Archive for September, 2005

El perrito de George

Desgraciadamente esto no es un chiste.
Acabo de leer en Rebelion que la pagina web oficial de la Casa Blanca tiene una seccion permanente dedicada a Barney, el perrito de George W. Bush. Podemos llegar mas lejos en la degeneracion de la politica?
No se pierdan a Barney

1 comment September 26th, 2005

Rio sin mucho lio. Unos pasos por Brasil. Parte I

Entre los pasados dias 29 de agosto y 11 de setiembre de 2005 hice un viaje por Brasil con mi gran amigo Jose Miguel Gutierrez, al que todos conocemos como Guti. Esta es la cronica del viaje, donde uno se puede hacer una ligera idea de lo que dio de si.
————————————

Al principio no lo tenía demasiado claro. Se acercaban mis largas vacaciones de verano y ya que había pasado tanto tiempo fuera de casa me apetecía bastante estar en España. Pero en el fondo sabía que era un viaje al que no me podría negar. Cuando Guti me confirmó que el director del hotel en el que trabaja nos había conseguido 6 noches en el hotel Copacabana Palace de Rio de Janeiro supe que era una oportunidad que de ninguna manera podíamos desaprovechar.

Así que procedimos a cerrar las fechas para las dos primeras semanas de setiembre, sacamos los billetes e hicimos un plan de viaje bastante poco detallado y por supuesto siempre abierto a la improvisación. Bueno, en realidad si le quitamos la improvisación el plan se queda casi vacío, pero bueno.

El viaje de ida

El domingo 28 por la noche Guti salía de trabajar a las 20h y 5 horas más tarde estaríamos volando. Quedamos en un bar de Antón Martín donde solemos ir a comer para cenar algo y de paso que nos hicieran unos bocatas para llevar, que diez horas y media de vuelo es mucho vuelo y el cacho de pollo ese que te pone Iberia no es que alimente demasiado. Por si acaso nos surtimos de un bocadillo de jamón y otro de cinta de lomo. En la tele estaban poniendo el Cadiz-Real Madrid. El Madrid iba ganando 1-0, gol de Raúl, creo.

Cogimos un taxi a Barajas y tuvimos ocasión de aburrirnos durante un buen rato hasta que pudimos embarcar. El vuelo, aburridísimo también. Por suerte me dormí cosa de 3 o 4 horas y no se me hizo demasiado largo. Casi sin darnos cuenta estábamos aterrizando en suelo brasileiro. Dejamos que saliera toda la gente del avión y nos quedamos los últimos tratando de desempanarnos un poco. Al llegar a la puerta del avión, vemos que de la zona de primera sale un mulato cachas del cual me suena la cara… ¡coño si es Ronaldo! Sale delante de nosotros y se pone a hablar con dos coleguillas suyos. A la sazón, Robinho y Baptista. Que casualidad. Empiezo a pensar en cuántas veces he oído en la tele eso de “Romario/Bebeto/Ronaldo/…/ se fue unos días a Brasil”. Pues ahí los teníamos a los tres. Y es que al cabo de unos días jugaría la selección brasileña un partido de clasificación para el mundial del 2006 contra Chile. Aunque a esa parte ya llegaremos…

Nosotros nos ponemos a la cola de inmigración (evidentemente los afamados futbolistas no tienen que pasarla) y les perdemos de vista. Ya había pasado casi todo el mundo así que no tuvimos que esperar mucho. En esa cola me di cuenta de una cosa que me colmó de felicidad. Ya lo había oído en las noticias, pero verlo es otra cosa. De los 4 o 5 puestos de inmigración que había, en uno de ellos se podía leer: “U.S. citizens only” o lo que es lo mismo, “Sólo los americanos de la USA”. Ese puesto era el único que tenía una cámara digital acoplada y un lector de huellas dactilares. Me colmó de placer ver como al menos hay un gobierno en el mundo que le planta cara al gobierno del imperio. No sé si será porque me toca personalmente, pero yo estoy hasta los mismísimos cojones que cada vez que vengo a Chicago tenga que esperar una cola que a veces llega a ser de una hora, para que un señor policía me fiche como si fuera un delincuente y me haga preguntas sobre de donde vengo a donde voy y donde trabajo, máxime cuando es información que ya figura en el visado que le tuve que pedir a su gobierno. Así que me parece de una dignidad absoluta el hecho de que al menos haya alguien que les devuelva la moneda. Al mismo tiempo que me parece vergonzoso que ningún gobierno de nuestra admirada Unión Europea se haya atrevido a hacer algo parecido. En fin, que tampoco es tan importante. Pero si que me llegó al alma el cartelito.

Después de recoger las maletas empezamos a caminar hacia la salida del aeropuerto y acordamos que ya estamos en Brasil, que esto ya si que es el país al que hemos venido y que a partir de ese momento tenemos que encender el chip de “cuidado que me pueden estar tangando”. Efectivamente, justo antes de salir a la terminal están las casetas de los taxis. Nos ofrecen uno a Copacabana por 67 reales (A partir de ahora, 3 reales = 1 euro). Intentamos regatear pero no ceden. Pasamos de su culo y nos dice que fuera nos va a costar más. Eso ya lo veremos. Empezamos a regatear con un taxista y se lo sacamos por 50. Yo me doy por satisfecho aunque Guti quería apretar un poco más. Para regatear entre dos siempre conviene utilizar la misma táctica: “poli bueno, poli malo”. Ni que decir tiene que yo era el poli bueno. A mi no se me da demasiado bien hacer el vil con los precios, pero es que por muy bien que se me diera no podría ser ni la mitad que a Guti. Así que los papeles están claros. Cuando el vendedor no quiere bajar el más el precio y seguimos con la sensación de que nos están tangando, el poli malo se cabrea y dice que mejor pasamos y el poli bueno dice que a el no le importa pagar ese precio pero que el poli malo no quiere… casi siempre funciona. Eso si, por muy buen precio que consigas, no lo dudes, te han tangao.

Atravesamos la ciudad en medio de un tráfico espantoso el lunes a las 8 de la mañana. Casi al salir del aeropuerto nos damos de bruces con una de las crudas realidades de Brasil. Una de las favelas más grandes del país es atravesada por la carretera que va al aeropuerto. Tiene más de 100.000 habitantes, nos cuenta el taxista. También dice que esa carretera por la noche es muy peligrosa. Más adelante nos enteraríamos que el capo absoluto de la favela está en la cárcel, pero que maneja los negocios desde allí. Los brasileños se refieren a toda esta situación simplemente como “la violencia”. Los robos, asaltos, tráfico de drogas, secuestros… todo se engloba bajo “la violencia”.

Con todo el tráfico tardamos casi una hora en llegar al hotel. Después de atravesar un par de túneles nos encontramos ya con el mar, en la avenida Atlántica, que va paralela a la playa de Copacabana. Allí nos deja el coche con nuestros bultos y ya en la recepción, Guti (a partir de entonces, el señor Gutierrez) se encarga de dialogar con los empleados y, más o menos, dejarles bien clarito que venimos por el morro (por si hubiera alguna confusión).

