Es un mundo mágico y misterioso que es principio y fin en si mismo. Parece que pudiera existir apartado del resto del mundo que conocemos, en una dimensión paralela. Has de tener el arrojo de convertirte en un explorador para recorrer todos sus túneles y jugártela a desaparecer en su laberinto. En la mayorÃa de su recorrido ni si quiera podrás ver la luz del sol. No hay por qué temer: siempre aparecerá alguno de los miles de curris que habitan el lugar y lo conocen palmo a palmo. A cambio de unos dirhams te harán de guÃa si asà lo requieres, o simplemente te sacarán del berenjenal en el que te has metido. Sarajayne y Joe, cual Lucy y Gobo, nos adentramos a descubrirlo.
El palacio
Tras despertar en el hotel Batha y disfrutar de su desayuno incluÃdo en los 47 eurazos que nos costó nos lanzamos a buscar alojamiento para la siguiente noche. Fez estaba hasta las patas de gente y todos los hoteles llenos. Sólo cabÃa buscar en alguna pensión o apartamento, que son básicamente casas que te alquila la gente. Seguramente su propia casa, mientras ellos se van a pasar el dÃa a casa de unos familiares. En Marruecos es fácil conseguir alojamientos de este tipo. Te lanzas a la calle y preguntas. Alguién te hará de “guÃa”. Los marroquÃs son expertos en combinar sus facetas de amabilidad y comisionismo. Nuestro guÃa del dÃa fue Ibrahim. Era uno de los guardias del aparcamiento del dÃa anterior. Y allà estaba a primera hora de la mañana vigilando con sus colegas y esperando que apareciera algún cliente.
El asunto no era sencillo. No habÃa casi sitios donde dormir y tenÃamos que encontrar sitio para Fátima y los seis madrileños más otras cuatro personas a las que no conocÃamos y que se iban a unir a su grupo. Un pollaster, vamos… Ibrahim encontró la solución. Y esa no era otra que el palacio Al-Mansik. Se subió con nosotros en el coche y nos guió hasta un lugar cercano a la muralla de la ciudad. Nos dijo que habÃa un palacio en el que podÃamos dormir las 13 personas que necesitábamos cama esa noche. Yo no entendÃa mucho lo que estaba pasando, pero era pronto y si no nos gustaba su solución aún habÃa tiempo de buscar más. El tal palacio era un palacio de verdad. Un antiguo palacio árabe en el que ahora vivÃan dos familias. Un auténtico palacio con sus jardines y su patio y todo el rollo. La Alhambra en versión desconchada a nuestros pies. Cuando vimos el percal nos quedamos flipando. Sólo poder disfrutar de aquella vista ya habÃa valido el viaje con Ibrahim. Mientras el hablaba con el dueño de la parte de abajo nosotros paseábamos por el patio cual reyes moros dedicados al disfrute de la belleza mientras los cortesanos se ocupan de los asuntos del reino. Nos mostraron nuestra estancia, una especie de salón inmenso con unos ocho sofás en los que se podÃa dormir más dos habitaciones adjuntas con tres o cuatro camas grandes y dos baños. Sólo faltaban un criado para meterte las uvas en la boca una por una, mientras escuchábamos música de dulzaina marroquÃ.
