Posts filed under 'Cajon de sastre'

Estado de excepción aeroportuario

Vamos a imaginar a un guardia municipal que tuviera la costumbre de ir repartiendo pequeñas collejas a quienes se cruza en el metro o por la calle. Imaginemos a un guardia civil que, tras parar a un coche en carretera para hacer un control de alcoholemia, ordenara al conductor dar unos saltitos sobre la pierna derecha para así comprobar si está o no está sobrio. O pensemos en un policía uniformado que al pasar ante un banco ordene a la pareja que lo ocupa que se levante y durante un rato impida su uso porque es martes y así le apetece. No hace falta ser un experto en Derecho para entender que cada una de esas situaciones constituye una actuación arbitraria, abusiva, que nadie está obligado a soportar por mucho uniforme que lleve su autor. Ciertamente, no se trata de torturas, de humillaciones terribles de las que dejan secuelas. Pero un ciudadano de un estado de derecho no tiene por qué aguantar ni una sola de esas actitudes, y es probable que acabe denunciándolas, incluso ante una sola vez.

Cambiemos ahora el escenario, y pensemos en la lucha antiterrorista a través de medios tecnológicos tales como la videovigilancia en espacios públicos o las escuchas telefónicas. En uno y otro caso todos aceptamos su conveniencia por razones de seguridad, y su utilidad ha quedado bien acreditada en la historia reciente de nuestro país. Pero sabemos bien que estos medios, ciertamente invasivos de nuestra intimidad, o las grabaciones que de ellos resultan sólo pueden ponerse en práctica en el marco de reglas muy estrictas, cuya violación sería duramente sancionada para el funcionario que las incumpliera. Y ningún juez aceptaría la excusa de que así se nos protege mejor. Es más, para que funcione ese equilibrio entre seguridad necesaria y la garantía de un espacio de libertad, es indispensable que los ciudadanos sepan quién, cuándo y cómo puede verle en un circuito cerrado de televisión o pincharle el teléfono.

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8 comments January 29th, 2008

Eres donante

Me lo contó una vez “Doc” Alvarakez. Todos los españoles somos donantes de órganos tras el fin de nuestros días sobre esta tierra. Me pareció muy curioso y hasta hoy no había vuelto a oir del tema. Aquí hay más información:

Si hubiera tenido que contar las veces que he oído cosas como “Me voy a hacer donante, cuando muera quiero que mi cuerpo sirva a otras personas”, o las veces que he visto campañas del estilo “Hazte Donante”, creo que hubiera perdido la cuenta al poco de empezar. Y es que se trata de un error muy extendido. Ya sea por falta de información por parte de quienes crean y aplican las leyes, o por parte de las autoridades sanitarias, un gran porcentaje de esta población aún no sabe que, por ley, es donante de órganos.

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Add comment January 28th, 2008

Guinness is good for you


Visto en SoiTu (atentos a esta página)

Feliz año nuevo a todos los lectores de La Cueva.

Add comment December 28th, 2007

Ya llegó el niño Jesús, también en Suiza

Esto lo escribe El gran Wyoming hoy en Público. ¿Tienen cabida en la democracia las ideas que atentan contra la propia democracia?

El parlamento suizo, con sus votos, ha vetado a ese señor llamado Blocher que cree en la pureza de la sangre y representa a los ciudadanos “del centro” de su país. El centro se está centrando demasiado. Y no sólo en Suiza. Antes, el argumento xenófobo se consideraba vergonzoso, nadie lo sostenía en público. Ya no. Los neutrales dirán que la democracia es sagrada y que este señor ha sacado un 30 por ciento en las elecciones. Sí, es cierto, pero es que la democracia no es un sistema de elección. Las urnas no son más que la herramienta con la que el “pueblo soberano” elige a sus representantes para que gobiernen en consonancia con ese sistema que les hace iguales en obligaciones y derechos. Vale lo mismo el voto del médico que el del analfabeto, aunque el médico sea negro y el analfabeto blanco. El racista, por tanto, es enemigo del sistema, se apunta para acabar con él. Es lógico que los parlamentarios decentes se sientan avergonzados de sus compatriotas. Ciudadanos orgullosos de su riqueza, obtenida, en buena parte, del expolio y el genocidio del tercer mundo, lleno de negros, cuyos recursos robados por dictadores sanguinarios acababan en sus bancos; ciudadanos cultivados y practicantes devotos de la fe cristiana que desprecian a los forasteros y proponen expulsarlos a patadas. No porque su presencia les altere la conciencia, en la medida que les recuerda que su riqueza es el fruto de su hambre, sino porque, simplemente, no tienen conciencia. El Vaticano debería echarles una mano, pero no como hasta ahora, metiendo allí sus ahorros, sino en lo moral. Ya lo dijo el Mesías, que está a punto de nacer: “En eso reconocerán que sois mis discípulos. En el amor que os tengáis los unos a los otros”. ¿Qué opina nuestro “centro”?

4 comments December 14th, 2007

Los presos de la Cárcel Real

Arturo Pérez-Reverte estrena libro, Un día de cólera, en el que narra los hechos acontecidos el 8 de mayo de 1808, cuando el pueblo de Madrid se sublevó contra los soldados franceses enviados por Napoleón para ocupar el país con el beneplácito del rey, antepasado del borbón actual, Fernando VII. Me lo leeré antes de opinar, pero vaya como anticipo lo que el propio Reverte ha publicado este domingo en su columna.