El hotel
Yo nunca en mi vida había estado en un hotel así y la verdad es que al principio flipé un poquito. He de decir que todo esto se lo debo a Guti y a su rango y posición dentro de su empresa, que si por mi fuera lo llevábamos clarinete. Hubiéramos dormido en cualquier antro de la ciudad.
Nos dieron una habitación en la quinta planta, que era la más pija. Internet gratis, barra libre todas las tardes, acceso a la terraza principal de hotel y un mayordomo/relaciones publicas todo el día por allí, por si querías alguna cosa. La habitación era un poco pequeña y al principio renegamos un poco hasta que de nuevo reinó la cordura… coño! Si estamos aquí por el morro… solo falta que nos empecemos a quejar por el color de las cortinas. Isabel, la jefa de recepción nos obsequió con una botella de excelente champagne francés. Ya que en la habitación no se respiraba demasiado romanticismo, decidimos guardarla para una futura ocasión.

Cada mañana teníamos el desayuno también por el morro. En el restaurante que daba a la piscina disfrutamos cada mañana de un bufet a tope de todo: frutas, bollería en general, queso, huevos, todos los zumos del mundo, etc… Total, que la táctica a seguir estaba clara: ponernos de comer hasta las orejas y ahorrarnos una comida al día. Desde luego que el país no iba a obtener muchos ingresos del turismo con turistas como nosotros. Cada mañana pensábamos lo mismo: eso les pasa en el hotel por invitar a viles españoles como nosotros.

Poco después descubrimos que la piscina estaba abierta 24h. Eso le quita cualquier mérito a un bum! a la 1h de la mañana como algún día hice. En lugar de vigilar que nadie te vea tienes a un camarero colocándote dos toallas en la tumbona. En fin, que le quita un poco de gracia.

En Río solíamos salir a pirular por la ciudad cada día después del desayuno y volver a media tarde para tomarnos un café con Enrico, el mayordomo, y unas pastas, pegarnos una ducha y empezar con los gin-tonics para ir haciendo hambre. Luego salir a buscar algo de cenar y si se tercia alguna cerveza por ahí. Y esa era básicamente la rutina en lo que al hotel se refiere.

Sinceramente no recomiendo a nadie que sea mi amigo que se vaya a un hotel de 5 estrellas, ni aunque sea gratis. Para mi fue una experiencia interesante y sobre todo barata. Pero pensar que hay gente que pague 300 o 400 euros por una de esas habitaciones una sola noche, me parece un total desperdicio de dinero. Además, como os podéis imaginar, no había nada de ambiente. Y los clientes, eran por lo general, bastante estirados. Sólo hacíamos buenas migas con los empleados. Y luego, claro, nos veían llegar con esas chanclas y esas camisetas de colores y más de uno se nos quedaba mirando pensando: “¿de dónde habrá salido semejante par de elementos?”. Una vez el portero del hotel, que es el que pide los coches nos preguntó si queríamos un taxi. Le dijimos que sí y ya nos quería encasquetar uno de los cochazos del hotel que te cobran un guevo por llevarte hasta la esquina. Le hicimos ir a buscar un taxi de los amarillos y se nos quedó mirando con una cara de “joder con los españoles, mira que son usmías”.
Lo dicho, que prefiero estar en un hostel, con el resto de la gente que viaja aunque tenga que dormir en una habitación con otros 10 gorilas a los que les cantan los quesos. Se conoce a más gente y en general te lo pasas mucho mejor.

Río de Janeiro
Los primeros días los pasamos de miranda por la ciudad. Río está situada en un paraje espectacular. Realmente digno de ser visto. La ciudad, empotrada entre el mar y las montañas serpentea por todos los huecos donde la orografía se lo permite. Las playas de Botafogo y Centro se adentran en la bahía, mientras que las de Copacabana, Ipanema, Leblon y Sao Conrado se abren al Atlántico. Montañas como el Corcovado, Dois Irmaos o el mítico Pao de Açucar se elevan cientos de metros al mismo lado del mar. Esas mismas montañas, alrededor de la Floresta da Trijuca son escaladas hasta la misma roca por las innumerables favelas que parecen vivir en perfecta armonía con la modernidad de la ciudad. Para rematarlo, en el mismo medio del mar de edificios aparece una laguna, la Lagoa, que tiene 7 km de perímetro y es como un pulmón para esta ciudad en la que viven más de 6 millones de seres humanos.

Serán los mitos que circulan acerca de Brasil o será que no hay como ver para conocer. Pero los primeros días nos quedamos bastante sorprendidos del poco ambiente que había en la ciudad una vez que se iba el sol. Durante el día todo el ambiente está en las playas. Allí es a donde van todos los cariocas a disfrutar de su tiempo libre. Pero uno se imagina que al caer la noche todo es samba y desenfreno en la ciudad de los carnavales. Pues nada más lejos de la realidad. Río es una gran ciudad en la que la gente trabaja y suele ir bastante centrada en sus asuntos. Eso sí, al igual que todo Brasil, existen grandes desigualdades y por eso hay en la calle mucho buscavidas, por lo que tienes que andar con mil ojos, especialmente por la noche.

Nos habían recomendado ir a todos los sitios en taxi de noche, pero la verdad es que pasamos bastante del consejo y cada día, después de cenar, con eso de bajar la cena nos metíamos unos buenos pateos por las calles de Ipanema y Leblon. Cada vez que nos dábamos cuenta de que nos habíamos equivocado de calle tratábamos de no dar ningún giro brusco. Caminábamos como si supiésemos exactamente a dónde íbamos, y sobre todo, cada vez que nos cruzábamos con alguien se imponía el silencio absoluto, tratando de auto-declararnos como guiris. Debio de funcionar, porque incluso una vez una señora nos preguntó por una dirección.

Aún así no encontramos ninguna zona de copas ni nada que se le pareciera. Encontramos algunos bares y algunos restaurantes decentes, pero siempre lo mismo: uno aquí, otro allí, el otro a 20 minutos de taxi. El rollo de la noche en Río funciona mucho a través de los colegas. La gente sale en grupos más o menos grandes, supongo que cubriéndose las espaldas los unos a los otros. Una noche salimos con algunos de los empleados del hotel y al acabar la noche nos dijeron que la ruta que habíamos hecho era la típica de la noche carioca. Yo me había pasado toda la noche sentado.
En ningún momento sentí peligro en Río, pero si que vi detalles que, como dice Guti, te hacen pensar que aunque no ves a los malotes… están ahí. Al subir a un coche, lo primero que hace el conductor es bajar todos los seguros. Y de noche nadie para en los semáforos. Simplemente reducen un poco y si no viene nadie tiran millas. Conocí a un chaval que me contó que llevaba 3 años viviendo fuera del país y al volver se dijo a sí mismo que no iba a vivir todo el día pendiente de los malotes porque sería como vivir en una cárcel. Al cabo de una semana le robaron la cartera y el móvil a punta de pistola cuando estaba parado con el coche en un semáforo. Ya véis. La violencia.

