Archive for May, 2007
Día 7. Ouzarzazate-Esaouira. 378 km.
Tras las montañas estaba el mar.
Soy eterno viajero de sueños e ilusiones.
Soy eterno viajero de amores.
[…]
Cruzaré los mares en mi barco pirata
con los cañones acenagados
mi bandera será blanca
[…]
Cabalgaré por valles y montañas
a lomos de mi Gitana
sin dejar más señal para el retorno
que la sonrisa y la amabilidad.
Manolillo Chinato
¿Y por qué habrías de elegir entre la playa y la montaña si puedes disfrutar de las dos en el mismo día? Pues eso mismo pensamos nosotros. Amanecer a la puerta del desierto, atravesar los valles del Atlas por puertos de montaña que superan los 2000 metros y disfrutar de la puesta de sol sobre las murallas frente al mar en Esaouira. Ese era el plan. Bueno, en realidad no era el plan porque no había plan… pero eso fue lo que sucedió.
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El hotel Ibis bien valió el pastón que nos costó. Descansamos muy bien y ya que el desayuno estaba incluído había que amortizarlo. Lo primero poniéndonos hasta las patas de comer. Ya que era un hotel “estilo europeo” el desayuno también lo era. Probamos todos los zumos, bollos y cereales. Pero como no nos parecía suficiente robamos dos bollos de pan y queso y fiambres varios para los bocatas del día. Hoy no habría parada técnica en ninguna frutería. Hasta un par de yogures y algo de fruta nos llevamos. Para disimular tuvimos que hacer los bocatas en la propia mesa y luego envolverlos en servilletas. Imagínate que sales del comedor y se te cae una loncha de pavo. Vaya corte ¿no? Lo cierto es que Sarajayne y yo juntos tenemos bastante peligro. Un peligro que no tenemos por separado, me temo. Nos animamos a base de frases hechas similares a esa de “¿cómo que no hay huevos? el queeeee!!!” y luego nadie quería pero el delito se consumó.
En el hotel se veían algunas familias marroquís también. Nada que ver con la mayoría de la población con la que te encuentras en el país. Mujeres con el pañuelo, pero también vaqueros y zapatos de tacón echándole la charla a los críos para que se beban el zumo… gente pudiente en general. Cómo en todos los países que hay mucha pobreza, hay una pequeña clase que está re-forrada. Porque los precios de este hotel son algo totalmente prohibitivo para la mayoría de las familias marroquís.
Salimos de allí bien llenitos y con los ingredientes de nuestra próxima comida y nos lanzamos a la medina de Ouarzazate. Es muy pequeña y se encuentra totalmente amurallada. Casi toda la ciudad ha crecido en el exterior. Nos dimos un paseo mañanero por sus calles angostas con los edificios de adobe a uno y otro lado.
No había demasiados turistas y muy pocas tiendas, a las que, por supuesto sus dueños nos invitaban a entrar con insistencia. Era temprano y no nos cruzamos a casi nadie por la calle. Eso sí, todo el que nos cruzábamos nos quería vender algo o hacer algún tipo de vileza. No parecía que vinieran muchos turistas por aquí. Casi todas las calles acababan en callejone sin salida, así que después de mucho recorrer volvimos a salir por el mismo sitio por el que entramos. Al chilabilla del parking le soltamos 5DH por haber dejado el coche media hora y después de hacer algunas fotos nos fuimos. Merece la pena meterse en esas callejuelas, aunque no lo recomendaría de noche. Nosotros lo intentamos la noche anterior y aparte de que no se veía nada, la situación tampoco infundía mucha confianza.
Del resto de la ciudad, más allá de la Kasbah sólo vimos lo que nos quedaba de paso camino de Marrakech porque nos fuimos prontito de allí. Parece una ciudad bastante grande y muy “occidentalizada”. No en vano es allí donde se encuentra uno de los mayores estudios cinematográficos del mundo. Y donde se ruedan casi todas las películas de desiertos hoy en día. Aquí se rodaron, por ejemplo, las escenas africanas de Gladiator.
Nos los encontramos a la salida de la ciudad aunque no paramos. Ni si quiera les hicimos fotos. Se las hicimos en cambio a una caravana de escolares que nos encontramos en el camino. Un convoy de tres furgonetas llevaba a los jóvenes marroquís al cole.
A Sarajayne le tocó el primer turno conductor del día… y quizá me hubiera cedido el honor de haber sabido la que le esperaba. Nos acercábamos al Atlas de nuevo, esta vez para cruzarlo de sur a norte. Los primeros 100 km fueron más o menos llanos, pero a partir de entones empezaron unas terribles curvas con visibilidad nula en las que en muchos casos había que reducir hasta los 20 km/h. Los paisajes no tenían pérdida, una auténtica pasada, pero los desniveles aconsejaban al conductor no despistarse demasiado.
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En una de las ocasiones en las que habíamos parado a hacer una foto vimos un autobus acercarse hacia el lugar donde habíamos dejado el coche aparcado. Si nos adelantaba tendríamos que ir detrás de él durante horas, pues adelantar era del todo imposible. Así que salimos corriendo hacia el coche tratando de ocupar la carretera antes de que nos adelantar. Tuvimos que dejar el coche caer en punto muerto porque le costaba arrancar. Después de hacerle parar pudimos arrancar con calma y prosegiur.
La temperatura a más de 2000 m de altitud ya pasaba del virujillo al más puro rasca. A lo largo de las cunetas aparecían, más que nunca, vendedores ambulantes. Sólo que en vez de moverse ellos, esperaban a los coches que pasaban ante ellos. El producto típico de esta parte del país son las rocas brillantes. Esas piedras que son como huecas por dentro pero que están recubiertas de brillantes y que no tengo ni idea de cómo se llaman. Las he visto vender en alguna tienda. La verdad es que son preciosas y deberíamos haber parado a preguntar por el precio… pero no llegamos a hacerlo.
Paramos a hacer alguna foto más de las aldeas que casi cuelgan de las laderas del Atlas. Da igual lo remoto que sea el lugar en el que pares. Siempre aparece alguien. En una de estas paradas nos aparecieron una retahila de niños que nos ofrecían hojas de alguna planta aromática. Probablemente romero. Una de las niñas llevaba en brazos a un hermanín, casi bebé. Nos chillaban sin parar y dos de ellos nos enseñaban monedas de diez céntimos de euro diciendo “changé, changé…!!” Unos metros detrás ya se nos acercaban los padres también y antes de entrar en lidia con todos les cambiamos las monedillas por dirhams y salimos pitando de allí.
Los colores rojos de las montañas nos fueron acompañando todo el camino hasta que por fin empezamos a descender y fuimos llegando al llano. No nos quedaba demasiado para Marrakech a la vista del mapa y de la policía, cada vez más presente.
Atravesar Marrakech con el coche es un flipe. El caos absoluto de tráfico de todo tipo de vehículos y viandantes. No hay muchos semáforos y a los que hay nadie les hace caso por eso tienes que tener quinientas antenas para no tener ningún percance. Con todo, apenas nos equivocamos una vez en una rotonda, conseguimos salir de semejante pollaster. En alguno de los cruces de calles nos encontramos con los carteles que indicaban hacia Jemaa el Fna, la mítica plaza de Marrakech a la que desgraciadamente no íbamos a poder acudir. No había tiempo - snif - a ver si en otra ocasión.
A la salida de Marrakech paramos para echar gasofa y cambiar de piloto. Sarajayne ya se había comido más de doscientos kilómetros por esas carreteras de Alá, unas cuatro horas sin parar. Empecé mi conducción con concentración y respetando - eso creía - los límites de velocidad al atravesar los pueblos. Pero a la salida de uno de ellos había un tramo de 30 metros en obras y el límite era 60 km/h. Por lo visto yo pasé a 77. Eso, al menos, indicaba el cacharro antediluviano que me mostraba unos metros más adelante uno de los tres agentes de la autoridad que nos paró. No parecía haber posibilidad de soborno, el tío estaba bastante serio. Lo habitual en estos casos: 400 DH. Yo sabía que en la cartera casi no llevaba pasta (unos 250 DH) así que la saqué y le dije en mi rudimentario francés que sólo tenía eso y que si no tendría que pagar con tarjeta de crédito. El hombre se quedó pensando. No ofrecía alternativa para que le untase…. mal asunto. Al final decidió ponerme una multa por no llevar el cinturón (aunque sí que lo llevaba) que “sólo” son 100 DH. He aquí la receta:
Tras firmarla (quien sabe si en realidad firmé mi sentencia de muerte), la charla habitual. “Despacito y buena letra, precausssión amigo conductorl, la senda es peligrocha, no se volverá a repetir señor agente”.
