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El foro siempre te espera

Dia 11 . Algún lugar de Jaén - Madrid. 375 Km.
Siempre nos quedará Madrid

Ya llevamos unas semanas
de primavera, de tardes soleadas.
En el bosque de las manzanas
vive Palo Cantamañanas.

Madrid

El último día de este viaje no tiene demasiado misterio. El único objetivo era llegar a casa sobre la hora de comer, nada demasiado emocionante. Madrugamos en el hostal y bajamos a desayunar. El bar estaba repleto de madrileños que, como nosotros, acababan sus vacaciones. Había un jaleo tremendo, pero sin nada de glamour. Volvíamos a ser conscientes de lo voceras que somos los españoles.

Pagamos y salimos pitando de allí. Nos tocaba atravesar Despeñaperros y las rectas de Valdepeñas. La carretera estaba custodiada por miles de guardiaciviles gestionando la operación retorno. No era para tanto. Tras varias aburridas horas de conducción nos íbamos acercando a Madrid. Se nota por la densidad de coches que vemos alrededor. Todavía nos quedaban algunos víveres de los que compramos en Tánger el día anterior, así que pensamos en ir a comer al parque Tierno Galván, al lado del Planetario.

Pasando la M-40 los cuatro carriles de la A-4 iban a tope de coches. Al ver todos aquellos coches en fila, circulando a la misma velocidad y sin tocarse, sabiendo cada conductor interpretar los gestos de todos los coches que le rodean de tal forma que nadie llegue a tocarse, pensé en cuantos siglos de civilización son necesarios para desarrollar una maravilla semejante. ¡Cuanta educación vial y humana en general es necesaria para que todo este sistema funcione! ¡Y funciona! A Marruecos aún le quedan muchos años para llegar a algo así. En el camino nosotros nos hemos dejado mucha sensibilidad, mucha solidaridad y mucha belleza… pero también hemos encontrado muchas cosas buenas.

Llegamos al parque y tendimos la manta amarilla en la hierba por ultima vez. Nos pusimos con los bocatas… uff… esto ya no es lo mismo. Cuando teníamos preparado el picnic se pone a llover y tenemos que levantar el campamento y dar cuenta de los bocadillos dentro del golfillo. Nuestro inseparable compañero de viaje. Tanto dentro como fuera estaba totalmente lleno de mierda: arena del desierto, barro del aparcamiento de Fez, polvo de todas las carreteras, salitre de Essaouira y ahora los restos de la lluvia ácida de Madrid.

Se acabó el viaje

Ha sido un viaje maravilloso. En la última hoja del cuaderno de notas me encuentro con una página que Sarajayne escribió mientras cruzábamos el estrecho: “Cosas que hacer en el próximo viaje a Marruecos”. Entre ellas aparecía Marrakech, algún pico del Atlas, las cataratas de Ouzoud y probar un tagine de carretera (ella no lo sabe todavía… pero en realidad NO quiere probarlo). En fin… faltan muchas otras y habrá ocasión de disfrutarlas, porque viajes como este, va a haber más, no lo duden.

¿Cuantas veces te pasas cantidades ingentes de tu tiempo buscando algo por todas partes y luego resulta que lo tenías al lado? Esa es la sensación que te deja Marruecos una y otra vez. Un país maravilloso que visitar, que está ahí al lado y que nos parece tan remoto y desconocido. Un lugar que se encuentra tan cerca y que te puede llevar tan lejos.

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Algunos datos resumen para quien le apetezca hacer un viaje similar.

Recorrimos 3704 kilómetros en 11 etapas, aunque algún día el coche no se movió. Te cuenten lo que te cuenten sobre las carreteras en Marruecos, hay carreteras en El Bierzo que están mucho peor que aquellas. Llevar tu propio coche es seguro. Simplemente asegúrate de llevar la “carta verde” del seguro porque si te paran es obligatorio tenerla.
El viaje nos costó 700 euros a cada uno.
De los 1400 nos gastamos unos 500 en transportes (gasolina + barcos) y unos 330 euros en alojamientos (aquí hubiéramos podido ahorrar mucho si hubiéramos mirado las cosas con más tiempo). 40 euros fueron a parar a las manos de la policía por diversos caminos. Unos 30 euros fueron entregados a chilabillas diversos. El resto de gastos entre la comida (sólo un par de veces algo lujosa), algunas compras y el dinero de bolsillo.
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Y como toda gesta ha de tener su himno, aquí os dejamos el nuestro. El éxito principal de la banda sonora de este viaje. La canción que recorrió valles, montañas, mares, desiertos y estrechos. La que inauguró la crónica antes incluso de que empezara a escribirse. Ahora que va a empezar el verano os presentamos el hit parade de esta primavera.

El bosque de Palo.

Por un río de agua clara
baja Palo Cantamañanas.
Va buscando una manzana
“pa” morderla y volverse majara.
Y una encuentra y el diente le clava;
sale “flechao”, no sabe a donde nada.
Va más feliz que todas las cosas;
está tan “volao”, que nada le importa.

Ya llevamos unas semanas
de primavera, de tardes soleadas.
En el bosque de las manzanas
vive Palo Cantamañanas.

En una balsa de agua calmada
liga una trucha hermosa y plateada.
El que la ve coge su guitarra;
suelta un soneto, “pa” ver si la engancha.
“¡Ay!, pescadilla de marrones ojillos
ve con “cuidao” que hoy vengo salido;
que es primavera y tu estas tan rica;
coje tus cosas, vamos río arriba”.

2 comments June 19th, 2007

Sobrevivir al puerto de Tánger

Dia 10 . Asilah - algún lugar de la provincia de Jaén. 355 Km.
La diferencia entre un puerto español y otro marroquí.

El mundo se abre paso ante nosotros
Aparecen puentes sobre los valles
túneles bajo las montañas

-cosecha propia-

El omnipresente rey Mohamed VI

Amanecimos en Asilah dispuestos a dar una vuelta tirando a corta, desayunar y largarnos hacia Tánger a coger un barco. Ni si quiera teníamos billete así que convenía no despistarse. Nos enfrentábamos al tremendo desafío de cruzar el estrecho dirección norte. Y, aunque eso no lo sabíamos, la tremenda logística que supone cruzar una frontera por mar se puede agravar infinitamente en un país tan corrupto como Marruecos. Y ante cualquier situación desconocida, lo más prudente es tomarte tu tiempo.

El tiempo que nos sobrara a lo largo del día lo aprovecharíamos para acercarnos a Madrid lo máximo posible para no tener que conducir mucho el último día.

Ruta del día 10Salimos a pasear por Asilah tratando de encontrar en el camino un lugar agradable donde desayunar. La ciudad es muy pequeñita. La muralla de la medina se encuentra en muy buen estado y las callejuelas inspiran una cierta sensación de intimidad. Nos acercamos a una de las almenas de la muralla que da al Atlántico y allí disfrutamos de la vista de la costa y de la brisa marina.