También he encontrado muy interesante esta entrevista: “Las dos Españas comenzaron a perfilarse el 2 de mayo de 1808″

Otra entrevista>

A mí también me encantan estas historias que muchas veces nos trae Reverte. Las historias de hombres con el honor intacto pese a su pésima reputación. No se pierdan ésta.

Hoy vamos de historieta histórica, si me permiten. Merece la pena. En los últimos tiempos, y por razones de trabajo, me he visto entre libros y documentos bicentenarios, de esos que a veces estremecen y otras te dejan una sonrisilla cómplice cuando proyectas, sobre la prosa fría del documento, imaginación suficiente para revivir el asunto. El de hoy se refiere al dos de mayo de 1808, cuando Madrid estaba en plena pajarraca insurreccional contra las tropas francesas. Es rigurosamente verídico, aunque parezca esperpento propio de una película de Berlanga. Y es que, a veces, también la España negra tiene su puntito.

Todo empezó con una carta escrita a media mañana, cuando la ciudad era un tiroteo de punta a punta, la gente sublevada peleaba donde podía, y la caballería francesa cargaba contra paisanos armados con navajas en la puerta del Sol y la puerta de Toledo. La carta iba dirigida al director de la Cárcel Real de Madrid –situada junto a la plaza Mayor, hoy sede del ministerio de Asuntos Exteriores– por Francisco Xavier Cayón, uno de los reclusos, y estaba escrita en nombre de sus compañeros: «Abiendo advertido el desorden que se nota en el pueblo y que por los balcones se arroja armas y munisiones para la defensa de la Patria y del Rey, suplica, bajo juramento de volber a prisión con sus compañeros, se les ponga en libertad para ir a esponer su vida contra los estranjeros». Entregada al carcelero jefe Félix Ángel, la solicitud llegó a manos del director. Y lo asombroso es que, en vista del panorama y de que los presos, ya artillados de hierros afilados, tostones y palos, estaban montando una bronca de órdago, se les dejó salir a la calle bajo palabra. Tal cual.

Ahora imagínense el cuadro. Sin mucho esfuerzo, porque la Historia conservó los pormenores del episodio. De los noventa y cuatro reclusos, treinta y ocho prefirieron quedarse en el estarivel, a salvo con los boquis, y cincuenta y seis caimanes se echaron al mundo. Eran, claro, lo más fino de cada casa: gente del bronce y de puñalada fácil, chanfaina de los barrios crudos del Rastro, Lavapiés y el Barquillo, brecheros, afufadores, jaques de putas, Monipodios, Rinconetes, Cortadillos, Pasamontes y otras prendas, incluido un pastor de cabras que había dado unas cuantas mojadas a un tabernero por aguarle el morapio. Y, bueno. Como digo, salieron. De estampía. Lástima de foto que nadie les hizo. Porque menuda escena. Ignoro cuántas ermitas visitaron de camino aquellos ciudadanos para entonarse de uvas antes de la faena; pero unos franchutes, que manejaban en la plaza Mayor un cañón con el que hacían fuego hacia la calle de Toledo, vieron caerles encima una jábega de energúmenos morenos, patilludos, tatuados y vociferantes, que a los gritos de «¡Viva el rey!» y «¡Muerte a los gabachos!» se los pasaron literalmente por la piedra de amolar, dándole ajo a siete. En pleno escabeche, por cierto, se incorporó a la peña otro preso del talego del Puente Viejo de Toledo, que se había abierto sin ruegos ni instancias, por la cara. Se llamaba Mariano Córdova, era natural de Arequipa, Perú, y tenía veinte años. Venía buscando gresca y se les unió con entusiasmo. Ya se sabe: Dios los cría.

El zafarrancho de la plaza Mayor duró un rato, y tuvo su aquel. Los presos dieron la vuelta al cañón de los malos y le arrimaron candela a un escuadrón de caballería de la Guardia Imperial que cargaba desde la puerta del Sol. Al cabo, faltos de munición, inutilizaron el cañón y se desparramaron por las callejuelas del barrio, cachicuerna en mano, buscándose la vida. Entre carreras, navajazos y descargas francesas, palmaron el peruano Córdova y el ilustre manolo del barrio de la Paloma Francisco Pico Fernández. Su compañero Domingo Palén resultó descosido de asaduras y acabó en el Hospital General, y dos presos más se dieron por desaparecidos y, según los testigos, por fiambres. Pero lo más bonito, lo pintoresco del colorín colorado de esta singular historia, es que, de los cincuenta y dos restantes, sólo uno faltó al recuento final. Entre aquella noche y la mañana del día siguiente, cincuenta y un cofrades regresaron a la Cárcel Real, solos o en pequeños grupos. Me gusta imaginar a los últimos llegando al alba –alguno visitaría antes a la parienta, supongo– exhaustos, ensangrentados, provistos de armas y despojos de franceses, con los bolsillos llenos de anillos, monedas gabachas, dientes de oro y otros detallitos, tras haber hecho concienzudo alto en cuantas tabernas hallaron de camino. Con una sonrisa satisfecha y feroz pintada en el careto, supongo. Cincuenta y un presos de vuelta, y uno sólo declarado prófugo. Cumpliendo como caballeros, ya ven. Gente de palabra.

Más artículos de Reverte en Capitan Alatriste.

1 comment December 11th, 2007

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