La parada en el cruce de caminos de Chichaoua - para nosotros chi-gua-gua - era obligado. Hace varios años descubrimos en aquel pueblín donde se cruzan las carreteras de Essaouira y Agadir un restaurante/parada de autobuses que contaba con una fabulosa piscina. El sitio había cambiado bastante, aquel cómo restaurantín de carretera es ahora todo un complejo hostelero. Además la piscina estaba vacía. Con otra buena dosis de morrul nos agenciamos una mesa en la terraza, nos pedimos una cocacola y una fanta y sacamos los bocatas que habíamos sisado del desayuno. Tras dar cuenta de ellos y la visita de rigor al baño seguimos camino a Essaouira.
Una hora y pico después, tras una curva de la carretera en lo alto de un cerro se nos aparecía el océano y la ciudad a nuestros pies. Ya casi habíamos llegado. Entramos despacio por el paseo marítimo con las ventanillas bajadas para respirar el aroma del mar. Cerca del puerto encontramos sitio donde aparcar y tras negociar una vez más con el chilabilla nos adentramos en - palabras de Sarajayne - la ciudad pirata de los relojes parados.
Nos encontramos con bastantes guiris, pero aún así la ciudad no pierde el encanto. No hay pesaos, no hay viles, no hay millones de tíos que se te ofrecen a buscar hotel o hacerte de guía. Una sensación de paz increíble, una libertad total para disfrutar de la belleza de esta maravilla de ciudad.
Nos adentramos por las calles de piedra en busca de un lugar donde dormir y con una inmensa suerte encontramos sitio en el primero. El hotel Cap Sim, donde conseguimos una habitación doble sin baño por 158 DH (menos de 15 euros!!!). Obviamente estaba lleno de mochileros guiris, pero todos bastante tranquilitos. Dejamos los bartulos y nos fuimos a patear un poco la ciudad.
En un par de pasos acabamos en la muralla que da al mar, sentados mientras veíamos el sol caer sobre el horizonte. Un lugar fenomenal para disfrutar de una puesta de sol sin igual. La temperatura era agradable, la brisa soplaba hacia tierra y el sol descendía a pasos agigantados. Podríamos pasarnos una vida entera allí sentados sin pronunciar una sola palabra. Sublime.
En el paseo sobre la muralla había niños jugando, familias enteras paseando y sobre las almenas guiris y marroquís sentados, dedicados a la misma actividad contemplativa que nosotros. Entre ellos descubrimos a alguna parejita marroquí, que en algún caso llegaban incluso a estar agarrados. Ella con su pañuelo y toda la pesca… pero agarrados en público. ¡Increíble! sin duda hay algo diferente en esta ciudad.
Lorenzo nos dijo adiós por este día y nosotros segiumos nuestro paseo por el puerto hasta que encontramos una terraza con vistas al mar donde había música en directo y Heineken a 35 DH. Nos tragamos un par acompañadas de unas pipas que habíamos encontrado dentro de nuestra bolsa de víveres. Charlamos, vemos a la gente pasar por la plaza, nos reímos. Ya llevamos recorridos varios miles de kilómetros desde la Torre Picaso en Madrid, y salvo un par de incidentes todo nos está saliendo de coña. La vida es bella.
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Volvemos al coche para coger algo de ropa, hemos decidido ponernos de tiros largos y darnos un homenaje para la cena. El guardián del “parking” (la puta calle) ha cambiado y este nos quiere cobrar de nuevo. Le explico que ya he pagado hasta el día siguiente y el tío no atiende a razones. Quiere cobrar y ante mi negativa me dice que si le pasa algo al coche el no sabe nada. Vale que me tanguen, pero que me tomen el pelo me enerva sobremanera, así que tras dudarlo un instante le miró fijamente y le digo que como le pase algo al coche vamos a tener más que palabras. Tú sabes donde está mi coche pero yo sé donde estás tú hijo de puta. Cuentan con eso. 20 dirham para ti no es nada, y supuestamente estás a su merced porque tienes ahí tu coche para hacer el viaje. Pero no es así. Ellos también están ahí todo el puto día y es de lo que viven. Si hay algún problema podemos ir a discutirlo con la policía, a ver quién tiene más que perder. Antes de que se vaya le digo en francés (ahí si que llego), a grito pelao que qué es lo que quiere. El tío me dice que no habla francés. Se ha cagao en los pantalones. El golfillo está a salvo. Supongo que no nos esperaba tan agresivos. A todas estas hay que decir que aunque Sarajayne no hablaba con el chilabill decía continuamente “no se te ocurra darle nada”.
Encontramos un restaurantín muy mono con música en directo y menú asequible. Restaurante Sirocco. Es genial y la comida está genial. Hemos tenido el buen criterio de pedir un único menú para los dos, porque te ponen mogollón de comida. Aún así nos sobra. En la decoración no falta detalle, parece un palacio árabe trasladado al momento presente. La comida exquisita y su presentación también, los camareros muy simpáticos y los músicos te saludaban si te quedabas mirando. Tocaban un poco de todo en plan jam-session la mayor parte del tiempo, una mezcla de piezas pop con trasfondo árabe, una de esas metáforas de la globalización. Bajo, guitarra eléctrica y percusión en su justa medida de volumen, te dejaba conversar. El ambiente era genial.
Y entonces el restaurante empezó a vaciarse y en una mesa cercana a la nuestra un grupo de ocho o nueve yankis un poco más jóvenes que nosotros trasegaban jarras de cerveza sin parar. Uno de ellos le dijo al guitarra si le dejaba tocar y le dejó. No tocaba mal el tío, pero empezó a cantar únicamente canciones americanas conocidas. El resto de la banda se las sabía y le acompañaban, y todo el grupo de sus colegas las cantaban a grito pealo. Una hizo gracia. La segunda rompió completamente la magia del lugar. Y a partir de ahí siguieron y siguieron, con sus canciones y sus jarras de cerveza. Nosotros queríamos pagar cuanto antes y largarnos de allí.
Uno se pregunta por qué hay personas que están deseando viajar miles y miles de kilómetros más allá de su casa para hacer exactamente lo mismo que hacen allí. No lo sé. El caso es que son esos turistas que acaban destrozando el encanto de los lugares por los que pasan. Es muy típico de los americanos. Viendo a aquellos jovenzuelos cantar las canciones que les ponen todos los sábados en las discotecas de sus ciudades me vino a la mente un triste pensamiento, y es que Essaouira tiene los días contados. Esa ciudad que está fuera de los circuitos turísticos habituales, que no tiene grandes hoteles ni un desarrollo brutal, empezará pronto a tenerlo. Y los relojes parados empezarán a marcar el ritmo de las prisas. Y los piratas serán entonces hombres disfrazados que se habrán convertido en atracciones para el turismo de consumo facilón, patearán las calles diciéndote “yo guía, yo guía”, y los hotelillos tranquilos con las paredes desconchadas en el exterior serán adquiridos por alguna cadena que enviará ofertas especiales de semana santa a los turoperadores. Y esta ciudad, con las mismas calles y en el mismo lugar geográfico, habrá perdido gran parte de su encanto.
Yo ya estuve aquí hace tres años, y se notan algunos cambios. El turismo masivo lo acaba destruyendo abolutamente todo. Así somos los humanos. Viajamos continuamente a nuevos lugares en busca de autenticidad y nosotros mismos la destruímos a nuestro paso.
Pero al mismo tiempo también pensé que me alegro de haberla conocido así, tan preciosa, tan tranquila, tan dormida. Me alegro de haber visto el Atlántico desde sus terrazas, de pasear por sus calles mitad caribeñas mitad árabes, de soñar con épocas de piratas bereberes atacando la fortaleza portuguesa, de haber conocido una ciudad en Marruecos que escapa a las tremendas ataduras del Islam. Me alegro de haber estado allí.