Había un montón de españoles por todas partes y eran los únicos que se hacían notar. Por lo resto hasta los tenderos eran bastante tranquilos. Sólo nos daban increíblemente la peta las “tatuadoras” de la plaza principal. En una acera se encontraban sentadas una docena de mujeres, todas vestidas de negro que se dedicaban a realizar tatuajes de henna. Cada vez que veían aparecer a una chica europea empezaban a gritar al unísono: “¡¡¡here, aquí, ici!!! como siempre… probando idiomas hasta que dan con el tuyo. La primera vez que pasamos ante ellas, solo por el tremendo cacareo nos apartamos asustados: (bicho, bicho….). No hay nada peor que alguien disturbando tu paz a primera hora de la mañana. Sarajayne no estaba muy por la labor de los tatuajes y yo ni te cuento…. así que pasamos de ellas, aunque eso no hizo que ellas pasaran de nosotros y cada vez que volvíamos a pasar por allí nos volvían a cacarear.

Pared en AsilahCuando nos aburrimos de pasear por las callejuelas y adquirimos un par de recuerdos nos fuimos a desayunar a una terraza frente a la muralla. Un café cojonudo y tostadas que ni te cuento. Había un montón de terrazas y por todas ellas pululaban los limpiabotas. Uno de ellos se empeñaba en limpiar con betún mis zapatillas roídas. Yo, muy amablemente le indicaba al señor que lo que le hacían falta a las zapas era agua y jabón y que ya les llegaría su hora. El intentaba convencerme de que mis zapatillas eran de cuero de primera calidad y que el tenía el betún adecuado… no… me da a mi que no lo voy a convencer…. así que le dije que nasti del plasti sin más y adiós muy buenas.

Con el estómago lleno se piensa mejor así que decidimos echar a andar por si el puerto de Tánger se nos daba mal de tiempo. Echamos gasolina marroquí por última vez y salimos a la carretera. Discurrimos pegados al mar la mayoría del tiempo hasta acercarnos a la ciudad de Tánger. La cruzamos por alguna de sus travesías y pronto nos encontramos en el puerto, aparcando al lado de unos caminos para intentar evitar al “chilabilla”. Ni modo… nos colocó y hubo que pagarle. La estampa de aquel aparcamiento era ciertamente desoladora. Mucho solar, casas derruídas y grupillos de adolescentes por todas partes en corros. Muchos de ellos, probablemente consumiendo algún tipo de droga. Desde el hachis hasta el pegamento. Me imagino que muchos de estos chavales son los que se encaraman a los bajos de los camiones para intentar cruzar el estrecho. Marginación + falta de futuro = emigración. Lo que muchos no saben es que al otro lado no lo van a tener tan fácil como creen. A lo mejor a estas alturas sí que lo van sabiendo ya.

Quieto parao!!Sacamos los billetes para los dos y el golfillo en una de las múltiples agencias. Increíblemente más barato. 90 eurillos por los dos y el coche. Y el ferry salía en cosa de hora y media. Nos estaba saliendo todo de coña. Gastamos los últimos dirhams en una tienda de al lado comprando lo de siempre: pan, quesitos, cocacola, chope de sabor insólito. Fuimos entrando en el puerto y todo parecía tremendamente fácil. Parecía.

Llegados a un punto en la cola de coches no podemos avanzar más. Un empleado de la naviera nos pide los billetes y los pica. Hay que sellar los pasaportes. El propio empleado nos dice que el lo puede hacer si le damos 40 euros. Yo le digo que querrá decir 40 dirham. Se descojona en mi cara y dice que por 30 euros también lo hace. Le digo que si flipa en colores. La cola es inmensa y no avanza. Sarajayne se baja a sellar los pasaportes. En los siguientes 30 minutos no se mueve del sitio y yo avanzo muy poco a poco con el coche. Resuelvo el papeleo del coche y Sarajayne aún no se ha movido. Me quedo mirando un rato: todos los empleados de las navieras cogen pasta de los coches y pasan los pasaportes a la policía, que los pone en primer lugar. El sistema de corrupción está totalmente engrasado y si no quieres esperar tienes que pagar. Seguro que hasta el puto director del puerto se lleva pasta de esta red. Una panda de españoles se empieza a rebelar y alguno empieza a jurar en arameo. La gente se pone nerviosa, empieza a empujar y a colarse. Los polis se ponen nerviosos y un par intentan poner orden, pero los españoles se cagan en su puta madre y en toda la gendarmería marroquí. El tío entra a las cabinas y les dice a los funcionarios que se pongan las pilas que se está armando un motín (o eso entendí). Un funcionario que hasta ahora sólo fumaba cigarrillos sentado se pone en otra ventanilla y también sella pasaportes. A los empleadines que recolectaban los pasaportes en la cola de coches les amenazan con los puños cada vez que los ven aparecer. Aún así alguno le pasa, con todo el morro, un taco de pasaportes al poli. Los españoles le nombran a toda su familia en términos poco cariñosos. La cola empieza a avanzar, la gente empuja, somos una marabunta terrible… pero por fin, después de hora y cuarto en la cola conseguimos pasar.

Tánger desde el mar

El coche fue algo más fácil, sólo nos arrimaron un poco los perros, unas patadas en las ruedas y unos golpes de destornillador en las puertas y tras descubrir que no llevamos fardos enteros de aceite de resina de cáñamo nos dejan pasar. Un barco se está cerrando delante de nosotros. Nos dicen que el siguiente en 30 minutos. Somos los terceros en la cola.

Es el momento perfecto para abrir el maletero, sacar la navaja, abrir el pan y empezar a untar los quesitos. Dos estupendos bocatas, ñam, ñam, patatas fritas y colcacola. Mientras degustábamos los bocadillos entre el olor a gasoil y el viento del estrecho aparecen un par de vendedores con toda clase de mercancía pirata y/o robada. Relojes de “primeras marcas”, gafas de sol Ray-Ban, etc… negociamos con ellos y conseguimos un estupendo reloj de alguna marca que ahora no recuerdo y unas gafas por tan solo 25 euros. Los dos eran más falsos que un duro de madera… pero es igual… afán consumista que nos entró. Dos vendedores iban juntos y como nada nos interesaba demasiado regateábamos a muerte. Nos bajaba los precios todo el tiempo ante el cabreo de su compinche al que no le caíamos nada bien.