La voz de Ibrahim nos sacó de nuestros elevados pensamientos trayéndonos de vuelta a la cruda realidad del regateo. El pibe nos pedÃa 4.000 DH por la estancia. Lo cual, a todas luces era un canteo. No hubo negociación posible. Se negaba a regatear. Asà que nos fuimos a hablar con su pariente del piso de arriba. Nos apareció una señora con una especie de chilaba-pijama y el pelo teñido de un rubior casi fluorescente. TodavÃa venÃa frotándose las legañas y tenÃa un aire pijo terrible. Fue inmediatamente bautizada como Carmina. No hablaba casi ni francés, asà que Ibrahim dirigÃa las negociaciones. Como en cada regateo, hablábamos entre nosotros de cual era el precio máximo que pagarÃamos. Pero claro, esto hay que hacerlo en un castellano barriobajero porque aquà son muy cucos y se coscan de tó. Hay que decir loros y no euros, o dé-haches y no dirhams, chonta en lugar de dinero o incluso pasta o pelas porque seguro que se enteran. 2.000 DH ya nos parecÃa caro, pero realmente necestábamos un sitio donde dormir para todos y la cosa iba a estar jodida. Al final salió por 2.500, gracias a la ayuda de Ibrahim, que en medio de una diatraba en árabe soltó un par de veces la palabra “estudiantes”. Carmina accedió con un gesto seco de cabeza y le soltamos la mitad de la pasta en el momento. Eramos 13, aunque ahà todavÃa cabÃa más gente. Seguro que para dos podrÃamos haber conseguido algo más barato, pero asà estaba el percal. Al pirarnos nos preguntábamos cuanto se estarÃa llevando el Ibrahim de todo esto. Estimamos que unos 500 DH por lo menos…
Al salir de allà con el coche Ibrahim se enciende un cigarro dentro sin preguntar ante nuestras miradas atónitas y poco después ve a una colega que pasa por la calle. Me manda parar y le dice que se suba. Subimos los cuatro en primera por las rampas de la calle esquivando coches aparcados y tenderetes varios. Apenas habÃa espacio. Nos presenta a su amiga que también es, como no, “guÃa oficial”. Se llama Shana. La situación fue bastante divertida. Volvemos al parking y dejamos allà el coche.
Fes-el-BalÃ
Ibrahim estaba dispuesto a hacer el agosto con nosotros. Nos quiere cobrar otros 300 DH por hacernos de guÃas por la medina. 1) no estamos dispuestos a estar todo el dÃa pegados a él. 2) Esa pasta es un canteo. 3) Después del paseÃn la noche anterior por los primeros callejones de la medina nos sentimos fuertes para adentrarnos por nuestra cuenta y riesgo. El argumento que utilizamos para rechazar su ofrecimiento es el número 2. Sarajayne le dice que como mucho le pagamos 100DH y al pibe se le desencaja la cara. Con un regate de primera nos dice que lo mejor es que cuando vengan nuestros amigos vayamos todos juntos y nos hace un precio para todos. Vamos… que por el como si visitamos la medina a la pata coja. Nos piramos.
Salimos hacia fuera de las murallas y tratamos de orientarnos dentro de la ciudad vieja con un plano que conseguimos en internet. Hay otra parte de la ciudad, (la ciudad nueva) que está a un par de kilómetros de la Medina. Conseguimos alcanzar un punto elevado desde el que nos hacemos una composición de lugar. Segimos andando hasta toparnos con el impresionante cementerio de la ciudad. Atrevesarlo nos producÃa una extraña mezcla de pudor y morbo, pero estaba en nuestro camino y no pudimos rechazar la tentación. Miles y miles de tumbas apiñadas unas contra otras. De las inscripciones sólo podÃamos entender las cifras, pero algunas eran realmente impresionantes. Otras tumbas estaban casi abandonadas, algunas, muy pequeñas seguro que guardaban los restos de algún niño. La energÃa que desprendÃa ese lugar era algo electrizante. Nos envolvÃa junto con toda la montaña. Una sensación imposible de describir. Hicimos el camino en silencio, como no podÃa ser de otra manera. En algunas tumbas se veÃa a gente rezando y en una de ellas, tres hombres mayores emitÃan unos cánticos que te erizaban hasta el vello del intestino. A pesar de sentir que de alguna manera estábamos violando la intimidad de esos miles de muertos que Alá tenga en su gloria, nos fue imposible no quedarnos absortos ante semejante espectáculo. Lo más curioso de todo es que el cementerio no era un lugar cerrado y apartado, como sucede en España, sino abierto e integrado en la arquitectura de la ciudad. Una forma, quizá, de no apartar a sus muertos, sino de respetarlos como parte de sus propias vidas.