Aún nos quedó tiempo para dar un paseo, ya de noche, por las calles vacías. No quedaban turistas, sólo estaban ellos, los Essaouireños charlando en los zaguanes de las puertas. Incluso grupos de mujeres, sin pañuelo ni nada, charlando al fresco de la noche, grupetes de adolescentes haciendo alguna de las suyas en los callejones, y las olas del mar estrellándose contra la muralla.
Cómo nos alegramos de haber llegado hasta aquí.
May 29th, 2007
Interrumpimos brevemente el relato del viaje marroquí para hacernos eco de una gran noticia:
Un informático de origen chino gana el XI Premio de Relato Breve organizado por EL PAÍS, el Círculo de Bellas Artes y Alfaguara
Sí señor, en principio iba a salir publicado en El País el pasado domingo, pero al final ha sido hoy, 23 de mayo de 2007 en la edición impresa, sección Madrid, página 44. Un pequeño hito más en la carrera de escritor que Minke Wang empezó hace ya unos cuantos años, y que poco a poco va viendo sus frutos.
De Minke siempre he admirado su coherencia, y los huevos que tiene de dedicarse a lo que quiere hacer pase lo que pase, por eso siempre me alegro muchísimo de sus éxitos, porque demuestran una vez más que puedes elegir tu forma de vivir. Como es un poco tímido y sé que ni si quiera le va a hacer gracia que le reseñe, no le pongo foto… pero me quedo con las ganas eh!
¡¡Enhorabuena, Minke!!
En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.
En la última semana, cada vez que me siento a escribir, me sale esta frase. Recuerdo que de pequeño, cuando tomaba mi merienda de pan y nocilla, mi madre me contaba que un tío abuelo se pasó toda la vida escribiendo El Quijote.
sigue en El País
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May 23rd, 2007
Día 6. Merzouga-Ouzarzazate. 377 km.
Just a perfect day.
Oh! it’s such a perfect day
and I spent it with you
just a perfect day,
you just keep me hunging on.
Lou Reed
A las 5.45h todavía no lo sabiamos, pero habíamos pasado una de las mejores noches posibles en el desierto. No estaba nublado, no se levantó demasiado viento y para más flipe reinaba una impresionante luna llena. A pesar de todo la arena estaba muy fría. El color del cielo era indefinible, un color azul como no has visto en tu vida. La luz no rebotaba con nada, a nada tenía que sacar color más que a la arena naranja que alumbrada por la luna permanecía en mate y solo se decidio a brillar al ver asomar a Lorenzo.
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La ventilación de la haima dejaba pasar una rasca bastante elegante, y el mito es cierto, en el desierto hace un frio terrible por la noche. Pero supongo que si el día de tu cumpleaños te despiertas en tan paradisíaco lugar, son detalles que no te van a estropear el momentazo. Yo sólo lo puedo saber tratando de adivinar los gestos de Sarajayne. Pregúntenle a ella.

Así comenzó un nuevo año de su vida, y un día en el que tendríamos ocasión de celebrarlo por todo lo alto: con una buena dosis de kilómetros en diversos medios de transporte, buen humor, y las ganas de vivir que derrochamos por todos los poros.
Al salir de la haima lo primero de lo que nos dimos cuenta es que sin enroscarnos en las mantas no ibamos a aguantar un minuto fuera. El sol aún no había aparecido sobre el horizonte, pero ya se intuía su luz. Aún así, la visibilidad era total gracias a la luna. Nos subimos a una de las dunas cercanas para ver aparecer al astro rey y saludarlo como se merece. En este lugar más que en ninguno se descubre la gran verdad que ya cantara el maestro Rosendo, que pase lo que pase “amanece cada mañana, los siete días de la semana, y estamos vivos: Sursum Corda” (es decir, “levantemos el corazón”).

Y al fin apareció y empezó a calentarlo todo. Salía tan rápido que casi se le veía escalar la duna que teníamos en nuestro horizonte. Y entonces, todos los colores de esa inmensiada tan parecida a la nada empezaron a cambiar como reivindicando su existencia. Las dunas empezaron a deleitarnos con sus juegos de luces y sombras y al cabo de un rato ya pudimos prescindir de las mantas.
No nos dio tiempo a mucho más. Recogimos las cosas de la haima en un pis-pas porque Hassan ya tenía preparados los dromedarios para echar a andar. Los gabachos ya estaban preparados, mientras que el equipo del nordeste peninsular, anonadado ante tanta belleza le costaba un poco
más responder. En el viaje de vuelta nos encontramos con otros grupos que se encontraban alojados en haimas repartidas por toda la redondada, pero que no habíamos detectado hasta entonces. No se lo monta nada mal el Youssef. Menudo “imperio” que tiene aquí preparado.
El Yasmina nos esperaba de vuelta. Con sus duchas comunitarias para los haimistas y su desayuno de mermeladas ricas. En todos los desplazamientos soliamos hacer lo mismo. La maleta grande se quedaba en el coche y en la pequeña llevábamos los útiles estrictamente necesarios hasta la próxima vez que volvieramos al coche. Así pudimos bajarnos rápidamente de los dromis y colarnos en la ducha comunitaria con todo el morrul del mundo. Mientras la panda de guiris que nos acompañaba se entretenía mirando si las duchas eran de homes ou femmes, nosotros ya estábamos dentro de una ante la atónita mirada del personal.
El viaje iba a ser largo y la comida programada era de las de hogaza de pan y chope, así que en estos casos ya se sabe lo que hay que hacer: ponerte como el tenazas en el desayuno buffet. A ello nos estábamos dedicando en cuerpo y alma cuando aparecieron Fátima y el resto de los 7 magníficos que se unieron a nuestra mesa. Habían llegado la tarde anterior prácticamente cuando nosotros salíamos con los dromedarios. Y ya habían tenido ocasión de hacer el mongui por las dunas.
Sarajayne se llevó una buena ración de besos y carantoñas felicitatorias de parte de todo el equipo y después empezamos a compartir experiencias del viaje desde nuestro encuentro en el palaio Al-Mansiq de Fez. Ahí fue cuando nos contaron la aventura de Midelt ante nuestras atónitas miradas. Debimos tomarnos muy a pecho el llenar el buche para el resto del día porque todos ellos ya habían acabado de desayunar y nosotros todavía no y eso que habíamos empezado antes.

Al salir del desayuno nos encontramos a Hassan e Ibrahim sentados al sol con su “tenderete” montado para los turistas. Vendían fósiles del desierto que probablemente habrían comprado a los chavalillos, así como los cd´s con sus grandes éxitos del jembé. En principio les íbamos a dar una propinilla, pero cuando vimos el pastón que nos querían cobrar por los fósiles empezó la negociación y renunciamos a la propina. Al final le pagamos diez euros por una rosa del desierto y un fósil de caracola muy guapo. Lo del cd ya era demasiado, Hassan nos rebajaba (casi regalaba) pero el Ibrahim no tenía tan buenas pulgas con nosotros. Al fin y al cabo es su curro, y funciona más o menos igual en todos los lugares del tercer mundo: los que están más cerca de los turistas pueden disfrutar de mejores condiciones de vida.
Hassan era un tipo realmente extraordinario. Medio-hablaba un montón de idiomas. En castellano más o menos te entendías todo el tiempo, pero si no probaba a ver si le entendíamos en francés, o en inglés. El alemán decía que se le daba algo peor, pero sabía decir bastantes cosas en japonés. Evidentemente en bereber y en árabe nosotros no le entendíamos. Ríete tu de la escuela oficial de idiomas. Sólo con lo que se le pega de los guiris que lleva y trae a las haimas del desierto. Al verle decir una palabra en cinco o seis idiomas distintos pensé en cuantas y cuan ridículas conversaciones he participado acerca del uso del catalán o el euskera. Quizá todo sea cuestión de verlo con cierta perspectiva.

Nos despedimos de los 7 fantásticos y estábamos dispuestos a salir de nuevo a los 14 kilómetros de infierno por la pista (al menos era de día). Cuando Ibrahim vino corriendo y nos preguntó si le podíamos acercar a Rissani o a Erfoud. Le dijimos que sí y dijo que volvía en un segundo. Cuando volvió ya no tenia ni la túnica ni el turbante. Llevaba unos pantalones largos y un jersey, vamos, que lo otro es toda una puesta en escena para los guiris como nosotros. Y sí… lo consiguen. Impresiona.