Llegó el barco, se bajó la trampilla y las gomas del golfillo abandonaron suelo marroquí. En la bodega del barco tuvimos que hacer ocho maniobras para poder aparcar. Subimos a la cubierta. Al llegar nos encontramos con un pollaster increíble. El barco se había completado y unos 20 pasajeros que iban a pie se quedaban fuera. Estaban a punto de retirarles la pasarela de acceso. Todos gritaban sin parar, llamando a los empleados de hijos de puta para arriba. Las azafatas que cortaban los billetes estaban acojonadas y no era para menos. Dos o tres tíos de los que se quedaban fuera eran realmente chungos. No paraban de insultar e increpar. Una chica, ya en el barco, lloraba sin parar porque la habían dejado subir mientras que a su amiga no. Un capullo integral que ya estaba subido al barco apoyaba a los de la pasarela con arguméntos estúpidos de justiciero de barrio estilo: “Que salga el capitán y que dé la cara!!!”. Siempre tiene que haber algún idiota. El tío que nos había pedido los 40 euros por el trámite del pasaporte era uno de los que organizaba el acceso al barco. Valiente cabrón. La pasarela se levantaba y entonces todos empezaban a gritar. El tono de los gritos de “hijos-de-puta” subía media corchea. Y nosotros viendo aquel espectáculo como el que ve los toros.

Sarajayne y Joe cruzando el estrecho de vuelta

Al final les dejaron subir (en el barco, realmente había sitio para todos), pero Sarajayne empezó a preocuparse por el número de salvavidas a bordo, temiendo, tal vez, que en caso de hundimiento yo no fuese tan caballeroso como Leonardo Di Carpio en Titanic. En cualquier caso no hizo falta. El barco no se hundió.

Y así fue como fuimos abandonando el país, tras varias horas en el puerto viviendo situaciones de lo más variopintas. Khalid tenía razón. Es un infierno. Ármate de paciencia y picaresca porque falta te va a hacer. Cuando el cacharro se puso en marcha nos dio pena dejar atrás Marruecos… pero nos alegramos de dejar atrás todo aquel pollaster.

Navegamos parejos a la costa sin aclararnos mucho qué era África y qué Europa (pa quien no entiende de mares esto no es tan sencillo). Nos fue quedando más claro cuando volvimos a ver el peñón, pero al cabo de un rato ya estábamos atracando en Algeciras. Bajamos corriendo a la bodega para subirnos al Golfillo. Salimos rápido del barco pero las colas de las fronteras son de lo peor. La Guardia Civil nos hace abrir el maletero, la Policía Nacional nos pide los pasaportes y los municipales nos indican por donde salir… madre mía! cuanta autoridad… Venga… sólo queremos salir de aquí. Colas y más colas. Desde que llegamos al puerto de Tánger hasta que estábamos en ruta en Algeciras pudieron pasar unas seis horas. Y el tránsito en barco era cosa de hora y cuarto. El resto, tiempo de espera.

Una vez en suelo patrio y en ruta el objetivo era conducir hasta que nos diera el sueño. Y eso sucedió en algún lugar pasada la circunvalación de Granada. Creo que era la provincia de Jaén pero tampoco estoy muy seguro. Fueron unos 300 km desde Algeciras y cuando el primer síntoma de sueño al volante apareció nos fuimos fijando en los hostales. En el siguiente que vimos paramos. 35 euros una habitación cutre. Si nos hubieran dicho 350 DH nos hubiera parecido un pastizal.

Tomamos una cerveza apoyados en la barra del bar y un bocadillo de panceta grasienta. Ya que tenemos que curarnos de la tristeza de haber dejado Marruecos, por lo menos que sea disfrutando de las cosas buenas de la patria.

1 comment June 18th, 2007

Kilómetros de vuelta

Dia 9 . Essaouira - Asilah. 650 Km.
Hay días de carretera que no tienen tanta gracia.

El hombre viene, el hombre se va
Ruta Babylon… por la carretera
La suerte viene, la suerte se va
Por la frontera
El hombre viene, el hombre se va
Sin más razón
El hombre viene, el hombre se va
Cuando volverá
Por la carretera…

Manu Chao.

Essaouira

Nos despertamos en nuestra casita de Essaouira con el ruido de los siete magníficos haciendo las maletas. No era suficiente tener que soportar la tremenda resaca, además había que madrugar. Era demasiado pronto y allí se estaba demasiado bien. Pero no quedaba otra que levantar el ancla.

Cuando conseguimos recoger nuestras cosas los demás ya se habían ido. Con nuestra mochila al hombro salimos a ver la muralla por última vez, y allí me hice con un pequeño cuadro para la colección. Era tan pronto que encontramos la ciudad casi dormida del todo todavía. Nos acercamos a la plaza grande que queda en frente del puerto para sentarnos en una de las terrazas a desayunar. 30 DH por un desayuno completo incluyendo omelettes con queso. ñam, ñam… más madera para a caldera que falta le hace. ¡Que empanamiento! La perspectiva de horas metidos en el coche tampoco es que nos anime demasiado.

Nos quedaban pendientes un par de compras que Sarajayne aprovechó para hacer mientras yo pasaba de nuevo por la barbería. El afeitador de esta vez era el hijo del barbero que no demostraba la destreza de su padre todavía. No me rebanó el pescuezo pero tampoco me dejó fetén. Cuando volvemos a la tienda de Midi para comprar una pulsera se la pagamos a su padre y Sarajayne cree que no se la ha dado. Discutimos un rato hasta que por fin aparece en su bolos. Definitivamente la berza que manejamos hoy es bastante seria.

A las 12h. ya estamos subidos al coche con todas nuestras cosas. En el parking donde estamos un operario está pintando las líneas, otros empleados arreglan una farola. Definitivamente aquí va a venir algiuen importante en breve. Giré la llave en el contacto y entonces sentí por primera vez que este viaje empezaba a terminarse.

Salimos de la ciudad camino de El-Jadida por una carretera bastante estresante. Muchos pueblos, el firme no estaba demasiado firme, bastante tráfico y un paisaje que no dice demasiado. Mirando un poco el mapa de Michelín descubres que esta zona del país no señala ningún punto de interés. Se nota que por aquí no hay mucho turismo. A esta parte llega menos pasta. Todo se ve un poco más destartalado y no digamos si uno viene de Essaouira.

A la entrada de un pueblo un poli nos hace señas. ¿No me jodas que nos van a cascar otra multa? Al parar un poco delante de donde estaba nos indica que continuémos. Uf. Susto.

Avanzamos kilómetros y kilómetros sin muchas ganas de hablar, sólo escuchando música. Demasiada intensidad en los últimos días y por primera vez la sensación de que estamos volviendo a casa. No apetece mucho, la verdad. Podríamos estar dando vueltas y vueltas por este maravilloso país. Con más tiempo seguro que la aventura sería otra.

En El-Jadida cogimos la autopista (la única del país). Tiene múltiples tramos y varios peajes hasta Tánger, pero en total nos costó unos 90DH. Merece la pena. La verdad es que está de puta madre y vas prácticamente sólo. Se puede ir a 120 km/h todo el camino, pero no conviene pasarse porque la gendarmería se encuentra emplazada tras sus antediluvianos cuentakilómetros con el talonario listo para amenazarte y llevarse tu soborno a su bolsillo. En todo caso se avanza mucho aunque no se ve nada interesante.