La barberÃa
De vuelta en la medina, muy cerquita de nuevo del hotel Batha y del aparcamiento encontramos una barberÃa. En Marruecos se sigue afeitando a navaja a dÃa de hoy, y es una experiencia que todo barbudo deberÃa probar. El colega me dejó la cara como el culito de un niño, fresca como una lechuga. Otro inmenso placer para los sentidos por apenas 20 DH. Lo mejor de todo fue, sin embargo, el ambiente de la barberÃa. Un espacio de unos 6 metros cuadrados en el que habÃa dos sillones, el espejo y el lavabo y un banco donde se sentaban los parroquianos a charlar de sus cosas. Tres hombres charlaban animadamente dentro. Sus bigotes y sus chilabas eran lo único que los diferenciaba de nosotros, puesto que, aún sin entender una palabra de lo que decÃan, era una conversación de peluquerÃa fijo. Sarajayne se quedó a la puerta, un poco intimidada por la situación y los hombres se pusieron en pie invitándola a entrar y a sentarse en el banco. Hay que tener en cuenta que aquà las mujeres apenas interactúan con los hombres en público. Ni si quiera ves a mujeres atendiendo en las tiendas o los bares.
En un pis-pas el hombre se puso brocha y crema en mano a embardurnarme la cara y acto seguigo con unos toques precisos de dedos fue moviendo la navaja a ras de piel hasta dejármela pelada. Cuando ves en el espejo la navajar rozarte el cuello esperas que el tÃo no se ponga nervioso porque entonces vas a flipar… pero no. Este era un verdadero profesional. Mientras afeitaba también asentÃa a los argumentos de sus colegas en el banco. Que no perdÃa comba, vamos.
Viaje a la edad media
Fue entonces cuando nos adentramos por fin de lleno en la medina. Nos dimos cuenta de que la noche anterior apenas habÃamos recorrido una pequeñÃsima parte del gran laberinto. PodrÃa estar aquà horas escribiendo sobre lo que allà ves a cada paso. Pero no servirÃa de nada. Aquello hay que estar allà y verlo. Manuel me habÃa hablado muchas veces de la medina de Fez y yo jamás me la habÃa imaginado tal y como es. Asà que mejor no malgastar palabras. Sarajayne si que la habÃa visitado en un viaje anterior, acompañada de un niño-guÃa que huÃa de la policÃa.
Caminamos largo rato por las callejuelas dejándonos llevar por la inspiración hasta que encontramos una placita (de los pocos lugares abiertos que llegamos a ver). El paseo por los callejones te traslada completamente a la edad media si no fuera por las tiendas de electrodomésticos y los posters del Real Madrid. SabÃamos que por allà cerca estaba la plaza de los curtidores, el lugar donde estos expertos trabajadores de la piel la tratan y tiñen. Todos se ofrecÃan a llevarnos y pasábamos de ellos, y entonces fue cuando apareció Rashid.
Rashid
Rashid es uno de esos tipos avispados cuyo oficio puede definirse como superviviente de la calle. Aunque no serÃa muy exacto, porque es algo más que un superviviente, es un vividor. Y las callejuelas de la medina se le dan de miedo. Se le ve cayo.
Ya habÃamos rechazado muchas ofertas de “guÃas oficiales” que querÃan mostrarnos la terraza de los curtidores cuando el apareció. Pasó caminando a nuestro lado y sin pararse nos indicó, en perfecto castellano por dónde podÃamos ir. Siguió caminando. Nosotros seguimos dando rodeos y al momento nos lo volvimos a encontrar. Nos volvió a hablar de la terraza y nos dijo que subir era gratis, que habÃa una terraza encima de una tienda y no te cobraban nada que los de la tienda dejaban subir a los turistas solo para ver si compraban algo. Pero en ningún momento se ofreció a hacer de guÃa. Nos volvió a señalar el camino entre las callejuelas y cuando lo seguimos vino detrás de nosotros. Nos preguntó por nuestros nombres. “Yo, Rashid. Ricardo en español”. Comentó que tenÃa una novia tocaya a Sarajayne, que era brasileña y que venÃa a verle todos los años. Y que las mujeres cuanto más anchas por delante, mejor. Le dejamos a la puerta y subimos a la terraza para encontrarnos con una vista increÃble. Un conjunto de pequeños pozos donde trabajan los curtidores de pieles. Como no tenÃamos “guÃa oficial” nos perdimos los detalles del proceso de tratamiento de la piel, pero la vista era espectacular y el olor ni te cuento. A pesar de estar a la altura de un cuarto piso el hedor era insoportable.