Ibrahim nos la lio un poco, porque nos llevó por un camino más corto en kilómetros, pero había que hacer muchos más por la pista. Y supongo que tiene ojos para ver la diferencia entre las ruedas de un 4×4 y las del golfillo. Quizá el error fue nuestro al no plantearle la cuestión bien mascadita. El coche nos tenía que llegar hasta España por lo menos y es algo que quizá no intuyó directamente. Tardamos casi dos horas en llegar al asfalto y volvimos a vivir otra situación de Odisea / Penuria en la escala de Jorge. El coche se enterró en una duna que se comía la pista y alli nos vimos Ibrahim y yo apartando arena de las ruedas mientras Sarajayne le daba a la marcha atras y los guardabarros empezaban a escupir granos de arena. Daba igual. Estaba escrito que este había de ser un día perfecto y nada podía contrariarlo. Salimos del atolladero un par de veces más y en cuanto pisamos asfalto pusimos el golfillo a 110 km/h para sentir que seguíamos subidos a un coche y no al carro de las vacas.
A Ibrahim lo dejamos en Erfoud con un “hasta otra amigo”, quien sabe si nos volveremos a ver. Inshala. Paramos a echar petróleo y llenamos el deposito por unos módicos 450 DH. Nos esperaba una larga travesía salpicada de pueblos. Cuentan que esta es una de las partes del país más conservadoras, y pudimos observar la cantidad de mujeres totalmente envueltas en trapos negros. Verlas desfilar por la carretera, casi siempre portando algún tipo de enser, o churumbel, o ambas cosas, era todo un espectáculo. Pasábamos uno y otro pueblo, algunos con mercado algunos sin él. Lo más complicado de la conducción en estos tramos es esquivar las omnipresentes bicicletas. Algunos de los ciclistas sobrepasan con creces los 60 años y con la bici cargada de cualquier cosa van haciendo unas “eses” que cuidadín, cudadín…. En un pueblo que vimos tranquilo paramos para surtirnos de los vívieres para nuestros bocadillos: unos tomates, pan, quesitos, etc… en la tienda nos atendía un chaval de unos 16 años, que se le notaba a la legua, había heredado las maneras de frutero de su padre. Y que no había atendido a muchos guiris en su vida. Sus amiguitos estaban allí y se callaban ante nuestra presencia. A la que nos íbamos volvían a empezar las risas y comentarios. Es una sensacion un poco extraña. Te sientes como un ovni. Pero mola. Si te dan un poco de coba hasta puedes hacer alguna tontería que les haga reír, pero este no era el caso. Pensé que el chaval se lo podia tomar a ofensa.
Tiramos millas ya por carreteras que nos parecian la mismísima autopista hacia el cielo con el depósito lleno, agua y vívieres para sobrevivir el día y la ilusión de llegar a nuestro destino. ¡Ah! ¿qué cual era? pues aún no lo teníamos muy claro. La idea era llegar al día siguiente a Esaouira, pero la noche del medio dependiendo de cómo se nos diera el viaje. A Sarajayne no paraba de pitarle el móvil con sms de felicitación. Maravillas del protocolo GSM.
Para la hora de comer estábamos ya en Tinerhir, la ciudad oasis. Y la vista de la ciudad antigua es realmente impresionante. Íbamos algo apretados de tiempo y no tuvimos ocasión de internarnos en sus calles, aunque la vista desde el mirador parece impresionante. Según nos cuentan, no hay demasiados turistas.
Casi todo el mundo para por estos lares para visitar las gargantas del Todra, que están a unos 10 km de Tinerhir. Creo que tienen una fama inmerecida. Pues aunque su vista es realmente imponente, no creo que merezcan semejante romería. Es lo malo de los espacios naturales que molan. Que cuando se petan de turistas dejan de molar. Es lo que le ha pasado a este. Había demasiados tenderetes, demasiados turistas, demasiados autobuses. Con todo nos gustó, así que nos hicimos con una sombra y sacamos la navaja para seccionar las hogacinas, los tomates y el chope. Hora de comer. A Sarajayne le seguía pitando el móvil con sms felicitatorios. Hasta yo mismo estuve tentado de mandarle uno.
Las gargantas del Todra pueden estar muy bien para quienes gusten de la escalada, pues las inmensas paredes pueden ofrecer opciones interesantes. Son unos quinientos metros de carretera entre dos paredes de roca de más de cien metros de alto separadas por menos de treinta metros en algunas partes. El viento que sopla ahi dentro es realmente impresionante. Muy chulas si consigues abstraerte del turistismo. Al acabar el bocata con las vistas de la garganta nos echamos un cafeto al cuerpo y reemprendimos marcha.
Al bajar de nuevo dirección Tinerhir nos encontrábamos con chavalillos que vendían unos camellos trenzados con hojas de palma. Me recordaban a los “gatos” que mi abuelo me enseñaba a hacer con juncos cuando íbamos con las vacas en Villar de las Traviesas, pero estos eran algo más sofisticados. Los tenían hechos de tal forma que se podían colgar del retrovisor del coche y te pedian una propinilla por ellos. En un punto paramos a echar una foto y se nos acercaron dos críos. Se nos quedaban mirando y se reían. No decían nada, ni si quiera nos intentaban vender sus camellos de hoja de palma. Cuando le dijimos a uno de ellos que nos hiciera una foto no cabía en si mismo de felicidad. Tocaba la cámara como si fuese la cruz que encontro Indiana Jones al
principio de la última cruzada. Nos hizo la foto (que quedo bastante mal, por cierto) y se nos quedaba mirando flipando en colores. Pensad que es un país musulmán, y vivien en aldeas, aunque estén acostumbrados a los turistas. Ver a una pareja de jóvenes que van juntos y se abrazan para hacer una foto es algo que está más allá de cualquier contacto que hayan podido presenciar entre personas de distinto sexo. Un flipe. Intentamos negociar por el camello que el chavalín casi nos regalaba, pero en estas apareció un tercero, un chaval algo mayor que ellos, de unos 12 o 14 años que corría como alma que lleva el diablo con un armatoste hecho también con hojas de palma y que asemejaba un coche. Si parar siquiera su carrera y con un movimiento preciso introdujo la cabeza por la ventanilla, lo colgo del retrovisor sin tocarlo y puso la mano para recibir la pasta. Le dijimos que “gracias” pero que queríamos hablar con los otros dos chavaillos. No hubo manera. No nos lo quitábamos de encima así que tuvimos que mandarle a paseo y pirarnos de allí. Lástima. Charlar con los dos niños era muy divertido.
Nos volvimos a quedar con ganas de entrar en Tinerhir pero no había tiempo. Ya habíamos decidido que nos quedaríamos a dormir en Ouarzazate y aún nos faltaba un trecho. Así que empezamos a darle cera al golfillo. Atravesamos un montón de pueblos a velocidad de crucero y luego zonas desérticas con rectas interminables. En algunos tramos llegábamos incluso a los 120 km/h. Un flipe.
La tarde iba cayendo y como viajabamos hacia el oeste el sol se escondía en el horizonte ante nosotros. Fue entonces cuando buscando entre los cds para cambiar la música me encontre con el recopilatorio de Lou Reed y no me pude imaginar otra canción más adecuada para ese momento. Yo estimaba que con que Sarajayne se lo estuviera pasando la mitad de bien que yo ya estaría disfrutando de un verdadero feliz cumpleaños. Con las ventanillas bajadas y con los altavoces a todo trapo, empezo Lou a desgranar los primeros versos de “Perfect day“: “Such a perfect day, drinking sangria in the park. And then later when it gets dark we go home….“. Bueno, no teníamos sangría ni parque ni si quiera casa… pero era un día perfecto igualmente.
¡¡¡¡ F_E_L_I_Z——C_U_M_P_L_E_A_Ñ_O_S——S_A_R_A_J_A_Y_N_E !!!!
¿Por cierto, quien dijo que no se le podían poner puertas al campo? En Marruecos lo hacen continuamente, y una vez hasta nos paramos para hacer una foto.