Los cariocas se cuidan bastante. Va muy en su naturaleza. Todo el día ves gente haciendo deporte. En la playa jugando al voley o al futboley, corriendo, en bici, en patines. Niños jugando al futbol a las dos de la mañana, las playas llenas de surferos… todo el mundo está haciendo deporte.

Las garotas no nos impresionaron demasiado los primeros días. Pensábamos que no estábamos viendo nada que no se viera en Madrid. Bueno, una diferencia si que había: las cariocas llevan mucha menos ropa, o al menos de dimensiones más reducidas. Pero, para que vamos a negarlo, a uno se le iban los ojos con bastante frecuencia. Aunque sinceramente, con este blacor de piel, y esta barriga, si tenía alguna remota esperanza de ligar en las playas de Río se me quitó en cuanto vi, por un lado a los cachitas de turno, y por otro, lo altivas que son las cariocas. Yo que venía de Noceda de comer garbanzos y chorizo, me veía impotente en el templo del cuerpo.

Dicen que un carioca, para comprobar si de verdad le interesa una chica le hace la prueba de la arena. Cuando se conocen la invita a cenar o a tomar algo un día. Si la chica intenta disimular con la ropa los ángulos menos favorecidos de su cuerpo, al día siguiente la invita a la playa. Y ahí si que no hay escapatoria. Supongo que pasará igual al revés, no?

Actividad, la justa
La verdad es que Río nos lo tomamos con bastante tranquilidad. Sin mucho estrés ni muchas actividades programadas.
Una de las mañanas alquilamos un par de bicis y nos fuimos siguiendo la carretera paralela a las sucesivas playas: Copacabana, Arpoador, Ipanema, Leblon hasta llegar a Sao Conrado que estaba prácticamente desierta. Este recorrido son casi 10 kilmetros y en ningún momento dejas de estar en Río. Alli pasamos por la entrada de La Rosiña, otra macrofavela. Las casas parecen colgarse de la montaña y llegan hasta la misma carretera que está construida en el único hueco que queda antes del acantilado que da al mar. A la entrada de la favela un par de coches de la policía y un par de ellos con una metralleta cada uno, en medio de la carretera. Lo curioso es que creo que casi ni siquiera nos dio mal rollo.
Sao Corrado es una playa de unos 5 kilómetros de longitud. Al principio esta bastante llena de gente porque hay un par de hoteles grandes, pero a medida que te alejas está casi desierta. Allí paramos a darnos un baño y le pedimos que nos echasen un ojo a las cosas a una pareja de cincuentones que estaban tomando el sol.
Las playas son también un poco peligrosas por varias razones. En primer lugar, que si te descuidas te roban hasta las cejas. Los brasileiros ni si quiera llevan toalla a la playa. Por otra parte, por muy tropical que sea, es el Atlántico y es mar abierto. A mi me encantan las olas, pero el primer día del viaje, en Copacabana tuve una experiencia bastante chunga: veía venir esos olones y yo todo emocionado trataba de subirme a ellos. En una de estas, me vi demasiado metido en el berenjenal y cuando trate de salir ya era demasiado tarde. La ola me revolcó vivo y fui a dar con la cabeza contra el suelo. Tragué más agua y más arena que en toda mi vida. Según Guti, mis pies salieron a flote un par de veces. Cuando por fin pude asomar mi cabeza y empezar a correr hacia la orilla vino otra ola y se repitió la operación. Otra vez a tragar agua… Cuando casi desmayado salgo medio arrastrándome a la orilla, veo a Guti todo tranquilo mirando al horizonte mientras yo casi me estaba muriendo. Resulta que el tío estaba pensando “joder, el Pablo, como controla ahí metido entre las olas”. Eso si que es un amigo… ante todo confianza…
Bueno, pero con la lección aprendida el bañito que nos tomamos en Sao Conrado fue más tranquilo.
Al salir nos pusimos a charlar un rato con el matrimonio que nos había cuidado las cosas. El hombre se llamaba Salomón Levi, y era judío de origen marroquí. Nos contaba que su abuelo había luchado durante la guerra civil española a favor de la República por las montañas de Andalucía. Los dos eran muy simpáticos y nos contaron un montón de cosas interesantes.
Nos contaban por ejemplo que la policía casi nunca entra en las favelas, y que cuando lo hace hay una guerra y un montón de muertos. Que al mismo tiempo la gente que vive en las favelas nunca ataca la ciudad. Y que aunque hay mucho malandruca que vive en ellas, también hay mucho trabajador que tampoco tiene otro lugar donde vivir.
La mujer nos contaba que las brasileñas estaban mejor de cuerpo que las españolas, pero que las españolas eran más guapas de cara. También nos recomendaron un par de sitios para ir a ligar. Y nos insistieron bastante en que no nos fuéramos con prostitutas porque en Brasil hay mucho sida. Agradecimos el consejo aunque también mostramos que no era necesario.
Y ahí nos vimos en la playa, con una señora de más de cincuenta años, que no veas tu como estaba a pesar de la edad, y su marido hablando de donde están las mejores garotas de Río. Definitivamente eso nunca pasará en España.
Acabamos cogiendo nuestras bicis y dando la vuelta entera a la Lagoa disfrutando de la calurosa tarde del invierno de Río de Janeiro.

Otro de los días nos pusimos en plan guiri y fuimos a visitar el Cristo Rendentor y el Pao de Açucar. No es que pensáramos hacerlo el mismo día, pero una vez que empezamos, decidimos concentrar todo nuestro guirismo para que se nos hiciese menos pesado. Nos habían recomendado coger el tren que sube al Corcovado y que llega justo hasta los pies del mismísimo Cristo. Así que cogimos un taxi para que nos llevara a la estación del tren. El taxista, vio su oportunidad y decidió hacernos un “preço especial” por llevarnos el mismo hasta el Corcovado, esperarnos y volver. En principio no estábamos muy convencidos, pero el tío parecía bastante personaje así que accedimos solo por que nos diera un poco de palique. Con los brasileños es muy fácil. Si quieres entablar conversación sólo tienes que decir “Real Madrid”, ya tienes por lo menos para un par de horas. Si ves que el tema se te agota pruebas con “Ayrton Sena” y ya tienes para otra media hora por lo menos. Nuestro guía del día se llamaba Albino, se sabía al completo la alineación del Madrid de los últimos tres años y le encantaba Fernando Alonso. Y además odiaba a Barrichelo. Por lo visto no era el único. Todo Brasil le odia. Albino decía que era un “filho de la gran puta” que solo quería el dinero y que no trabajaba nada, que sólo vivía del cuento. Nos contaba que se pasaba el día entero en el taxi y que tenía una hija en la universidad. Una vez más, la desgracia de Brasil. La clase media no existe. Quizá la hija de Albino dentro de algunos años pertenezca a esa clase media emergente. Pero mientras tanto su padre se pasa más de 14 horas al volante para poder ir tirando. Según Albino, a las favelas debería entrar la policía y quemarlas enteras con todos sus habitantes dentro. Como veis, el hombre era un poco radical en sus opiniones, pero nos reímos un rato con él.