Cuando salimos de la tienda (igual de cargados que al entrar) Rashid seguÃa por allÃ. Nos invitaba a visitar la peluquerÃa de su colega y estar allà con sus amiguetes. ¿Por qué no? Vamos a ver qué se cuentan los medinenses. Apenas a dos callejones y un pasadizo de distancia estaba la pelu. Un local de unos 8 metros cuadrados con un techo de, más o menos, 2.10m. Allà estaba el colega peluquero cortandole el pelo a un cliente, y en el banco (intuimos por extrapolación que todas las peluquerÃas tienen uno) el resto de colegas. Uno muy empanao, otro que se comportaba como un auténtico secuaz y una chica cuya chilaba y chador no le disimulaban en absoluto su pinta de golfilla. Según Rashid era su novia, y nos decÃa señalándola, en castellano, que no sabÃa nada de la brasileña, claro. Ella se reÃa, con lo que intuÃmos que no controlaba castellano. Poco después nos dimos cuenta de que el único que lo hablaba era el propio Rashid, pero todos se descojonaban con nosotros. Yo creo que hasta les hacÃa ilusión que estuviéramos allÃ. La situación era totalmente sui géneris, pero todos lo estábamos pasando bien.
Rashid nos dijo que qué quierÃamos tomar: café, té o lo que fuera. Le dijimos que dos cafés y mandó al secuaz a por ellos. Al momento empezó a desplegar sus verdaderas intenciones. En primer lugar nos querÃa colocar una ficha de hachÃs por 100 DH. También nos decÃa que si querÃamos un kilo para llevar a España nos lo podÃa conseguir. Le hablamos de que nuestro interés por el tráfico de drogas era nulo, más allá de las posibles consecuencias penales de la actividad. Pero eso no le hizo desistir automáticamente. Insistió e insistió hasta que vio que no iba a sacar nada por ese lado. Luego nos empezó a hablar de una fiesta que habÃa esa noche muy muy guapa, en una mansión con piscina… que sólo tenÃamos que pagar no sé cuanto y ya le cortamos el rollo diciéndole que nos tenÃamos que ir. En la puerta nos cruzamos al chaval de los cafés. Nos los tomamos y Rashid nos insitió en la ficha del hachÃs. Nos dijo que la tenÃa el secuaz. Por eso habÃa tardado tanto. Hay que joderse….. Le dimos una propinilla por los cafeses y nos fuimos de allÃ. El tÃo tenÃa realmente oficio porque en ningún momento nos llegó a pedir nada. Sólo nos ofrecÃa posibilidades para pasarlo bien según el mismo. Ya no le volvimos a encontrar, y seguro que seguÃa por allà paseando con aire de que las cosas no iban con él.
Hay que ser tonto para perderse en la Medina
Tras sentirnos “confundidos” un par de veces conseguimos llegar de vuelta a la plaza en la que habÃamos estado antes y seguimos nuestro camino. En la primera parte habÃamos ido bajando un larga y estrecha calle repleta de tiendas. Ahora subÃamos una calle parecida y lo vimos bastante claro. En la medina habÃa una calle principal que formaba una especie de “V”. Abajo del todo estaba la plaza. Simple, ¿verdad? Joer… mira que son exagerados estos “guÃas oficiales”. Sólo quieren confundirte para hacerse necesarios y sacarte la chonta.
Se puso a llover y además tenÃamos hambre, asà que buscamos un lugar donde comer. Al doblar una esquina nos asaltaron cuatro “asesores de márketing” de varios restaurantes con los menús en la mano. Nos dejamos llevar por uno de ellos. Seguramente el que más voces daba o directamente nos agarraba del brazo. La elección era sólo ficiticia. HabÃa tres o cuatro terrazas donde comer pero ninguno tenÃa cocina, eran simplemente teterÃas y todos los camareros salÃan con la comida por la misma puerta que estaba en la acera de enfrente. Seguro que hasta el menú era el mismo. De estas y otras cosas nos fuimos dando cuenta en el rato que estuvimos allà sentados con el cus-cus, las brochetas, la sopa, el té moruno con hierbabuena y las fantas, que no falten. Total 180 DH entre los dos. Un pastón, pero no dijimos a nada que no.