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Conseguimos llegar a Ouarzazate aunque demasiado tarde y demasiado cansados para lanzarnos a la aventura del pueblo. Así después de regatear un con vil que nos quería tangar por todos los lados acudimos a un hotel Ibis con desayuno incluido por 500 DH los dos. Casi precio europeo, aunque el hotel era cómodo y es lo que necesitábamos. También buscamos un sitio para cenar y encontramos el más pijo de la ciudad, donde hasta nos dieron cerveza. Una cosa fabricada en Casablanca que no sabia a nada… pero oye… después de varios días sin probarla hasta parecía una Mahou cinco estrellas. Como a Sarajayne no podía faltarle el pastel de cumpleaños, aprovechando un despiste por su parte le di instrucciones al camarero de que en el postre plantara una vela encendida porque era su cumple. El hombre me miró con cara extrañada. Caí en la cuenta que lo de eso de una vela en una tarta puede ser como la tortilla de patatas. Tan fácil, tan práctico y tan poco internacional. El hombre no entendía la jugada pero asintió. A los cinco minutos aparece en la mesa con una tarjeta y un boli para que le escriba el nombre de Sarajayne. Cagada número dos, camarerito. Sarajayne se ha coscado que algo se cuece. Sin embargo, la pobre estaba tan cansada que hasta se le llegó a olvidar. Hemos de decir en este momento que nos pusieron de comer como si fuésemos quince.
Al llegar el postre este fue el resultado:
¿No está del todo mal, no?
Y así se nos acabó aquel día en el que Sarajayne pudo celebrar ese cumpleaños de una edad en la que eres lo suficientemente madura para saber un poquitín de qué va la vida y lo suficientemente joven para seguir impresionándote con cuanto descubres en ella.
Que cumplas muchos más… y yo que lo vea.
Just a perfect day.
May 21st, 2007
Día 5. Dunas de Merzouga.
(el coche ni se movió que bastante tuvo ayer)
Voy a salir a la calle
a deshacer mi destino
que es bueno estar en la lona y equivocar el camino
Podés comprarte una casa, podés comprarte un asilo
hay cosas que no se compran, vos sabés bien lo que digo
Y nada de lo que me digas amor,
va a sacarme de este desierto
Fito Páez
En principio algo desierto es algo donde no hay ná de ná. vacío, sin vida, desierto de tó! .. sin embargo el estar allí evoca tantísimas cosas que abruma. Un auténtico berenjenal de sensaciones. Algo más que desierto, mucho más que desierto.
Amanecimos atontados, sin haber digerido del todo la gran aventura del día anterior. Que locura. Salimos de la habitación expectantes de ver a la luz del día dónde co.. habíamos acabado. Que pasada, vemos la pista por donde nos trajeron los golfillos (ambos, el coche y el motovil). Flipante, ¿por ahí vinimos? [Risa nerviosa].
El hotel Yasmina se distingue del resto de los hoteles de las dunas de Merzouga pos su emplazamiento idílico e inmejorable a orillas de un pequeño lago a ala vez que por completo metido en las dunas. En el justo límite entre el desierto/pista pedregosa e infame y el desierto/dunas de película. Un último reducto antes de la nada. Lujoso reducto! - Hotel. 1 noche 250 DH por persona.
Tras quedarnos estupefactos con el panorama nos disponemos a disfrutar de un día 100% “desierto”. Para ello empezamos por, al filo de la hora límite, dar cuenta de nuestro primer desayuno en el Yasmina: zumo de naranja, tostadas con mantequilla y unas exquisitas mermeladas, bollería y café bastante peores y una especie de crepes francamente buenos. Una vez cebados decidimos tomarnos con calma el resto de la mañana para poner en orden cuerpo y mente el fin de hacernos receptivos a todas las energías desérticas. .
El día anterior le habíamos preguntado al jefe Yossuef (gerente, recepcionista, relaciones públicas además de amo y señor del garito) por una posible excursión en dromedario haciendo noche en haimas al otro lado de las dunas.. (otro gran consejo de la prima Elena, quien había disfrutado de la experiencia). El nos miró asombrado meneando la cabeza “¿por que tu no dijiste antes?” (reservaste) “excursión completa, hay sitio para dormir pero no dromedarios”. Vaya, está claro que somos un poco desastre… en fin, en ese momento saco a mi primita de la chistera. Elena y su amiga Helga habían estado varios días en enero y se habían metido en el bolsillo a todo el personal del hotel. “Las girls” de Londres, claro que se acordaba, una sonrisa acude a sus labios, bueno, va a intentar buscarnos un par de dromis. Esta hecho! Gracias Elena!! –( Haima + dromedario: 400 DH / por cabeza)
Al filo de las 12 de la mañana tras confirmar que efectivamente Yossuef nos había conseguido los animalillos y que la excursión partía del hotel sobre las 4, cargados con mochila-kit de supervivencia (agua, bocatas, cámara, libreta..) y vestidos con look- desierto (crema protectora, gafas de sol, pañuelos, gorros, botas de montaña, ropa de manga larga) cruzamos la puerta del Yasmina en dirección a la nada. Caminamos largo rato volviendo la vista atrás sólo para observar el Yasmina y el laguín cada vez más pequeños…
La primera reacción una vez “metidos en arena” fué ponernos a sacar fotos como locos. Una detrás de otra, ahora yo, ahora tú, alguna más con el móvil, un sin vivir! Como cuando algo es tan alucinante que cuesta creer que esté pasando y buscas “pruebas no perecederas” para que no se te olvide nunca y no te tomen por tarado desequilibrado al contarlo. Algo así. ¿Cómo describirlo? Ni 100000 fotos bastarían.
Es una sábana anaranjada moldeada por los caprichos de Eolo.
Es un mar tal cual, con sus olas y sus crestas pero sin vida, estático, congelado en el tiempo.
Es “la playa” como dicen los nativos.
Es el infinito y más allá, el principio del final, el silencio. La quietud. La soledad.
Seguimos subiendo y bajando dunas (las botas de montaña y el pantalón largo fueron claros aciertos, se lo ponen más difícil a la arena a la hora de colarse). Nos pusimos como objetivo la duna más altas que se veía. El último repecho es matador, la arena deja de estar dura y al ser la pendiente tan grande se te hunde el pié hasta el tobillo. Cada paso que das, por el movimiento de la arena retrocedes medio y el acelerar lo hace casi peor, así que lo único que funciona es la paciencia y el “pasiño a pasiño faise o camiño”.
Llegamos arriba, ooooooooh, recuperamos aliento, que pasada. Nos sentamos, que flipe, pero 10 minutos más tarde sabemos que no es suficiente, nuestra quietud ha sido rota por dos tipos con sendos quads que navegan por las dunas como si ná y desde aquí se ve una duna más alta que nos tienta mil a la que ellos no puede subir. De nuevo hasta arriba, a lo más alto, la cumbre de nuestro Sáhara particular, sufrimos los repechos, hacemos cumbre, mereció la pena. Desde aquí ya vemos el final de las dunas, debe ser Argelia, y también avistamos haimas bereberes. Aun hay montañas más altas pero muy lejos…bufffff
Aquí en lo alto te sientes pequeñín pequeñin, ínfimo, el mismísimo Joe se queda sin palabras
¿Qué piensas ¿ ¿Qué eres? Desiertas quedan las palabras ante tal magnitud de arena amontonada. Mola mucho. Te acuerdas de gente con la que te gustaría compartirlo, hasta mandas algún msm. Que pasada la tecnología . Quietud. Silencio. Luz. Lorenzismooooo

Nos quedamos bastante rato en silencio, sumergidos en nuestros propios pensamientos y navegando con la mente por el mar de arena infinita que se extiende a nuestros pies. No sé cuanto tiempo. Al cabo de un rato el estómago ya protesta y comenzamos la bajada, ya eran cerca de las 3 y pensamos en volver a comer los bocatas en una sombra del Yasmina.
En una duna grande Joe se atreve a probar la modalidad ”bajar corriendo a toda leche y a ver que pasa” . Subidón de adrenalina y Sobrevive.. asi que la otra va detrás, pero “a rebolos” , que es una modalidad más gallega. No funcionó tan bien. Se traga mucha arena
De vuelta en el Yasmina nos aposentamos en el patio/terraza y dimos cuenta de nuestros bocatas de pan de ayer y chope marroquí y una buena Coca cola /Fanta. De postre un té. Se está genial aquí, el hotel tiene sólo unas 25 habitaciones y hoy no está lleno, de hecho acabamos de hacer la reserva para los 7 fantásticos que están de camino, a nombre de Fátima claro, Yosueff no se aclara,
“¿ella marroquí?”