–Llegando a Casablanca paramos en un área de servicio enorme. Sacamos la manta y los vívieres adquiridos por la mañana y nos disponemos a hacer los bocatas. Nos situamos en un parquecillo con columpios y mogollón de niños jugando con sus papás. Estaba lleno de marroquís pijos. En su forma de vestir eran muy parecidos a los españoles salvo por el pañuelo de las mujeres. Se notaba la cercanía de la capital económica del país. Un dato curioso del área de servicio es que justo detrás de los baños (a la izquierda mujeres, a la derecha hombres) estaban las mini-mezquitas (a la izquierda mujeres, a la derecha hombres). Impresionante. No se libran de la religión ni al parar a echar gasolina.

Tras dar cuenta de los bocatas y el café seguimos en la carretera. Más y más kilómetros, esta vez con Sarajayne al volante. Al pasar por la circunvalación de Rabat hay un tramo que aunque es doble carril no es autopista e incluso hay semáforos. Al salir de uno de ellos, Sarajayne trata de asegurarse de la potente salida del golfillo y en cosa de cien metros ya está en cuarta y a 75 km/h. Al fondo esperan dos gendarmes con su radar móvil sobre el trípode indicando hacia la cuneta en ese gesto que ya nos va siendo tan familiar. Todo ese tramo estaba señalado a 60 km/h. ¿Qué creíais? ¿que ella se iba a ir de rositas?

- Bonsoir - bonsoir -. Saludos de cortesía. Sarajayne le tiene manía al idioma de los gabachos y ni si quiera lo intenta. El pibe me mira. Tiene pinta de vil. Como le parece que yo voy a ser el negociador da la vuelta al coche. Me explica lo obvio (una vez más) y viene con la pregunta de rigor: Que est-ce que ti va faire maintnant? Pongo la cara de guiri empanao -que hoy, a todas luces, soy- y le digo que a ver si me puede poner una multa por no llevar el cinturón. Al tío le entra un ataque de risa brutal. Se descojona a mandíbula batiente y me pregunta: ¿Cuántas veces has estado en Marruecos? Yo le digo que esta es la premiere y me contesta, todavía entre risas, con algo que probablemente se hubiera podido traducir por: “si, claro… y mi abuela toca el trombón“. El tipo que que conmigo lo tiene fácil y me dice que le de lo que quiera y nos larguemos. Sólo teníamos 90DH sueltos y se los di. Los metió en el bolsillo y dijo… “venga”. Así que nos piramos. La indignación de Sarajayne era esta vez menor. No sé si porque era ella quien conducía o por una mera cuestión de costumbre. Más tarde, consultando con Khalid, me dijo que en estos casos 50DH y va que arrea el hijoputa.

Seguían los aburridos kilómetros por la carretera mientras iba oscureciendo. Serían las seis de la tarde. Dos horas más en España. A esas mismas horas en Noceda estarían todos los gorilas preparándose para hacer una rondina, por allí andarían desterronadores de élite en la primera línea de fuego como Lumy, Buach, Xavatu, Tocobuah o el pequeño Castorcillo acompañado, como no, por Vigiñas. Por supuesto por allí también estarían danzando gorilas y cecinas de los residentes habituales como Xelu o Uli (en el papel de Traviosky). Me imaginaba la voz de Gracita: “¿Queréis un pinchíiiiiiiiiiin?“, las aceitunas del Tropezón y el botellín a mayores donde Toño antes de llegar -tarde, por supuesto- a cenar con la mama. Por un instante estuve allí, chupando un corto a la salud de lo que fuimos, somos y seremos.

Cuando llegamos a Asilah ya era noche cerrada, había un par de hoteles grandes, pero petaos de guiris españoles que volvían, como nosotros de sus vacaciones semanasanteras. Encontramos una casa bastante cutre en la que nos dejaron una habitación al módico precio de 200 DH. Más caro que Essaouira. Sin duda esto es temporada alta por estas latitudes, nos están tangando por todas partes. Lo mismo pasó en sitio donde fuimos a cenar. Al tío se le habían acabado más de la mitad de las cosas que tenía en la carta. Yo creo que en realidad nos quería colocar las sobras del fin de un día con el garito lleno.

Nos dimos un pirulo por el paseo marítimo para bajar la cena y nos fuimos a dormir. ¡Menudo tute de carretera! Contábamos con que este día sería así… pero una vez acabado se vé de otra manera muy distinta.

Debe ser que un road trip es siempre mucho más divertido de ida que de vuelta.

1 comment June 7th, 2007

Essaouira

Día 8. Essaouira. 50 km.
El único subtítulo que se me ocurre para este día es simplemente… Essaouira

Essaouira, la Perla del Atlántico, la Bella Durmiente, la ciudad blanca que surgió del mar. Se agotan los nombres para describir este remanso de paz urbana. Uno envidia la suerte que tienen los 70.000 pobladores de esta pequeña ciudad, por vivir rodeados de tanta belleza.

Essaouira

Las paredes blancas semidesconchadas de sus casas le dan un aire añejo, pero no abandonado. La gente hace vida en la calle dándole un aire animado, pero no agobiante. Hay tiempo para pararse y conversar, para mirar sin que tu aspecto de turista atraiga a los moscardones a venderte algo. En las tiendas no te agobiarán y eso para dos pésimos compradores como nosotros es algo fundamental. Pero si hay algo que no cabe en ninguna descripción posible es la vista desde las terrazas de la ciudad. El mar hacia un lado y la nube de cables y antenas sobre los techos blancos hacia el otro. El hotel Cap Sim ya nos permitió disfrutar de las vistas de su terraza. Pero todavía íbamos a tener la oportunidad de disfrutar de una incluso mejor.


Nos levantamos algo tarde y llegamos al desayuno por los pelos. Y oye… ya que estaba incluído…. qué menos. La chica de recepción nos había dicho que no había habitaciones para el día siguiente, pero que ya nos apañaría algo. Essaoiura, por cierto, es uno de los pocos lugares en Marruecos donde hay mujeres trabajando de cara al público.

en la terraza de nuestra casa essaouireñaEsa misma tarde llegaban de nuevo tras nuestra pista los siete magníficos que habían pasado la noche anterior en Marrakech. Así que de nuevo teníamos que buscar alojamiento para todos. La chica nos habló de unos apartamentos y nos decimos a echarles un vistazo. Llamó a su colega y nos vino a buscar para enseñárnoslos. El tipo hablaba inglés muy bien así que nos dio incluso para cruzar algunos chistes. Era muy majete. Y aunque con los intermediarios siempre tienes una cierta precaución esperando el momento en el que te va a hacer el regate, con este parecía que nos íbamos a entender.

paredes desconchadasEl tal “apartment” resultó ser una casa típicamente essaouirense, de dos pisos con su propia terraza a la que sólo nosotros teníamos acceso. Estaba decorada con bastante buen gusto, tenía camas para todos y la terraza nos dejaba una espectacular vista de la muralla, el mar e incluso el puerto. Había camas para los nueve y unos sofas la mar de cómodos. Nos la enseñó el dueño de la misma, y nuestro guía sólo nos invitó a que negociaramos precio nosotros mismos. Como es habitual en estos casos, Sarajayne y Joe cruzamos miradas rápidas y en un ininteligible castellano de barbate dijimos “máximomilquinientosdehachesniunomas“. Tratándo de convencernos a nosotros mismos de regatear, pero seguros de que ibamos a tener que pagar más. Cuando nos pidió 1200 DH por la casa nos quedamos muertos. No estábamos preparados para ello con lo cual nuestro regateo fue patético.