SeguÃa lloviendo y hacÃa frÃo, pensamos en ir al coche y cambiarnos de ropa, ponernos las botas de montaña y abrigarnos algo más. La putada es que estábamos lejÃsimos del aparcamiento, asà que agarrábamos con fuerza los vasos de té para calentar las manos. Al final decidimos ponernos en marcha, al doblar una esquina vimos una puerta de la muralla que nos sonaba familiar, de repente descubrimos el sitio donde habÃamos cenado la noche anterior. Dimos cuatro pasos atrás y nos encontramos con que el sitio donde acabábamos de comer estaba puerta con puerta con la barberÃa donde me habÃan afeitado esa misma mañana. A escasos 200 metros del aparcamiento. HabÃamos deshecho el camino por una calle paralela. SÃ, hay que ser imbécil para perderse en la medina.
Más medina
Por la tarde, ya con los pies secos y con un poco más de consciencia de nuestra situación visitamos la parte baja de la medina. Descubrimos que hay una serie de rutas que van marcadas por unas estrellitas que se pueden ir siguiendo a lo largo del recorrido, eso nos facilitó el trabajo. Buscábamos la mezquita Kairouyine, la principal de la ciudad. Es, en realidad un conjunto de edificios en los que aparte de la mezquita hay un centro de estudios islámicos. Está considerada como la primera universiad del mundo, fundada en el año 859. Esperas encontrarte un edificio impresionante, pero no es posible, pues está completamente integrado en la medina. Y las calles que lo rodean no superan el par de metros de anchura en algunos puntos, por lo que no lo puedes observar en toda su magnitud. Además estaba cerrada al público por reformas.
Lo mejor fue la forma de llegar allÃ. Para que no nos abrasara ningún “guÃa oficial” le preguntamos a un señor mayor que regentaba una pequeña tienda de cerámicas. Este nos comentó algo de “una puerta” y nos condujo a un joven al que le dió ciertas indicaciones. La situación se volvió un poco mosqueante cuando el joven nos condujo por un pasadizo casi oculto que daba a otra calle de la medina totalmente desierta, con todas las tiendas cerradas y nos dijo que le siguiéramos. Era flipante. Apenas unas calles más allá habÃa un increÃble berenjenal de ruidos, olores, luces, gente paseando, comprando o animando a comprar, y aquello era un pasadizo lleno de puertas cerradas a cal y canto donde solo caminábamos los tres. Cuando ya llevábamos cien metros y aquel túnel de tiendas cerradas parecÃa no tener fin le preguntamos al menda que a dónde nos estaba llevando. El hombrecillo nos comunicó que él era el “guardián” de esa zona y que era la de uno de los gremios (el de zapateros, si no entendà mal) y que ese era el dÃa que cerraban, por eso todas aquellas tiendas estaban cerradas y los accesos a esa calle también. El tenÃa la llave que nos abrirÃa la puerta al final del pasillo desierto. Y asà fue, nos abrió la puerta y ya estábamos de nuevo en medio de todo el berenjenal y en frente de la mezquita. Un flipe… nosotros desconfiando de todo y la gente que no deja de hacernos favores, fue una experiencia brutal, pasar de un estado al otro. A nuestro amigo-guardián le dimos unos dirhams de propinilla por las molestias y nos despidió con una sonrisa, volviendo a cerrar la puerta y dejándonos aislados en medio de toda la gente.
Nos dió tiempo aún a pasar cerca de la mezquita de los andaluces (que también estaba cerrada, aunque quizá no nos hubieran permitido visitarla al no ser musulmanes) y ver a los marroquÃes comiéndose sus pinchos morunos en la calle, a observar cómo funciona el “top-manta” marroquà y a ver los cafés “pijos” de la ciudad (lugares en los que las sillas y las mesas son un poco más ostentosas de lo habitual, pero todavÃa cutres para nuestros estándares). En realidad no somos tan diferentes. Marruecos, en muchos casos puede ser un paÃs como era España en los años 50, pero con parabólicas y ADSL. Muchas personas nos decÃan: “marroquÃes y españoles somos como hermanos“. Y asà lo siento yo, a pesar de pasear como un turista por un paÃs cuyos estándares de vida están muy por debajo de los del mÃo. También pensaba que si ese buen hombre dijera eso en España a lo mejor le corrÃan a palos. Es una cuestión de conocer. Tener a las personas delante y hablar con ellas. SerÃa muy recomendable para todo aquel que dice que le tiene “manÃa” a los moros. No le vendrÃa mal darse un garbeo por aquellas calles.