“no , no, es española, el nombre es por la virgen de Portugal” me intento explicar,
“ah, asiente “ pero pa mi que no entiende.
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El caso es que además de la gente que trabaja en el hotel (dos construyen una nueva estancia, otros se sientan a las sombra en silencio, mientras espera en el patio un agujero a medio hacer para albergar quizás una futura piscina) estamos pocos guiris por aquí. Unos catalanes charlan con el jefe debajo de unas palmeras vestidos de blanco cual “memorias de Afrrica” a la vez que fuman de una cachimba. Y más cerca , en la mesa de al lado un grupo de unos 8 palidísimos alemanes armados de todo tipo de ropa de Coronel tapioca acaban de llegar también de las dunas. Sudan como pollos. Viene el camarero-metre-hombre azul, es un chico super alto de amable trato y sonrisa franca a recoger su pedido. Una de las deutsches se levanta y cuenta señalando con el dedo: “ein, zwei, drei, vier.. fünf Biere!!”
El hombre azul sonríe , el hombre que acompaña al grupo (también con pintas de alemán) acude en ayuda. La mujer que piensa que el hombre azul no entiende, yo ya no puedo con el descojone. Le explican que no , que se baje de la burra, que estamos en Marruecos y que aquí no se lleva eso de la birra. Ja jaja, lo cambian por cocacolas. Menuda banda.
Se hacen casi las 5 cuando empezamos a ver más movimiento. Parece que nos vamos. Cogemos mochila kit-noche en el desierto (pijama y saco) y bajamos a conocer nuestro medio de transporte. 5 gabachos ya están montados en los suyos esperándonos. La caravans de travesía se compones de 7 mascantes dromedarios atados uno detrás de otro. Los nuestros son los 2 primeros, yo monto en el de cabeza, yupi!!
Joe, se compra un pañuelo para hacer juego con la estampa y monta en el segundo. Sin más dilación en marcha. Hay que llegar a las haimas antes de la puesta de sol.
El paseo es precioso,la luz va bajando y se crean bellisimas sombras, se perfilan las dunas más suaves y el calor ya no aprieta. Es ideal. Nuestras propias sombras nos saludan desde lo alto de estos gigantes animales. Son realmente grandes..en otro orden de cosas estos no están muy limpitos que se diga y el mío en concreto no para de mascar una pasta blanca pero que muy asquerosa. Me da miedo que le de por escupírmela! Puag,
“Drome-cabalgamos” algo más de una hora, suficiente para que el culete quede resentido. Pasamos varios grupos de haimas , algunas para guiris como nosotros, otras de verdad, donde viven auténticos bereberes (digo yo)
Llegamos a nuestro destino. Desmontamos y corremos a lo alto de una duna a disfrutar del espectáculo del fin del día. El sol baja rápido, más de lo que nosotros trepamos!
Vemos el sol desaparecer y con él luces y sombras. El paraje sería perfetu sino fuera por el grupo de catalufos (un familia de 7 que han venido en una caravana paralela a la nuestra) y gabachos que nos acompaña ..pero por lo menos no son ruidosos
Nos quedamos un rato más disfrutando de la entrada de la noche. Caray, ya refresca, la arena se siente fresca bajo los pies. Nos apeamos de la duna ya sin ver donde pisamos..pero no tiene mucha pérdida. No hay nada con lo que tropezar!
De vuelta al campamento el grupo se ha acomodado en “el patio” que queda entre el circulo de haimas a tomar un té y a charlar con Hassan, el guía bereber que nos ha guiado a través de las dunas que es super majo. Nuestro particular oasis se compone de 3 haimas para guiris, que no son mas que telas coloristas sobre un par de estacas de madera y con el suelo de arena cubierto de colchones de fina espuma. Las mantas son las mismas que hacían de asiento en el dromedario. La haima no está cerrada y el viento pasa entre techo y paredes. Va a ser una noche fría. Han repartido las haimas por “grupos/naciones”: una para gabachos, otra de catalanes y otra berciano/gallega, i.e. Pablo e máis eu (Hassan nos ha explicado al llegar que tenemos nuestra propia haima y me ha preguntado si estoy contenta..ummmm, vaya con el bereber).
Además hay otra haima donde tienen “la cocina” –un camping gas- y duermen los dos guías Hassan e Ibrahim y creemos que la cocinera, mujer de Hassan y dos hijos suyos ( que apenas vemos)
Tras el té ya viene la cena. Hassan se afana en aplastar la mesa de arena y trae palangana y regadera para que nos lavemos las manos. Y a continuación el super banquete!! Toca una peazo tallin por nación asi que Joe y yo salimos ganando claro. El resto se mueren de envidia por la parte que nos toca.
Está buenísima, las zanahorias sabrosísimas y al comerlas con la mano más, el pan mojado en esa salsa con guisantes aplastados ummmmm . Exquisitísmo!.
No somos capaces de acabarla pero casi. “se recoge la mesa” y lllega el turno de la música. Hassan empieza a deleitarnos con canciones a ritmo de jembé, más que nunca sentimos que estamos en África. Canta canciones de su tierra, de estribillo pegadizo. Ibrahim deja de escaquearse y comienza a tocar con él. Los dos a dúo nos animan a que acompañamos con palmas y repitamos cosas indescifrables. La cosa es algo guirista de más pero la música es bonita y Hassan le pone alma.
Entre canción y canción miramos hacia atrás y flipamos con la luna. Una vez más “la suerte nos acompaña” y tenemos la mejor noche posible en el desierto. Ayer había bruma y no se veía la luna. Hoy está ahí, clara y además llena, eclipsa a miles de estrellas y dibuja dunas de arena luna.
Toca el turno musical de los guiris, horror, nos van a hacer cantar! Primero los catalanes se deciden por una canción infantil, claro. Luego los gabachos, una canción de patria,de estas interminables. Luego nos toca irremediablemente. Y ahora que. No se nos ocurre nada!! Pánico.
Joerrrrr, marronazo, yo ya dejé de razonar hace rato, Joe, mucho más valiente, sigue entero. Pues cantamos “la flaca” de Jarabe, pos vale, pos ala, tu mismo. Yo ni me sé la letra. Pero el tio sale al paso y deleita al grupo con la mejor interpretación de “La Flaca” a ritmo de jembé que se ha escuchado en el Sahara. Enorme.
Bueno, tras el gran concierto la gente se va dispersando…nosotros aún nos animamos a una última subida a lo alto de una duna cercana a observar un rato el desierto bañado por la luz de luna. De nuevo indescriptible la sensación de sentirte un ser minúsculo. Muy Mágico.
Vaya noche. Ya refresca y estamos extenuados de sensaciones. Nos retiramos a la haima.
Ponemos el despertador a las 5:45 para ver el amanecer de un nuevo día.
Sentimiento de mucha plenitud, no se me ocurre mejor forma de acabar un día..ni de comenzar el segundo cuarto de siglo de una vida.
May 17th, 2007
Día 4. Fez-Merzouga. 510 km.
Un Road Trip al desierto.
Caminante son tus huellas
el camino nada más;
caminante no hay camino
se hace camino al andar
Sarajayne y yo nos levantamos creyendo haber soñado la misma pesadilla. Unos extraños espíritus flotaban por nuestra estancia del palacio en forma de voces y cánticos. Ya despiertos convenimos en que no había sido una pesadilla. A eso de las cinco de la mañana el muecín de la cercana mezquita había comenzado el llamamiento a la primera oración del día, las demás mezquitas se iban haciendo eco, pero se oían realmente cerca, casi dentro de nuestros oídos.
Comenzaba el cuarto día y nos esperaba la jornada con más horas de carretera de todo el viaje. El objetivo era llegar al hotel Yasmina, cerca de las dunas de Merzouga, una lengua de arena que anticipa el desierto del Sahara. Este hotel nos había sido recomendado por Elena de Paz, y habíamos hecho una especie de reserva vía telefónica. No había tiempo que perder así que nos despedimos rápidamente de todo el grupo y salimos en busca del golfillo.
Justo enfrente de donde habíamos aparcado el día anterior había una tienda. Una de esas tiendas estilo al “ultramarinos” de toda la vida que ya casi ha desaparecido en España. En Marruecos las hay a miles. Compramos dos hogacinas de pan, unos quesitos, yogur líquido, unos bollos de chocolate, un litro de leche, zumo y algunos otros víveres que nos sirvieran para el desayuno y la comida del día. Total 39 DH, menos de 4 euros. Saliendo de Fez paramos en una cafetería de la ciudad nueva para chutarnos un café antes de acometer el largo viaje que nos esperaba.