Ofrecimos 1000 y la cosa se quedó en 1100 DH a dividir entre nueve. Vamos, una miseria para ese palacio. Es curioso eso de los precios, pero en Essaoiura hay muchas tiendas donde no se regatea. Si lo intentas te muestran un cartel en el que dice claramente que el precio es el que es. Demasiado estrés para la pacífica vida de los essaouireños. Pero no nos egañemos, también hay viles.

Trasladados nuestros enseres a nuestro nuevo domicilio nos lanzamos a las calles de la ciudad. Hacía un día espléndido. Calorcillo al sol, fresco a la sombra. Soplaba una brisa marina muy agradable, lo justo para patearse las calles. Y a eso nos dedicamos un rato tratando de recordar en qué callejón estaba nuestra casa. Y acto seguido nos lanzamos a las tiendas. Habíamos dejado el apartado “compras” para una vez que estuviéramos aquí y a ello nos dedicamos.

No hay nada mejor para llevarte todo tipo de recuerdos para ti mismo y tus seres queridos que meterte en una tienda de collares y pulseras. Madre mía la cantidad de cosas que te puedes encontrar. En una de ellas, a pie de calle estuvimos durante casi un par de horas comprando mogollón de cosas: collares, pulseras, pendientes, colgantes… de todo. En todo momento atendidos por Midi, un niño que no llegaba a los diez años. En una ocasión le dijimos que fuera a preguntarle algo a su padre. Muy obediente el chaval así lo hizo y el padre le dijo que nos dijera que lo que tuvieramos que hablar lo habláramos con él. El chavalín era genial y se notaba que había mamado el negocio porque se las sabía todas. Al final, después de todas las compras hasta tuvimos que regatar con él. Pero el precio nos pareció tan irrisorio que tampoco había mucho que regatear.

Conocimos su nombre al despedirnos. Yo le pregunté como se llamaba, luego él me preguntó lo mismo. Cuando le dije “Pablo” automáticamente saltó: “Pablo Garssssia”. Se nota que sigue la liga española. Seguro que se sabe todo el palmarés del centrocampista uruguayo.

Seguimos pateando las calles en busca de nuestras compras. Pasamos por el mercado del pescado, entramos en mil tiendas, nos acercamos a los corderos abiertos en canal y tapados con una sábana que vendían en las carnicerías… En el mercado no había turistas. Nos encontrábamos en medio de toda la morería como aprendices de piratas en una isla aliada. Era genial.

Completamos nuestras supercompras con una selección de especias marroquíes para diferentes platos (Curry, Tagine, comino…), algunas cajas de madera y la camiseta de la selección de fútbol, con la que me tangaron pero bien. Pagué 100 DH por ella y es mas falsa que un euro de hojalata. Unas semanas después, la llevaba puesta en Madrid. Sarajayne y yo habíamos ido a correr al Retiro. (Cuando Guti me vio con ella me dijo que me iban a moler a palos). Se nos acercó un marroquí y me dijo: “¿Por qué todos los moros se ligan a las chicas más guapas?“. Tras aclararle mi procedencia nacional y explicarle cómo conseguí la camiseta me dijo que si había pagado más de tres euros por ella me habían tangao….. en fin…. que al final siempre te tangan. Aunque sea Essaouira.

En un callejón lateral de una de las calles del mercado nos encontramos con “el pasadizo del tesoro”. El lugar donde los esauireños esconden el oro y la plata. Y fue allí donde conseguimos nuestra parte del botín: un brazalete de plata y turquesa, que al enterarse la ciudad de que recientemente Sarajayne había cumplido años decidió entregárselo para que nunca la olvidara.

Y así, recorriendo las tiendas, las calles, hablando con la gente, pasando de los viles, parándonos a mirarlo todo, a tocarlo todo, a sentir el aire marino inundarnos las fosas nasales, se nos fue yendo la mañana, y fue entonces cuando Fátima nos llamó por teléfono para decir que ya estaban aparcando, y que ya era la hora de comer. Dejamos nuestras fructuosas compras en el golfillo tratanto de evitar que el chilabilla nos viera para no pagarle de nuevo y fuimos a su encuentro.

Nos encontramos con todos al lado de la muralla y volvieron las risas comentando los avatares de los últimos días. Los siete magníficos realmente tienen superpoderes. Pero en lugar de utilizarlos para salvar al mundo y salvarse de los peligros los utilizan para meterse en líos. De nuevo llegaron a “Odisea/Penuria” en Marrakech… qué tios!!

La idea estaba clara. Íbamos a comer pescado al puerto. Hay una serie de tenderetes en los que te ofrecen el pescado al peso, eches lo que eches a la bandeja. En realidad es más de lo mismo. Le dices al colega lo que quieres y luego negocias. Lo de “pescado al peso” es solo un truco para despistar. Eramos nueve y empezamos a pedir cosas: unas sardinas, gambas a go-go, una lubina entera (peazo de lubinón!!) tres bogavantes y así hasta que nos pareció suficiente. Entonces llegó la hora de negociar. Eran dos hombres de cierta edad los que llevaban la voz cantante en el puesto. El tío empezó a pensarse el precio y todos mirábamos con atención al número que iba a escribir. “Por vosotros… precio bueno….” y escribe en la libreta 1200 DH. Todos al unísiono soltamos un tremendo “Aaaaaaaaaaaaaaaaaaala!!!!“. El tío ya podía haber dicho 400 que hubieramos dicho lo mismo. No sabíamos si era poco o mucho, pero había que quejarse igualmente. Fátima le dice: “oiga… que nosotros somos de Galicia y allí hay muy buen pescao“. El otro hombrecillo le dice: “bájales, bájales, que son de Galicia“. Yo me quedé pensando cual hubiera sido la reacción del pibe si en vez de Galicia, Fátima hubiese dicho Cuenca. Seguro que la reacción hubiera sido la misma…. si es que como los bogavantes de Cuenca no hay en el mundo….