La vista desde el Corcovado es espectacular. Yo siempre había soñado en visitar ese Cristo desde que una vez, cuando era pequeño vi una postal que envió un tío de mi madre que vive en Sao Paulo. Aparte de que es todo un símbolo, siempre me pareció algo fascinante, un Cristo gigantesco vigilando toda la ciudad… Y allí estábamos, observando como la ciudad se acurruca entre el mar y las montañas, y como busca ocupar hasta el último rincón habitable entre el agua y la roca. Eso es algo que no te dicen las postales.
Hicimos las fotos de rigor y nos tomamos una cerveza mirando al Pao de Açucar, al pie del cual nos dejaría Albino un poco más tarde para visitarlo también. Si alguien tiene que elegir entre subirse a uno o a otro, recomiendo encarecidamente el Corcovado.

Las noches se componían habitualmente de una copiosa cena y un paseo arrastrando los pies para bajarla. Visitamos alguno de los famosos rodicios, en los que por un precio fijo tienes “barra libre” de carne y ensaladas de todo lustre. Visitamos el Barra Brassa para la carne y salimos bastante contentos. Mientras que del Marius Crustaceus, especializado en marisco, salimos bastante escocidos. Primero porque el marisco no era nada especial y luego por el rejón que nos metieron. Lo peor de todo es que todo el mundo nos había recomendado ese lugar como lo más de lo más… en fin… que no debemos estar hechos para la vida del turista.

Ahora que me acuerdo, al lado del Barra Brassa nos encontramos con una de esas cosas que, cuando estás de vacaciones pueden bajarte el buen rollo a la de ya: dos comisarías de policía contiguas. Una era la “Tourist Police” y la otra la División Especial de Secuestros, cuyo emblema era la cabeza de un águila, debajo de la cual había una cadena rota por un rayo. Piensas, madre mía… que no tenga que ser yo trabajo para estos…

Salto al vacío (I)
Una de las cosas que nos ofrecieron en el hotel y que no pudimos renunciar, fue un salto en ala delta. Aunque yo estaba un poco acojonado me decidí a probarlo y la verdad es que fue una pasada. Apenas tienes tiempo de nada. Salta el monitor y tú como pasajero así que después de ponerte los arneses apenas tienes tiempo para decir Pamplona. Sólo te dicen. “un, dos, tres…” y a correr. Das cuatro o cinco pasos y ya estás en el aire con los cojoncillos escondidos entre el bazo y el duodeno. Pero una vez en el aire todo es maravilloso. Queda a la vista toda la ciudad, sobrevolamos La Rosiña (yo pensaba que si nos caíamos, quizá fuera mejor morir de la hostia que sobrevivir…), sobrevolamos la playa y en los virajes pasabamos cerca de las rocas de los Dois Irmaos. Atravesamos la carretera viéndonos cada vez más cerca de los coches, sobrevolamos el mar viendo cómo los surferos se subían a las olas, y aterrizamos en la playa a una velocidad de vértigo, frenando al clavar los pies en la arena. Cada una de esas imágenes han quedado grabadas a fuego en mi retina.
A Guti no le pareció tan excitante. Le proponía al monitor que se acercara un poco más a las montañas a ver si así se acojonaba un poco más. El tío le miró con cara de “tu flipas, o que?” y poco más.

Después del salto nos bañamos en la playa de Arpoador, pero no hacía muy buen día (ya sabéis lo duro que es el invierno en Brasil) así que nos volvimos al hotel. Antes fuimos a recoger una cesta de ropa que habíamos dejado para lavar en una lavandería cercana (no me quiero ni imaginar lo que nos hubieran cobrado en el hotel…). Y el resto del día transcurrió bastante tranquilo. Ya teníamos ganas de coger el avión el día siguiente para Salvador, porque en el Copacabana Palace nos estábamos empanando demasiado.

Al día siguiente bajamos a recepción con nuestras mochilas y hablamos con el portero para que llamara a uno de los taxis amarillos.

3 comments September 26th, 2005

Salvame de Salvador. Unos pasos por Brasil. Parte II

Salvador de Bahía

Un vuelo de la compañía Varig, de unas dos horas de duración, nos llevó hasta Salvador de Bahía. Allí nos esperaba un taxista que habían enviado desde la Pousada do Boqueirao. a recogernos. Allí habíamos reservado dos noches aunque finalmente sólo nos quedamos una. Hablamos con Nino, un italiano de unos 60 años que nos puso un poco sobre la pista y nos ayudó a orientarnos en el Estado de Bahía. Había vivido en Madrid hace muchos años y era la eficiencia en persona. Se lo sabía todo (horarios, teléfonos, pousadas…) y nos fue de gran ayuda. Teníamos demasiadas cosas que hacer y demasiado poco tiempo. Empezamos a arrepentirnos un poco de habernos quedado tantos días en Río. Chapada da Diamantina, Itacaré, Morro de Sao Paulo, Fernando de Noroña… demasiados sitios a donde ir y solo 6 días…
Subimos a la habitación a meditar el plan. La casa era realmente impresionante. Una antigua casa colonial con toda la madera del suelo restaurada, una cocina impresionante, una terraza que daba al mar. Todo lo que vale la pena del Copacabana Palace lo teníamos allí y encima con un ambiente mucho más familiar, y con huéspedes más enrollados. Eso sí, esta pensión la teníamos que pagar.
Tras echarle un ojo al calendario decidimos que nos quedaríamos sólo una noche en Salvador, que iríamos un día a Morro de Sao Paulo (una isla a unas dos horas en barco) y que luego volveríamos para ir a la Chapada (un parque natural a unas 7 horas en bus) durante 3 días. El plan era un poco matador, pero queríamos optimizar el tiempo. Eso nos dejaba sólo un día para Salvador así que salimos a comernos la calle.

Pelourinho
La pousada esta situada en la parte más antigua de la ciudad, conocida como O Pelourinho. Una maravilla de barrio de arquitectura colonial, lleno de colorido, pero desgraciadamente cayéndose a trozos. Caminar por las calles te produce, en primer lugar un sentimiento agridulce. La belleza de sus rincones se contrapone a la decadencia general que se percibe. Demasiados edificios necesitan demasiadas reformars.
El segundo sentimiento que te produce el Pelourinho es dolor de cabeza. Al acercarte a las plazas principales una horda de buscavidas comienza a acosarte desde todos los ángulos posibles vendiéndote todo tipo de collares y enseres varios. Los primeros que nos pillaron nos aturraron tanto que decidimos comprarles 3 collares cada uno y llevarlos bien a la vista para espantar a todos los siguientes, porque si no nos iban a dejar en paz.
Estábamos buscando un sitio donde comer y los camareros se ponían de lo más pesado intentando llevarnos a su garito. Los niños se acercaban para pedirnos dinero a cada paso. Era un horror.