En lo que si que hay diferencia entre nuestros dos paÃses es en los baños públicos. Preguntamos a un poli donde podÃamos hacer nuestras cositas y nos indicó uno dentro de la medina al que acudimos. En lugar de papel higiénico te encuentras una pila en medio y un montón de calderos. Cada uno que llega llena un caldero y se mete a uno de los “tigres”. La técnica de limpieza no me la quiero ni imaginar….
Se iba haciendo de noche y empezamos a salir del pollaster. El equipo madrileño, capitaneado por la incombustible Fátima estaba al llegar, aunque una hora antes llegaban otros colegas de un colega de un colega… en fin… muchos “dés” que no viene a cuento explicar ahora, pero que iban a dormir también en nuestro palacio. Hicimos tiempo tomando un café en un bar donde se estaba retransmitiendo el Barça-Depor.
Cuando por fin nos reunimos todos en la plaza Batha ya era bastante tarde. Guiados de nuevo por Ibrahim acudimos a Palacio, allà fuimos sacando los vÃveres de los que disponÃamos para improvisar una “frugal” cena. Chorizos, empanada, latas de mejillones y de pulpo, botella de ron, licor café…. vamos, las tÃpicas cosas que te encuentras por Marruecos. Hubo a quien le dio algo de mal rollo las pintas que Carmina nos tenÃa a esas horas, pero no hubo mayores problemas y cuando se acabó el licor-café nos fuimos a dormir los 13. Un detalle a la hora de hacer las cuentas es que Fátima me quiso empezar a regatear: “caro, caro…” – me decÃa. ¡¡Hasta ahà podÃamos llegar!!
Fue un dÃa tan largo como maravilloso. Se pueden vivir mil vidas dentro de la Medina, o se puede no vivir ninguna y simplemente observar las de cuanto viandante pase ante tus ojos. Nosotros simplemente nos zambullimos en el caos por el simple placer de explorarlo. Nunca he entendido a los que creen en los extraterrestres, los que se preocupan por explorar mundos lejanos. Y es que, queridos amigos, hay muchos mundos… pero están en este.
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Macho como te lo montas. Que envidia más mala me entra. A ver si sirve para que me anime y emule tu aventura. Cualquier dÃai me paso por tu barrio y echamos una cerve. Te cuento y me cuentas. Un saludo.
Daniel Vicente Porras.
pues la verdad… que leyendote de nuevo por aqui … me esta fascinando el viajecito… tal como lo vas desarrollando simplemente me parece magico… adentra a compartir ese viaje desde otra dimensuon supongo, espero que no te moleste, pero me parece tan real, que ningun libro de esos que se supone que sientes al leer me atrasladado a un viaje tan “real”…. me encantaria qe continuaras… y desde aqui te animo hacerlo…
Pablo, felicidades por tu escrito. Qué gusto sinete uno cuando se adentra en la Edad Media en pleno siglo XXI. A seguir dándole.
Sencillamente me parece las vivencias de un viajero al que más que dejarse intimidar por un paisaje desconocido y posiblemente insolito y algo agresivo, el “viajero” fluye por este ambiente aparentemente amenazante, con una sutil prudencia y curiosidad que le dan a conocer un mundos nuevos e insolitos, algo inciertos pero llenos de vivencias, esto es MARRUECOS en estado puro.
La explicación me ha gustado y se ajusta mucho a la realidad fascinante de Fez.
Recomiendo completar el fascinante mundo de Marruecos con una visita a Marrakech, esta será más tranquila pero no menos interesante
me encanta quiero ir a ya soy de rep. dominicana please
el viaje de lujo dais envidia pero os sobran algunos comentarios despreciante que habeis escrito, date cuenta que es otra cultura diferente a la tuya y otro mundo asi si n te gusta haberte quedado en la capi, xk esto es lo bonito que tiene Fez lo diferente que es a lo nuestro y a lo visto habitualmente.