El caso es que al final la comida se quedó en 800 del ala incluidas las fantas y la ensalada. No saben nada los tíos… Cuando le bajábamos mucho el precio le daba con los dedos a los bogavantes en los ojos, que al estar todavía vivos se removían en la bandeja. Al mismo tiempo decía “mira fresco, fresco…“. Otro truco para impresionar a los guiris. Nos sentamos en la mesa y al ratín llegó el pescado tras su paso por la parrilla. El antes y el después se puede observar en las fotos.

Nos fuimos todos a casa para enseñársela y nos separamos para pasar la tarde cada uno por su lado. De camino a casa observamos una inusitada actividad de los funcionarios del mantenimiento de la ciudad. Por todas partes estaban colgando banderas, pintando las rayas de la carretera, arreglando las farolas… aquí va a pasar algo gordo. Aparte de lavarle la cara a la ciudad la están maquillando que no veas. ¿Vendrá el rey? Quien sabe…

Essaouira es, además de una ciudad preciosa, un paraíso para los surferos. Alrededor de la ciudad hay montones de playas a donde tabla o vela en mano se van estos tipos a surcar las olas. Hay unas playas inmensas y Sarajayne y yo nos decidimos por una bastante remota. Nos encaramamos al golfillo y nos metimos por esos caminos de Alá. El agua no estaba como para bañarse y además hacía demasiado viento, pero el contacto con el mar nos trajo una paz inmensa. Anduvimos varios kilómetros por la arena mientras el ángulo de nuestras sombras iba paulatinamente cambiando a medida que Lorenzo se reunía con el horizonte. El sol empezó a ponerse por encima de las nubes ofreciéndonos unos colores maravillosos.

El atardecer nos pillo tumbados en la manta al abrigo de una duna agradeciendole a este pequeño planeta que haya creado rincones tan bonitos. Recogimos nuestras cosas ya de noche, reorganizamos las maletas, hicimos nuestra mochililla para retirarnos a casa y volvimos a Essaoiura.

Al llegar a casa estaban casi todos allí. Nadie tenía muchas ganas de salir. Dado el lugar y el ánimo que teníamos era un sitio ideal para quedarnos por una noche de tiraos. El plan era hacerse con unas pizzas y zamparlas allí mismo. Sin saber muy bien cómo, aparecieron los productos típicos marroquís. Por otra parte aún quedaba más de la mitad de la botella de Havana y un par de botellas de whiskey de Continente que Victor y Tomás intentaron cambiar por las pizzas sin éxito. Hubo que pagarlas. En realidad lo habían traído por si había que sobornar a la policía en algún momento. Pero no les fueron necesarias.

El cachondeo en aquella sala era mayúsculo, comenzamos a compartir todas las anécdotas y curiosidades que habíamos vivido durante el viaje. Nueve españoles soltando chorradas en Marruecos puede dar para mucho. Fue una velada genial, y un apalanque total.Ya nadie quería subir a la terraza, pero Sarajayne y yo todavía queríamos oír las olas antes de ir a dormir, así que subimos de nuevo.

La luna alumbraba el mar que teníamos ante nuestros ojos. La ciudad respiraba tranquila. De repente nos apeteció bailar, y como no había otra música nos conformamos con el ruido del mar. Más allá de la muralla no se observaban galeones enemigos. Por esta noche, los aprendices de pirata podremos descansar.

1 comment June 4th, 2007

¿Playa o montaña?

Día 7. Ouzarzazate-Esaouira. 378 km.
Tras las montañas estaba el mar.

Soy eterno viajero de sueños e ilusiones.
Soy eterno viajero de amores.
[…]
Cruzaré los mares en mi barco pirata
con los cañones acenagados
mi bandera será blanca
[…]
Cabalgaré por valles y montañas
a lomos de mi Gitana
sin dejar más señal para el retorno
que la sonrisa y la amabilidad.

Manolillo Chinato

¿Y por qué habrías de elegir entre la playa y la montaña si puedes disfrutar de las dos en el mismo día? Pues eso mismo pensamos nosotros. Amanecer a la puerta del desierto, atravesar los valles del Atlas por puertos de montaña que superan los 2000 metros y disfrutar de la puesta de sol sobre las murallas frente al mar en Esaouira. Ese era el plan. Bueno, en realidad no era el plan porque no había plan… pero eso fue lo que sucedió.

Montaña Playa

El hotel Ibis bien valió el pastón que nos costó. Descansamos muy bien y ya que el desayuno estaba incluído había que amortizarlo. Lo primero poniéndonos hasta las patas de comer. Ya que era un hotel “estilo europeo” el desayuno también lo era. Probamos todos los zumos, bollos y cereales. Pero como no nos parecía suficiente robamos dos bollos de pan y queso y fiambres varios para los bocatas del día. Hoy no habría parada técnica en ninguna frutería. Hasta un par de yogures y algo de fruta nos llevamos. Para disimular tuvimos que hacer los bocatas en la propia mesa y luego envolverlos en servilletas. Imagínate que sales del comedor y se te cae una loncha de pavo. Vaya corte ¿no? Lo cierto es que Sarajayne y yo juntos tenemos bastante peligro. Un peligro que no tenemos por separado, me temo. Nos animamos a base de frases hechas similares a esa de “¿cómo que no hay huevos? el queeeee!!!” y luego nadie quería pero el delito se consumó.

En el hotel se veían algunas familias marroquís también. Nada que ver con la mayoría de la población con la que te encuentras en el país. Mujeres con el pañuelo, pero también vaqueros y zapatos de tacón echándole la charla a los críos para que se beban el zumo… gente pudiente en general. Cómo en todos los países que hay mucha pobreza, hay una pequeña clase que está re-forrada. Porque los precios de este hotel son algo totalmente prohibitivo para la mayoría de las familias marroquís.

Salimos de allí bien llenitos y con los ingredientes de nuestra próxima comida y nos lanzamos a la medina de Ouarzazate. Es muy pequeña y se encuentra totalmente amurallada. Casi toda la ciudad ha crecido en el exterior. Nos dimos un paseo mañanero por sus calles angostas con los edificios de adobe a uno y otro lado.

No había demasiados turistas y muy pocas tiendas, a las que, por supuesto sus dueños nos invitaban a entrar con insistencia. Era temprano y no nos cruzamos a casi nadie por la calle. Eso sí, todo el que nos cruzábamos nos quería vender algo o hacer algún tipo de vileza. No parecía que vinieran muchos turistas por aquí. Casi todas las calles acababan en callejone sin salida, así que después de mucho recorrer volvimos a salir por el mismo sitio por el que entramos. Al chilabilla del parking le soltamos 5DH por haber dejado el coche media hora y después de hacer algunas fotos nos fuimos. Merece la pena meterse en esas callejuelas, aunque no lo recomendaría de noche. Nosotros lo intentamos la noche anterior y aparte de que no se veía nada, la situación tampoco infundía mucha confianza.