Así que decidimos salirnos un poco de las calles principales y allí encontramos un par de lugares que tenían buena pinta y donde se respiraba una cierta tranquilidad. Estuvimos preguntando por la feijoada y la moqueca y los precios nos parecieron razonables, así que nos quedamos. La señora que atendía el lugar era muy simpática. Tenía en la radio a Caetano Veloso y cantaba sus canciones a grito pelao en medio de la calle. Nos daba palique sin parar y hablaba de Río, de Bahía, de la música brasileira, de Vinicius de Moraes, en fin, un poco de todo.
Nos tiramos allí un buen rato entre las cervezas y la estupenda feijoada que nos zampamos. Esa tarde jugaba Brasil contra Chile en partido clasificatorio para el mundial de Alemania 2006 y nos apetecía ver el partido entre la torcida brasileira, así que le preguntamos a la señora donde podíamos ver el partido. Nos recomendó amablemente que fuéramos al bar de un amigo suyo donde también estaba su marido. Que ella llamaba a un taxi para que viniera a buscarnos. Nos dijo que allí no habría turistas y que por lo tanto tampoco nos iban a dar la brasa los vendedores. En principio aceptamos, pero luego, cuando el taxi tardaba en llegar yo me rallé un poco. Ya tenía asumido que la señora estaba esperando a su colega el taxista para llevarse su comisión. Eso es absolutamente normal en Brasil y no me importa si hay que pagar unos reales de más. Pero me mosquea que me hagan los planes cuando el que está de vacaciones soy yo.
Al final nos acompañó a la parada de taxis y le explicó al taxista donde tenía que llevarnos. El hombre conocía el bar así que al taxi nos subimos.

La encerrona
Nos subimos al taxi y tardamos menos de 30 segundos en descubrir que nuestro chofer era el mismísimo Torrente, pero en mulato. Pitaba a todas las garotas que nos cruzábamos por el camino, sacaba la mano por la ventanilla como si les fuera a tocar el culo y hacía todo tipo de gestos y comentarios obscenos. El tío era bastante personaje.
Salimos callejeando del Pelourinho, pasamos por delante del estadio del Bahia y allí la carretera estaba cortada. Al parecer había un desfile gay. Nuestro amigo Torrente ya tuvo tema para el resto del viaje. “Gays…uhhhhkkk, maricones…uhheheekyyyy… “, como no seguido de todo tipo de obscenidades.
Dio la vuelta por una especie de autopista que rodeaba una favela enorme. Nos estábamos alejando de más del Pelourinho y el instinto empezaba a decirme que mantuviera los ojos bien abiertos. Llegados a un punto Torrente sale de la autopista y empieza a subir por una calle en cuesta con un desnivel del 40%. Mete primera y tiene que ir haciendo eses para que el coche suba mejor. Me quedo pensando que nuestra única esperanza es que esté atajando para llegar al otro lado porque la carretera estaba cortada. Pero tras recorrer unos 300m de cuesta llega a la cima de la colina, donde hay una enorme plaza llena de gente. Rodea en parte la plaza y vemos una especie de terraza-bar llena de gente, casi todos negros, tomando cervezas. “Aquí es”, dice Torrente.
Efectivamente. Estamos en el puto medio de una favela.
Torrente se baja a hablar con el jefe. Yo estoy sentado atrás y Guti delante. Nos miramos y casi sin decir palabra negamos con la cabeza al mismo tiempo. Esto huele fatal. Nos podríamos tirar el rollo y aventurarnos en el Brasil profundo de la favela. Pero son las cuatro de la tarde y cuando acabe el partido, a las seis, ya será de noche. ¿Como coño vamos a salir de aquí? Además, no vamos a estar cómodos viendo el partido. Vamos a estar continuamente con un ojo en la espalda por si vemos el filo de algún cuchillo.
La cabeza me empieza a funcionar a 20000 revoluciones por minuto y pienso en la mujer del restaurante, pienso en si le pagamos con mucho o con poco dinero, si nos vio cuanta pasta llevábamos en la cartera, la cámara de fotos, en como coño nos ha metido aquí si nos decía que el Pelourinho era muy peligroso para los turistas… Y pienso en que cómo hemos sido tan gilipollas como para meternos nosotros solitos en la boca del lobo.
Esto sentado en el asiento de atrás del Volswagen Polo del año la tana y veo que Torrente se ha dejado las llaves puestas. Por un momento me veo saltando al asiento del conductor y veo que salimos afilando rueda. Pero vemos que Torrente vuelve. Le decimos que nos hemos olvidado de algo en la pousada y que tire millas de vuelta al Pelourinho. Vámonos de aquí echando hostias.
Sale de la favela por otra ladera todavía más empinada. Los frenos del polo chirrían a medida que tiene que pararse porque hay niños jugando en medio de la calle. No tardamos mucho en llegar a la autopista y de vuelta. Ya dentro del Pelourinho Torrente se pone a callejear por sitios por los que pienso que si para el taxi tampoco saldríamos de ahí… Por fin llega de vuelta a la parada del taxi. Le pagamos y nos perdemos entre la multitud de guiris que circula por allí. Encontramos un bar de hamburguesas donde ya ha empezado el partido. Nos pedimos dos cervezas y nos pasamos 10 minutos sin hablar. Casi acabando las cervezas y cuando Brasil ya ganaba 2-0 (goles de Robinho y Adriano) nos miramos y decimos: “uuuuffff”.

Nunca sabremos si realmente nos estaba haciendo el lío o nos recomendó el lugar de verdad. Pero creo que no comprobarlo fue la mejor decisión. Creo que todavía podemos alcanzar altos niveles de excitación corriendo riesgos mucho menores. Al final Brasil ganó 5-0. Volvimos a la pousada y nos tomamos un par de caipirinhas para relajarnos.

Por la noche volvimos a dar una vuelta por el barrio. Un policía en cada esquina y verdadera sensación de peligro donde no los había. Solo había un par de bares decentes abiertos y el rollo que tenían eran de turisteo de lo peor. No eran ni las nueve de la noche y la calle ya estaba llena de malandrucas y el ambiente era bastante asqueroso en general. Decidimos que teníamos que salir por pies de allí, y salir por pies de Salvador. Todo aquello era un agobio innecesario.