Este era uno de los días que se nos planteaba más complicado. Eran muchos kilómetros por un terreno totalmente desconocido. No sabíamos si seríamos capaces de completar el plan, que estaba lleno de incertidumbres, por eso decidimos salir tan pronto. Del éxito de esta jornada dependía básicamente que pudieramos continuar con el plan inicial o no. Confieso que el desierto siempre me ha atraído. Me produce una idea de inmensidad a la que no me puedo resistir. Al mismo tiempo es algo que parece, al menos a priori, totalmente remoto. Al final no es tan difícil llegar, pero para eso hay que ir primero, claro.
Tras el café llenamos de nuevo el depósito del golfillo. 370 DH por 3/4 del depósito, más o menos un euro por litro, igual que en España. Eso si, para los marroquís la gasolina es un verdadero lujo, por eso no hay muchos coches por la carretera, y los que hay van más que cargaditos.
Tras abandonar definitivamente Fez y tras los controles rutinarios de la policía en los accesos a las principales ciudades, nos fuimos acercando a Ifrane, que viene a ser el Baquiera-Beret del reino alauí. Unos kilómetros antes ya nos habíamos dado cuenta de que la temperatura había descendido hasta rozar los 2 ºC, y que había alguna que otra colina donde se podía ver algo de nieve. Aún así no estábamos preparados para lo que estábamos a punto de descubrir en Ifrane: casas repijas de diseño ultramoderno, un balneario grandísimo, coches 4×4 de las primera marcas (Porche incluída), etc… creímos haber dado con el lugar de vacaciones de invierno para los marroquís acaudalados. No nos interesaba demasiado así que seguimos tragando kilómetros.
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Poco después llegamos al desvío de Azrou, donde se encuentran los cruces de las carreteras que van a Fez, Marrakech, Meknes y Merzouga. A partir de ese punto te encuentras durante decenas de kilómetros con impresionantes bosques de cedros enormes. En las cunetas aparecían hombres que mostraban una especie de tarros de plástico o cristal con un líquido anaranjado. Nos quedamos con las ganas de saber lo que vendían: ¿miel?, ¿ámbar?, ¿resina?.
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Cada kilómetro recorrido nos traía nuevas sorpresas. A partir de Azrou los paisajes se tornaron algo maravilloso para disfrutar incluso a través de la luna de un coche. Algo realmente único. Lo mismo estábamos ante una enorme recta techada de cedros de más de sesenta metros de altura, que una serie de curvas rodeando lagos o pedregales, que atravesábamos pueblos en los que los hombres nos miraban sentados desde la puerta de sus casas. Algunos de los puertos de montaña que sobrepasamos en ese tramo rondaban los 2000 metros de altitud. Los hombres tiranban de sus burros cargados hasta los topes de bártulos por las cunetas, y esa imagen nos llevaba a las aldeas tibetanas. Algunos tramos eran verdes, otros desérticos, otros pantanosos, y con solo girar una curva en cambio de rasante te encontrabas con un inmenso bosque. Todo esto, con las impresionantes cumbres del Atlas al fondo, otros dos mil metros por encima de nuestro nivel. Casi todo el tiempo se podía conducir a unos 80km/h, llegando incluso a los 100km/h ya que la carretera estaba prácticamente desierta. Hacía muchísimo tiempo que no me divertía tanto conduciendo.
El único pueblo medianamente grande que aparecía en el mapa era Midelt, el cual rebautizamos como middle (of nowhere). Como se acercaba la hora de comer creímos que era una buena baza parar unos kilómetros antes para comer el bocadillo y aprovechar Midelt para tomar un café. Y así lo hicimos. Nos apartamos en un camino aledaño a la carretera y navaja en mano nos pusimos a cortar las hogacinas y el chorizo envasado al vacío que habíamos traído de casa. (el embutido de cerdo marroquí… como que no). Nos pegaba un viento gélido que sólo mitigaba el sol que brillaba con fuerza. Dentro del coche te morías de calor. Fuera te congelabas. Zampamos en vida y cambiamos de conductor. Diez minutos después estábamos en Midelt.
Asociación de ayuda a los bereberes de Midelt
Paramos en Midelt sólo para tomar un café. He de decir que soy bastante cafetero, pero Sarajayne es una auténtica yonki. Y qué coño… después de comer, era lo suyo. Al aparcar frente a una acera ya teníamos a un vil al lado conduciéndonos al Café-Restaurante París, que es donde trabajaba: no piensen ustedes en una reproducción de un café parisino. Era un garito con tres mesas, una nevera y la cocina a la vista. “¿Sois de Madrid? ¿Cuatro Caminos?“.
Le pedimos dos cafés solos y le pedimos que nos enchufara un rato el cargador de la cámara de fotos que se había agotado. Al lado comían tres parejas de motoristas españoles. Un coruñés estuvo un rato hablando con nosotros: también iban a Merzouga. Todo el mundo para en Midelt porque está justo a medio camino y no hay ningún otro pueblo medio grande. El vil era bastante atento y hasta nos empezó a caer majete. A los motoristas les estaba ofreciendo no se qué de una visita a una asociación que tenían. Pasaron bastante de él. Cuando nosotros nos íbamos también nos quiso llevar a su asociación. No nos hacía mucha gracia y se él mismo se pispó así que nos dijo que sólo nos iba a dar una tarjeta. Le dije que fuera a buscar la tarjeta y que nos la llevara al coche que ya sabía donde estaba aparcado. El tío se ponía pesado de más y darle largas ya empezaba a ser algo violento. Tampoco le interesaba mi trato y vio que por ese lado no iba a sacar gran cosa. Entonces nos empezó a comer la oreja con que su asociación ayudaba a la gente de las montañas y que si le podíamos dar algún regalo. Después de mucho pensarlo le di un pantalón de chandal que tenía y casi nunca me pongo. Aún así se me quedó mal sabor de boca. El tío llegó a conmoverme pero ya me había parecido un vil. Nada comparado con lo que nos contaron un par de días después Fátima y los madrileños.
Pasaron por Midelt unas horas más tarde que nosotros, pero era ya muy tarde y pararon para hacer noche. Otro personaje del pueblo les fue con el mismo cuento: la asociacion de ayuda a los bereberes de las montañas. Como no tenían otra cosa que hacer fueron a ver qué pasaba por allí. Les llevaron por separado a uno a cada habitación y empezaron a ofrecerles todo tipo de enseres, de alguna manera obligándoles a comprar. Les intimidaron a cada uno por separado diciendo que esa era la tradición y que si no compraban nada no se podían ir. Alguno que otro llevaba subidito el nivel de THC en la sangre y las debió de pasar bastante putas. Acabaron comprando lo más barato que había y al mínimo precio posible solo para salir de allí. Nuestro amígo del café París también estaba allí. Todo el puto pueblo estaba compinchado. Y ya que es un lugar de paso y no es fácil retener allí a los turistas, han ideado esta especie de asociación que ayuda a las pobres gentes de las montañas para sisarte todo lo que pueden los hijos de la gran puta.
Conclusiones: 1) En palabras de Víctor: “Todo lo que suene a cooperativa o asociación… malo”. 2) No se te ocurra parar en Midelt por nada del mundo. Y si acaso cometes el error ni se te ocurra acercarte a la asociación ni entablar ningún trato con toda esa panda de viles.
Una vez abandonado Midelt entramos en una zona mucho más rocosa y desértica, que sería la tónica general de ahí en adelante. El paisaje era chulísimo y la conducción lo seguía siendo, aunque a estas alturas debería ser Sarajayne quien lo dijera, pues era quien iba al volante. Paramos a hacer un par de fotos y nos adelantaron los motoristas, que nos pitaban al pasar. Poco después les adelantábamos nosotros en medio de más pitidos. Y le fuimos cogiendo vicio porque empezamos a pitar a la nada, a saludar a los paisanines de los pueblos, a pitar en las curvas, en las rectas, a sacar la cabeza por la ventana, poner la música a todo trapo, a cantar en inglés con acento de Labaniego y todo ese tipo de chorradas que empiezas a hacer cuando ya llevas demasiadas horas metido dentro de un coche.