Del resto de la ciudad, más allá de la Kasbah sólo vimos lo que nos quedaba de paso camino de Marrakech porque nos fuimos prontito de allí. Parece una ciudad bastante grande y muy “occidentalizada”. No en vano es allí donde se encuentra uno de los mayores estudios cinematográficos del mundo. Y donde se ruedan casi todas las películas de desiertos hoy en día. Aquí se rodaron, por ejemplo, las escenas africanas de Gladiator.

Montaña

Nos los encontramos a la salida de la ciudad aunque no paramos. Ni si quiera les hicimos fotos. Se las hicimos en cambio a una caravana de escolares que nos encontramos en el camino. Un convoy de tres furgonetas llevaba a los jóvenes marroquís al cole.

A Sarajayne le tocó el primer turno conductor del día… y quizá me hubiera cedido el honor de haber sabido la que le esperaba. Nos acercábamos al Atlas de nuevo, esta vez para cruzarlo de sur a norte. Los primeros 100 km fueron más o menos llanos, pero a partir de entones empezaron unas terribles curvas con visibilidad nula en las que en muchos casos había que reducir hasta los 20 km/h. Los paisajes no tenían pérdida, una auténtica pasada, pero los desniveles aconsejaban al conductor no despistarse demasiado.

El Atlas

En una de las ocasiones en las que habíamos parado a hacer una foto vimos un autobus acercarse hacia el lugar donde habíamos dejado el coche aparcado. Si nos adelantaba tendríamos que ir detrás de él durante horas, pues adelantar era del todo imposible. Así que salimos corriendo hacia el coche tratando de ocupar la carretera antes de que nos adelantar. Tuvimos que dejar el coche caer en punto muerto porque le costaba arrancar. Después de hacerle parar pudimos arrancar con calma y prosegiur.

La temperatura a más de 2000 m de altitud ya pasaba del virujillo al más puro rasca. A lo largo de las cunetas aparecían, más que nunca, vendedores ambulantes. Sólo que en vez de moverse ellos, esperaban a los coches que pasaban ante ellos. El producto típico de esta parte del país son las rocas brillantes. Esas piedras que son como huecas por dentro pero que están recubiertas de brillantes y que no tengo ni idea de cómo se llaman. Las he visto vender en alguna tienda. La verdad es que son preciosas y deberíamos haber parado a preguntar por el precio… pero no llegamos a hacerlo.

Paramos a hacer alguna foto más de las aldeas que casi cuelgan de las laderas del Atlas. Da igual lo remoto que sea el lugar en el que pares. Siempre aparece alguien. En una de estas paradas nos aparecieron una retahila de niños que nos ofrecían hojas de alguna planta aromática. Probablemente romero. Una de las niñas llevaba en brazos a un hermanín, casi bebé. Nos chillaban sin parar y dos de ellos nos enseñaban monedas de diez céntimos de euro diciendo “changé, changé…!!” Unos metros detrás ya se nos acercaban los padres también y antes de entrar en lidia con todos les cambiamos las monedillas por dirhams y salimos pitando de allí.

Los colores rojos de las montañas nos fueron acompañando todo el camino hasta que por fin empezamos a descender y fuimos llegando al llano. No nos quedaba demasiado para Marrakech a la vista del mapa y de la policía, cada vez más presente.

Atravesar Marrakech con el coche es un flipe. El caos absoluto de tráfico de todo tipo de vehículos y viandantes. No hay muchos semáforos y a los que hay nadie les hace caso por eso tienes que tener quinientas antenas para no tener ningún percance. Con todo, apenas nos equivocamos una vez en una rotonda, conseguimos salir de semejante pollaster. En alguno de los cruces de calles nos encontramos con los carteles que indicaban hacia Jemaa el Fna, la mítica plaza de Marrakech a la que desgraciadamente no íbamos a poder acudir. No había tiempo - snif - a ver si en otra ocasión.

A la salida de Marrakech paramos para echar gasofa y cambiar de piloto. Sarajayne ya se había comido más de doscientos kilómetros por esas carreteras de Alá, unas cuatro horas sin parar. Empecé mi conducción con concentración y respetando - eso creía - los límites de velocidad al atravesar los pueblos. Pero a la salida de uno de ellos había un tramo de 30 metros en obras y el límite era 60 km/h. Por lo visto yo pasé a 77. Eso, al menos, indicaba el cacharro antediluviano que me mostraba unos metros más adelante uno de los tres agentes de la autoridad que nos paró. No parecía haber posibilidad de soborno, el tío estaba bastante serio. Lo habitual en estos casos: 400 DH. Yo sabía que en la cartera casi no llevaba pasta (unos 250 DH) así que la saqué y le dije en mi rudimentario francés que sólo tenía eso y que si no tendría que pagar con tarjeta de crédito. El hombre se quedó pensando. No ofrecía alternativa para que le untase…. mal asunto. Al final decidió ponerme una multa por no llevar el cinturón (aunque sí que lo llevaba) que “sólo” son 100 DH. He aquí la receta:

Tras firmarla (quien sabe si en realidad firmé mi sentencia de muerte), la charla habitual. “Despacito y buena letra, precausssión amigo conductorl, la senda es peligrocha, no se volverá a repetir señor agente”.

La parada en el cruce de caminos de Chichaoua - para nosotros chi-gua-gua - era obligado. Hace varios años descubrimos en aquel pueblín donde se cruzan las carreteras de Essaouira y Agadir un restaurante/parada de autobuses que contaba con una fabulosa piscina. El sitio había cambiado bastante, aquel cómo restaurantín de carretera es ahora todo un complejo hostelero. Además la piscina estaba vacía. Con otra buena dosis de morrul nos agenciamos una mesa en la terraza, nos pedimos una cocacola y una fanta y sacamos los bocatas que habíamos sisado del desayuno. Tras dar cuenta de ellos y la visita de rigor al baño seguimos camino a Essaouira.

Una hora y pico después, tras una curva de la carretera en lo alto de un cerro se nos aparecía el océano y la ciudad a nuestros pies. Ya casi habíamos llegado. Entramos despacio por el paseo marítimo con las ventanillas bajadas para respirar el aroma del mar. Cerca del puerto encontramos sitio donde aparcar y tras negociar una vez más con el chilabilla nos adentramos en - palabras de Sarajayne - la ciudad pirata de los relojes parados.

Nos encontramos con bastantes guiris, pero aún así la ciudad no pierde el encanto. No hay pesaos, no hay viles, no hay millones de tíos que se te ofrecen a buscar hotel o hacerte de guía. Una sensación de paz increíble, una libertad total para disfrutar de la belleza de esta maravilla de ciudad.