September 26th, 2005

Muito legal. Unos pasos por Brasil. Parte III

Viaje al Morro
A la mañana siguiente tuvimos que ponernos a funcionar contrareloj. La logística era complicada puesto que había que sacar billetes de ida y vuelta a Morro de Sao Paulo, luego a la Chapada, buscar allí alojamiento, había que pagar la pousada, desayunar y salir al puerto cagando melodías porque se nos piraba el barco. Así que al final sacamos solo un billete de ida para no complicarnos mucho la vida.
Llegamos al catamarán de las 9h. Un barco de unas 100 plazas que iba a la mitad. Empezamos a abandonar el puerto de Salvador, desde donde se diferenciaba perfectamente la cidade alta. No puedo decir que me diera mucha pena dejar atrás esa ciudad de unos dos millones de habitantes y una extensión inmensa.

En el barco nos colocamos a proa, viendo como saltaba sobre las olas, a medida que avanzábamos. Guti estaba demasiado callado, sentado en un banco y yo empecé a preocuparme un poco. Sobre todo cuando le vi levantarse tambaleando para volver a dentro. Fui a ver como se encontraba y lo descubrí llamando a Braulio: Brrrrrrrraaaaaauuu, Braaaaaaaaaaauuu. Mi sorpresa fue mayor cuando tratando de averiguar de dónde había sacado la bolsa vi que había una atada a cada silla. Miré alrededor y para mi asombro descubrí que más de una persona ya había hecho uso de ella. Y yo que me reía tanto empecé a sentir que mi estómago ya empezaba también a centrifugar. Desaté la bolsa por si acaso, pero al final no tuve que usarla.
En medio del viaje un tropel de gente salió hacia fuera y siguiéndoles descubrí el motivo: a unos 500 metros a estribor pudimos disfrutar de un espectáculo maravilloso: dos ballenas jugaban saltando y dejándose caer desalojando ingentes cantidades de agua. Las estuvimos viendo durante casi cinco minutos. Yo nunca antes había visto una ballena y creo que no cerré la boca mientras las tuve a la vista. Ni si quiera se me ocurrió sacar la cámara para hacerles una foto.

Al cabo de un par de horas estábamos en el embarcadero de Morro de Sao Paulo. Sacamos nuestras mochilas del montón y desembarcamos en la isla. El embarcadero estaba, como no, lleno de buscavidas que nos ofrecían todo tipo de paquetes turísticos para los próximos días. Me preguntaba porque casi todos llevaban un carretillo y no tardé mucho en descubirlo: en Morro de Sao Paulo no hay carreteras. No hay nada asfaltado. Es una selva en la cual casi lo único que esta habitado es la costa. Pero no hay edificios más allá de 300 metros de la playa. Los carretillos eran los taxis y en los que llevarían las maletas de los turistas recién llegados.

Como aún disfrutamos de buenos lomos declinamos la oferta y preferimos tirar de nuestras propias mochilas. En cuanto nos encontramos con los 100 metros de ladera que hay que subir para salir del puerto nos planteamos la idea anterior. Como posteriormente diría Tania, nuestra amiga bahiana “ninguen merece esa ladeira”. Nadie se merece tener que subir esa rampa cargado con más de lo que lleve en los bolsillos. Y ahí están los taxistas carretilleros subiendo y bajando maletas, fruta, cajas de leche y todo tipo de productos de abastecimiento.
Echando la gota gorda conseguimos llegar arriba, a una especie de plaza del pueblo donde había una iglesia y un montón de tiendas. Ese era el centro de Morro. Después están las playas. Llevan los originales nombres de: Primera Playa (de unos 500 metros de longitud), Segunda Playa (de unos 300 metros), Tercera playa (sobre 1 km), cuarta playa (4 km) y quinta playa (14 km). Casi todo se concentra entre el centro, la primera y la segunda playa. La tercera es un poco más tranquila y la cuarta y la quinta son playas casi desiertas, donde apenas hay un par de hoteles.
Nosotros íbamos enviados por Nino en busca de Paolo, un napolitano que tiene un restaurante y una pequeña pousada en la tercera playa. Caminamos por la “calle” del centro Morro. Un camino de arena de playa de unos 3 metros de anchura. A ambos lados hay tiendas, restaurantes, agencias de viajes, salones de masajes, de todo. Todo muy bien cuidado. Bajamos otra rampa y unas escaleras hasta la primera playa. Uno de los carretilleros, al cual le faltaba una mano, se ofrecía a llevarnos las mochilas otra vez. Sus compañeros tiraban por carretillos llenos de maletas con las ruedas hundidas en la arena. Atravesamos la segunda playa y llegamos a la “calle” de Paolo. Al parecer él no explotaba la pousada, sino sólo el restaurante, así que nos derivó a Luigi, su vecino de enfrente que había abierto hacía un par de meses su nueva y flamante pousada “Genova”.

La Pousada
Luigi es otro italiano que se pasó 15 años en Argentina. Era dueño de una empresa de transporte internacional, hasta que tras el “quilombo” (como el decía) la tuvo que vender. Como no se adaptaba a volver a vivir en Italia, invirtió unos duros en la pousada y ahí se estaba pegando la vida padre. Las habitaciones estaban muy bien y nos cobraba 60 reales (unos 20 euros) por cada una. Y lo mejor de todo es que allí estábamos en familia.
Allí estaba Luigi y los empleados que tenía (entre ellas, Patricia, una negrita con rasgos indios a la que tenía como novia), Paolo y su gente, y todos los huéspedes de las 3 o cuatro pousadas que había por allí, que nos juntábamos para desayunar en la de Luigi. Casi todos éramos españoles o italianos. Luigi decía que los brasileños se gastaban, o bien 10 reales por noche, o bien 400. Que en Brasil no hay término medio.

Nada más llegar nos invitó a una cerveza. Le dijimos que sólo nos íbamos a quedar una noche y nos dijo que nos apostaba lo que quisiéramos a que no nos íbamos a marchar al día siguiente. Le dijimos que nos lo íbamos a pensar, pero después de pisar la cuarta playa no hubo mucho más que pensar. Luigi hubiera ganado la apuesta y nosotros nos íbamos a quedar allí el resto de las vacaciones. Ir a la Chapada da Diamantina era un poco complicado y allí parecía que lo íbamos a pasar de puta madre, así que no hubo más que hablar. Cuando le dijimos a Luigi que nos quedábamos nos dijo que ya le habían llamado para reservar las habitaciones y él les había dicho que estaba todo lleno para los próximos días.

Morro de Sao Paulo
El Morro es un sitio genial. Es una belleza de isla tropical que tiene una gran ventaja sobre cualquiera de los paraísos naturales que te puedas encontrar para pasar unas vacaciones de playa: no está masificado y la mayoría de turistas son locales (esto es, brasileños).
No es un resort en medio del océano porque no tiene carreteras y por lo tanto no atrae a los turistas comodones. No hay grandes hotelacos ni turistas que busquen el “todo incluído”. Muchos de los propietarios de los negocios son europeos que estaban hartos de su estresante vida de oficina y se han retirado a pasar un tiempo aquí. La mayoría de los empleados son gentes locales que viven muy bien a costa del turismo, argentinos que viajan buscando un cambio de aires y buscavidas en general.
Es un lugar bastante protegido y no hay ningún tipo de violencia. Los vendedores de la playa necesitan licencia, lo cual aleja a los malandrucas. Todo está bastante controlado (a lo brasileño, claro está) y todos cuidan de ese enclave que es el Morro, puesto que todos saben que el desmadre sería malo para todos.