Nos encontrábamos rectas interminables con montañas rocosas al fondo, cañones en forma de media luna rodeados de palmeras, empezaban a aparecer oasis de vez en cuando, un embalse gigantesco, chavales en bici a decenas de kilómetros del pueblo más cercano. Seguíamos tragando kilómetros por la carretera general, disfrutando del sol de la tarde, riéndonos de todo y sintiendo las gomas del golfillo rodar sobre el asfalto: la carretera era nuestra.
Erfoud
Y entonces llegamos a Erfoud. La capital regional. Eran cerca de las seis de la tarde y ya estábamos bastante cansaditos del coche. Paramos a comprar unas pipas y más agua que se nos acababa. Teóricamente ya solo nos quedaban 40 km para el hotel y el merecido descanso. Nos ponemos a comer pipas para relajarnos. Un niño se nos acerca para pedirnos dinero. No hay dirhams, pero alguna de las chuches que nos hemos comprado si que le damos. Cuando acabamos las pipas nos ponemos en marcha de nuevo. Al arrancar el golfillo empieza a oler a quemado que te cagas y un humillo blanco sale bajo el capó…..
Nos acordamos de todo el santoral al tiempo que salimos corriendo del coche y levanto el capó para ver que pasa. Un montón de gente se arremolina en medio del coche. Un tipo nos dice incluso que si queremos que traiga un extintor. La primera sensación es de pánico total. Nos encontramos en el punto más lejano de casa de todos los que vamos a estar en este viaje. ¿No podía haber pasado algo así en Algeciras? Aparece un tío que supuestamente tiene un taller y se ofrece para desmontar el motor. En principio declinamos la oferta. No sé si el hombre estaría homologado como proveedor oficial de Volswagen. El humo solo duro unos segundos y ya no huele a quemado. Probamos a arrancar y va de maravilla. El hombre de la tienda que ofrecía el extintor nos ofrece su teléfono por si hay más problemas. De momento no. Salimos echando leches para Merzouga con el susto aún en el cuerpo. El momento ha llegado a Odisea/Penuria en la escala de Jorge.
Los viles de los cruces
Aún no son las 19h y estamos camino de Rissani. Está anocheciendo ya. Nos ha pillado el toro por entretenernos con las pipas. Al llegar a Rissani ya es noche cerrada. El pueblo está atestado de gente y aquí caemos en la cuenta de la existencia generalizada en todo el país de un tipo muy concreto de tío vil: el vil del cruce. Su técnica es bastante depurada. Se sitúan en una intersección de una calle o carretera en la que el camino a seguir no está muy claro para el turista que llega despistado. En cuanto te acercas y reduces para mirar las señales se acercan corriendo para “indicarte” ellos mismos. Por su puesto han visto la minúscula letra que en tu matrícula identifica tu país y ya te hablan directamente en tu idioma. Las primeras veces nos quedamos un poco flipados, pero aquí en Rissani ya era un canteo. Había tanto vil en el cruce, que al verlos a todos abalanzarse sobre el coche salí afilando rueda en la primera dirección que dios me dio a entender. Por suerte era acertada y estábamos camino de Merzouga.
En la carretera de Merzouga ya era noche cerrada. El aire era seco y al lado de ambas cunetas se intuía el comienzo del desierto. En algún punto, incluso había tramos de asfalto completamente cubiertos de arena. Os lo aseguro: te los encuentras y acojona. Llegamos a Merzouga y volvimos a encontrarnos a otro vil en otro cruce. Nos hace la misma jugada. Le preguntamos por el hotel Yasmina y nos quiere llevar al hotel de su prima la muelles. Le mandamos a mamarla (el tío realmente tenía pinta de cabrón) y intenta hacernos de guía hasta el Yasmina. “Que te pires, pesao”. Preguntamos a otro tío que parece que regenta un hotel/pensión. Maquinando: “Si le decimos que ya tenemos la reserva del Yasmina pagada no nos abrasará para que nos quedemos en su pensión”. Inútil. Nos dice que es muy complicado llegar al Yasmina de noche y que nos vamos a perder. Que nos manda un chaval para guiarnos por una propinilla. Pasamos también de él. Ya nos empezamos a cansar de tanto vil.
Hay que tener en cuenta que aquí vienen muchísimos turistas a conocer el desierto. Muchos amantes del motor. 4×4, motos de enduro, quads, etc… incluso una de las etapas del Rally Dakar pasa casi todos los años muy cerca de Merzouga, y estos tíos están acostumbrados a vivir de esto. Al final llamamos al Yasmina y Youssef nos explica, más o menos que a medio camino entre Rissani y Merzouga hay que coger una pista de tierra de 14 km que nos llevará al hotel. Tenemos que desandar el camino. Es tarde, llevamos casi 500 km a las espaldas en lo que va de día por estas carreteras de Alá y no sabemos donde coño vamos a dormir. En cada cruce de la carretera nos paramos a ver los carteles de los hoteles que hay. Yasmina sigue si aparecer. Después de casi 20km de camino desandado aparece. Entramos en la pista que está medio señalizada, aunque sólo está preparada de verdad para un 4×4. Nosotros tenemos que ir a 20km/h. Si nos perdemos aquí estamos realmente jodidos.
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Vamos avanzando despacio tratando de pensar en cosas felices como comida caliente, una ducha o una cama donde dormir. Nunca tenemos la certeza de que llevemos el buen camino. Estamos en el puto desierto, son más de las nueve de la noche y aquí no aparece ningún vestigio de hotel, aunque sólo deberíamos estar a 3km. Bueno, a las malas, los asientos son reclinables y aún nos queda salchichón.
Nos adelanta un tuareg con un vespino destartalado, vestido con su túnica y su turbante. De repente reparamos en que hay más luces de otros vespinos que se mueven no muy lejos de nosotros. ¿será una emboscada? Al cabo de un rato (recordemos que avanzamos a la supersónica velocidad de 20km/h) vemos un cartel: Hotel Yasmina > 2,5 km. Yupiiiiiii!!! Estamos llegando. Imediatamente delatne hay un tramo de veinte metros de pura arena. Si meto el coche ahí no salimos ni de coña. Nos quedamos parados sin saber que hacer.
Uno de los vespinos se nos acerca. Le preguntamos si hay otro camino para llegar al Yasmina. Nos dice que sí, pero que es un poco complicado llegar. Se ríe. Esto no pinta nada bien para nuestros intereses económicos. Le pido que nos explique y me despacha con un par de vaguedades. Sarajayne y yo empezamos a calcular cuanto nos va a cobrar el cabrón por llevarnos hasta el hotel. No le pagaremos más de 50 DH. Le pedimos precio. Nos dice que 100DH. Le decimos que si flipa o qué pasa. Que 50 y va que arrea. El tipo dice que ese es el precio y que el no empieza más alto para luego regatear. Y que si no nos interesa, pues nada. Arranca la moto y avanza un par de metros. Me veo en la humillación de decirle que pare y que sí, que te vamos a pagar tus putos 100 dirhams, motovil de mierda.
El cabrón nos lleva en menos de cinco minutos y por una pista por la que se puede conducir a 40km/h hasta el mismo hotel. Al bajar le vacilamos con el pago. Se ríe lo justo, pero cobra sus 100DH. No teníamos mucha opción y ellos lo saben, por eso se pasan la noche paseándose con sus vespinos por el desierto. En busca de algún par de incautos que se pierdan.
Aparcamos y entramos en el hotel. Yossuef nos dice que gracias a Alá que hemos llegado y que aún podemos cenar. Nos lanzamos sobre la comida como dos auténticos muertos de hambre (bueno, eso era yo, Sarajayne mantenía la compostura), con los ojos excitados por la luz después de varias horas en la total oscuridad del desierto. Las manos temblorosas de la adrenalina y las piernas del cansancio. Quizá deberíamos preparar estos viajes un poco más para evitarnos estos incidentes. Aún así…. tenemos estrella. Todo nos acaba saliendo bien.
Tenemos un plato con comida caliente, agua potable en medio del desierto, una cama donde dormir y una duchita de agua caliente para quitarnos el polvo de tantos kilómetros recorridos. Y además, tenemos un sueño cumplido, pero de eso no seríamos del todo conscientes hasta mañana.
May 6th, 2007