Nos adentramos por las calles de piedra en busca de un lugar donde dormir y con una inmensa suerte encontramos sitio en el primero. El hotel Cap Sim, donde conseguimos una habitación doble sin baño por 158 DH (menos de 15 euros!!!). Obviamente estaba lleno de mochileros guiris, pero todos bastante tranquilitos. Dejamos los bartulos y nos fuimos a patear un poco la ciudad.

En un par de pasos acabamos en la muralla que da al mar, sentados mientras veíamos el sol caer sobre el horizonte. Un lugar fenomenal para disfrutar de una puesta de sol sin igual. La temperatura era agradable, la brisa soplaba hacia tierra y el sol descendía a pasos agigantados. Podríamos pasarnos una vida entera allí sentados sin pronunciar una sola palabra. Sublime.

En el paseo sobre la muralla había niños jugando, familias enteras paseando y sobre las almenas guiris y marroquís sentados, dedicados a la misma actividad contemplativa que nosotros. Entre ellos descubrimos a alguna parejita marroquí, que en algún caso llegaban incluso a estar agarrados. Ella con su pañuelo y toda la pesca… pero agarrados en público. ¡Increíble! sin duda hay algo diferente en esta ciudad.

Lorenzo nos dijo adiós por este día y nosotros segiumos nuestro paseo por el puerto hasta que encontramos una terraza con vistas al mar donde había música en directo y Heineken a 35 DH. Nos tragamos un par acompañadas de unas pipas que habíamos encontrado dentro de nuestra bolsa de víveres. Charlamos, vemos a la gente pasar por la plaza, nos reímos. Ya llevamos recorridos varios miles de kilómetros desde la Torre Picaso en Madrid, y salvo un par de incidentes todo nos está saliendo de coña. La vida es bella.

Puesta de sol en Esaouira

Volvemos al coche para coger algo de ropa, hemos decidido ponernos de tiros largos y darnos un homenaje para la cena. El guardián del “parking” (la puta calle) ha cambiado y este nos quiere cobrar de nuevo. Le explico que ya he pagado hasta el día siguiente y el tío no atiende a razones. Quiere cobrar y ante mi negativa me dice que si le pasa algo al coche el no sabe nada. Vale que me tanguen, pero que me tomen el pelo me enerva sobremanera, así que tras dudarlo un instante le miró fijamente y le digo que como le pase algo al coche vamos a tener más que palabras. Tú sabes donde está mi coche pero yo sé donde estás tú hijo de puta. Cuentan con eso. 20 dirham para ti no es nada, y supuestamente estás a su merced porque tienes ahí tu coche para hacer el viaje. Pero no es así. Ellos también están ahí todo el puto día y es de lo que viven. Si hay algún problema podemos ir a discutirlo con la policía, a ver quién tiene más que perder. Antes de que se vaya le digo en francés (ahí si que llego), a grito pelao que qué es lo que quiere. El tío me dice que no habla francés. Se ha cagao en los pantalones. El golfillo está a salvo. Supongo que no nos esperaba tan agresivos. A todas estas hay que decir que aunque Sarajayne no hablaba con el chilabill decía continuamente “no se te ocurra darle nada”.

Encontramos un restaurantín muy mono con música en directo y menú asequible. Restaurante Sirocco. Es genial y la comida está genial. Hemos tenido el buen criterio de pedir un único menú para los dos, porque te ponen mogollón de comida. Aún así nos sobra. En la decoración no falta detalle, parece un palacio árabe trasladado al momento presente. La comida exquisita y su presentación también, los camareros muy simpáticos y los músicos te saludaban si te quedabas mirando. Tocaban un poco de todo en plan jam-session la mayor parte del tiempo, una mezcla de piezas pop con trasfondo árabe, una de esas metáforas de la globalización. Bajo, guitarra eléctrica y percusión en su justa medida de volumen, te dejaba conversar. El ambiente era genial.

Y entonces el restaurante empezó a vaciarse y en una mesa cercana a la nuestra un grupo de ocho o nueve yankis un poco más jóvenes que nosotros trasegaban jarras de cerveza sin parar. Uno de ellos le dijo al guitarra si le dejaba tocar y le dejó. No tocaba mal el tío, pero empezó a cantar únicamente canciones americanas conocidas. El resto de la banda se las sabía y le acompañaban, y todo el grupo de sus colegas las cantaban a grito pealo. Una hizo gracia. La segunda rompió completamente la magia del lugar. Y a partir de ahí siguieron y siguieron, con sus canciones y sus jarras de cerveza. Nosotros queríamos pagar cuanto antes y largarnos de allí.

Uno se pregunta por qué hay personas que están deseando viajar miles y miles de kilómetros más allá de su casa para hacer exactamente lo mismo que hacen allí. No lo sé. El caso es que son esos turistas que acaban destrozando el encanto de los lugares por los que pasan. Es muy típico de los americanos. Viendo a aquellos jovenzuelos cantar las canciones que les ponen todos los sábados en las discotecas de sus ciudades me vino a la mente un triste pensamiento, y es que Essaouira tiene los días contados. Esa ciudad que está fuera de los circuitos turísticos habituales, que no tiene grandes hoteles ni un desarrollo brutal, empezará pronto a tenerlo. Y los relojes parados empezarán a marcar el ritmo de las prisas. Y los piratas serán entonces hombres disfrazados que se habrán convertido en atracciones para el turismo de consumo facilón, patearán las calles diciéndote “yo guía, yo guía”, y los hotelillos tranquilos con las paredes desconchadas en el exterior serán adquiridos por alguna cadena que enviará ofertas especiales de semana santa a los turoperadores. Y esta ciudad, con las mismas calles y en el mismo lugar geográfico, habrá perdido gran parte de su encanto.

Yo ya estuve aquí hace tres años, y se notan algunos cambios. El turismo masivo lo acaba destruyendo abolutamente todo. Así somos los humanos. Viajamos continuamente a nuevos lugares en busca de autenticidad y nosotros mismos la destruímos a nuestro paso.

Pero al mismo tiempo también pensé que me alegro de haberla conocido así, tan preciosa, tan tranquila, tan dormida. Me alegro de haber visto el Atlántico desde sus terrazas, de pasear por sus calles mitad caribeñas mitad árabes, de soñar con épocas de piratas bereberes atacando la fortaleza portuguesa, de haber conocido una ciudad en Marruecos que escapa a las tremendas ataduras del Islam. Me alegro de haber estado allí.

Aún nos quedó tiempo para dar un paseo, ya de noche, por las calles vacías. No quedaban turistas, sólo estaban ellos, los Essaouireños charlando en los zaguanes de las puertas. Incluso grupos de mujeres, sin pañuelo ni nada, charlando al fresco de la noche, grupetes de adolescentes haciendo alguna de las suyas en los callejones, y las olas del mar estrellándose contra la muralla.

Cómo nos alegramos de haber llegado hasta aquí.

2 comments May 29th, 2007

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