Allí tirados en la cuarta playa, a más de 500 metros de cualquier otro ser humano, debajo de las palmeras, esperando a que pasara algún carrito para pedirle unas cervezas, nos dimos cuenta de que era la primera vez en todo el viaje que nos podíamos permitir bajar la guardia y cerrar los ojos de la espalda. ¿Cómo nos íbamos a marchar de allí?

Ya de noche, en la pousada, estábamos hablando con Luigi de cómo se había montado el negocio y recibió una llamada: su madre estaba en coma. Se acabó el buen rollo y tuvo que empezar a prepararlo todo para viajar a Italia al día siguiente. Así es la puta vida. Estaba hablando todo ilusionado de su proyecto y de repenta, raca, le dicen que a su madre la tienen que operar de urgencia y que quizá no salga de ésta. Le dejamos sólo y nosotros nos quedamos también un poco chof durante un par de horas, a pesar de que a ese hombre lo habíamos conocido esa misma mañana.

La marcha de noche está en la segunda playa. Y aunque nos dijeron que había mucha marcha la verdad es que nos defraudó un poco. El rollo era demasiado guiri. Pero salimos a cenar y nos encontramos con las “barracas”: puestos que hay en la playa donde apenas tienen una botella de vodka, una de ron y una de cachaça. Hielo, una batidora y un montón de frutas que no has visto en tu vida (también alguna que si has visto). Con todos esos elementos se pueden preparar unas caipirinhas que se caga la perra.
En frente de la pizzería donde cenamos tenían su barraca Tania y Pablo. Tania es un encanto de mujer. De color negro africano, grande sin ser gorda, con una sonrisa que te envuelve entero cuando te mira y una dulzura sin igual. Mirándola uno ve a la mismísima Madre Tierra. “Mis amigos españoles” nos llamaba. Nosotros le llamábamos La Bahiana, porque nos dijo el primer día que era antes bahiana que brasileña. Pablo era un argentino delgadito y con coleta, un autentico tirillas. Había llegado hasta allí aburrido de Buenos Aires, haciendo escala por diversas ciudades en el camino, viviendo de la artesanía. Llevaban como un año juntos y era un gusto hablar con ellos porque no te daban la brasa para que acudieras a su barraca y no a la de al lado. Así que hablando con ellos nos pasamos varias noches. Siempre nos tomábamos las copas allí y hemos de decir que estaban exquisitas. La caipiroska de cajú estaba de muerte, por no hablar de la piña colada… Hablamos mucho sobre el Morro, Buenos Aires, Madrid, las bahianas, los turistas y las diversas combinaciones de frutas para hacer cócteles.
Mientras estábamos allí, a eso de las 2 de la mañana, vimos como uno de los carretilleros/taxistas llevaba a un inglés todo borracho a su pousada. El guiri iba encima del carretillo totalmente inconsciente. Iba arrastrando un pie por la arena y sacando un brazo por el otro lado en una dudosa posición de equilibrio. El moco que llevaba era peliagudo y no sé lo que cobraría el taxista, pero tirar por semejante borracho por la arena de la playa tiene que estar pero que muy bien pagado.

Al día siguiente nos lanzamos a la actividad de la isla: estuvimos montando a caballo por la cuarta y la quinta playa, y fue allí donde descubrimos el paraíso perdido que puede ser esa isla y por la tarde nos tiramos en una tirolina desde lo alto de la colina sobre la que reposa el faro de la isla. Un cable de unos 300 metros de longitud que salva un desnivel de más de 100. Vas atado con un arnés y con sólo dar dos pasos de carrera ya estás deslizándote en el aire a 90 km/h. El aterrizaje se produce en pleno mar, con un par de botes en los que se traga agua a base de bien. Una auténtica descarga de adrenalina.
Al llegar abajo nos tomamos unas cervezas en el bar de Kaká, un viejete que decía haberse ganado el mote por los mocos que se agarraba con cachaça de la barata. Acababa de llegar de pescar unos cangrejos y a Guti se le antojó uno asi que se lo hizo a la plancha.
Luego nos volvimos a casa y le pedimos a Paolo que nos hiciera algo de pasta. Fue una cena genial. Nos quedaban dos botellas de vino que habíamos traído de España y nos las bebimos con él, mientras hacía los spaghetti. Estuvimos de charleta un buen rato despues de dar cuenta de ellos y como seguíamos teniendo hambre le pedimos unos filetes. Se puso a encender la brasa, seguimos bebiendo vino, hablando, fumando, los puso a la parrilla, nos los comimos y seguimos en las mismas. En total la cena puede que durara cerca de cuatro horas. Y así va todo más o menos en el Morro. Buen rollito y nada de estrés.

Todos los habitantes del morro tienen la costumbre de chocar cuando se cruzan. El modelo es bastante sencillo. Se trata de chocar la mano derecha con la palma abierta y luego chocar de frente el puño cerrado. Si alguien se te acerca a ofrecerte cualquier cosa y le chocas así significa que ya has estado en el Morro lo suficiente como para saber ciertas cosas. Si no sabes chocar significa que o bien acabas de llegar o bien eres un empanao. Al choque de manos siempre acompaña la pregunta “¿Tudo bem?”. Era genial. Es como si todos fueran colegas y sin embargo no tuvieras que sentirte obligado a hablarles si no te apetece.

La noche del Morro
Otra de las noches Guti no se despertó de la siesta. Eran las 10 y no se despertaba así que le peté en la puerta. Nada. Me fui a pasear por la playa. Volví. Nada. Me duché y me preparé para salir. No se levantaba. Me dije que qué coño y me fui a la segunda playa yo solo. Estuve como un par de horas con Tania y Pablo y luego me metí en el mogollón guiri. Daba un poco de asquito y eso que andaba por ahí una inglesa que habíamos conocido esa tarde y que estaba realmente buena. Todos estaban muy borrachos y el rollo era bastante decadente. Me comentan por ahí que a partir de esta hora lo único que queda es el “Ñ”, un garito de un español que está en la primera playa. Me voy para allá y ahí realmente si que aluciné en colores.
Allí es donde iban todos los currantes chuzos del Morro al cerrar sus respectivos garitos y donde se encontraba lo mejor de cada casa. Conocí a un catalán que llevaba 13 años viviendo en la isla. A unas brasileñas que había visto previamente en una de las barracas. Me encontré con Guillermo Toledo, que me dijo que viene muy a menudo por Brasil. Estuvimos tomando unas copas y echándonos unas risas. El ambiente era genial, aunque supongo que la mitad estaban completamente drogados. Eran ya las cinco de la mañana y la marea subía hasta colarse por debajo del garito, que era todo de madera y se encontraba suspendido sobre la misma playa. Estaba amaneciendo y los primeros rayos de sol rebotaban en el agua y se reflejaban en el cristal de los vasos. El bar daba hacia el este, por lo que poco después vimos como el sol se iba levantando sobre el horizonte. Fue uno de los amaneceres más bonitos que he visto en mi vida.
No recuerdo ya que hora era pero sí que al salir del Ñ nos tuvimos que mojar los pies en el mar. Los 6 o 7 últimos que quedamos allí nos fuimos a comer una hamburguesa al garito de enfrente y yo me fui a dormir con todo mi pedo cuando el sol ya estaba bastante alto. Fue una noche cojonuda.

Claro que también, hablando con algunas personas aquella noche, me di cuenta de que el Morro también tiene su lado oscuro. Algunos de los oriundos me contaban que como el turismo estaba generando una creciente demanda de cocaína en la isla. Que por supuesto, todo esto no iba sino a más, y que los extranjeros que venían cada vez traían menos buen rollo. Que la mayoría de los hombres europeos piensan que todas las brasileñas son putas, y que en el Morro acertarán en el 90% por ciento de los casos. Fue una mujer quien me dijo que la que no lo era, en cualquier momento podría serlo. De todas formas, para mi tranquilidad, me decian que yo era “muito legal
Si que nos habían ofrecido drogas en alguna ocasión, pero a raíz de estas conversaciones, abrimos un poquito más los ojos y la verdad es que sí que se hacían más evidentes. Es un poco triste que con la vida que se puede llevar allí haya quien se desplace para ponerse igual de morao que hacía en su lugar de origen. Pero, bueno, supongo que ni el Morro de Sao Paulo se escapa a la globalización.

Poco después de que llegara a casa aquella mañana, Guti resucita y me dice que si nos vamos en un barco que da la vuelta a la isla. Yo no me encuentro para barquitos, más que nada porque aún no he dormido. Me desperté cuando ya era de noche, pero Guti me dijo que se lo había pasado de puta madre, que había buceado entre el coral y recorrido los ríos interiores de la isla que eran una pasada. No puedo dar demasiados detalles sobre esa parte del viaje, porque yo no estuve allí.

Estuvimos un rato hablando con Patricia y luego nos fuimos a dar una vuelta por el centro. Cenamos de tranqui y volvimos, como cada noche con Tania y Pablo. El ambiente de la segunda playa nos agobiaba un poco así que no aguantamos mucho. Al volver a casa yo caí redondo en la cama. Encima de la mesa que había en la puerta había un termo de café y un trozo de bizcocho (bolo, le llamaba Patricia) supuestamente preparado para el desayuno del día siguiente. Todo estaba en calma y sólo el segurança paseaba por allí. Guti está leyendo en la cama. Le entra el hambre y se asoma fuera. Le pregunta al segurança “¿Esto es café?”, a lo que contesta que sí. Se pone una taza y se coge un cacho del bolo. A los cinco minutos el segurança peta a su puerta y le dice en portuñol: “Perdona, pero te estás comiendo mi comida”.
Yo me enteré de la historia a la mañana siguiente en el desayuno y no podía parar de descojonarme delante del segurança. El protestaba y nos decía que ya le había pasado otra vez con un italiano. Yo le pregunté que como coño iba a proteger la pousada un tío que no puede ni proteger su comida. Patricia decía que para la siguiente noche iba a envenenar el bolo para que Guti la cascara si lo volvía a tocar… (ella siempre tan cariñosa). Qué lástima que no estuviera Luigi, porque nos hubiéramos reído mazo con él.

Allí, en un par de hamacas que había a la puerta de la pousada, pasabamos un montón de horas muertas. Casi siempre vacilando con Patricia, que no os podéis imaginar la lengua que tenía. También estaban un par de niñas, hijas de amigas suyas, a las que Patricia cuidaba mientras sus mamás trabajaban. A una de ellas, Samara, de 10 años, le cogí bastante cariño. Nos llamaba gringos y decía que estábamos muy blancos. Bueno, ella era mulata. De alguna manera pienso que no es un buen lugar para que un niño crezca, y me pregunto que será de ella cuando tenga 15 años.

Gamboa
El primer día que llegamos a la pousada habíamos conocido a Jordi, un abogado de Barcelona que llevaba unos días por allí. Nos había hablado de una fiesta que había en otro pueblo de la isla: Gamboa do Morro, y decidimos ir con él. Era la última noche que íbamos a pasar en la isla y nos pareció buena idea lo de la fiesta. Para llegar podríamos ir caminando por la playa en caso de estar la marea baja, o bien coger un barco que tardaba unos 10 minutos. Después de la cena y un par de gin-tonics fuimos hasta el embarcadero y vimos que la marea estaba altísima. Andando imposible. Vimos que un barquito estaba saliendo y le gritamos: “¿a dónde vas?”. Nos contesta que a Gamboa y le decimos que entonces que de la vuelta que también vamos. Da la vuelta con los 15 pasajeros que llevaba dentro y nos subimos tres más, a dos reales por cabeza. Los pasajeros son casi todos turistas brasileños y van cantando canciones de campamento. Yo veo que el bote hace bruscos movimientos laterales y la línea de flotación está ampliamente rebasada. Además no lleva luces y se oyen otros motores, lo cual quiere decir que hay tráfico denso.
Yo no me acojono demasiado, pero a Guti, después del viaje en catamarán no le sienta demasiado bien eso de ir en un barco de dudosa seguridad, de noche y sin luces.
Llegamos sin mayor percance a Gamboa y nos dirigimos a la fiesta que es en un trozo de playa que han cercado con hojas de palmera. Allí nos encontramos a Luci y Tasi, las amigas de Jordi que también tienen una barraca y empezamos a apretarnos caipirinhas de dos en dos, para mayor estrés de Luci, que no está acostumbrada a estas prisas en el beber. Nos hemos quedado sin tabaco y los chavalillos que venden el Marlboro todavía no han aparecido. No conseguimos otra cosa que “Broadway”, una especie de cigarrillos de puta que saben a Pato WC. El grupo de Capoeira no se decide a empezar a actuar. No sabemos que está pasando pero la actuación no empieza y además los músicos se piran. Intuimos que ha habido algún percance pero nadie nos cuenta nada. Habíamos hablado con algunos de los bailarines y nos dice que habían estado actuando en Palma de Mallorca. Cuando vemos el espectáculo que montan no podemos más que descojonarnos de risa. 3 chicos y 3 chicas montan una serie de bailes en cadena, con todo tipo de atuendos supuestamente “típicos” de algún lugar de Brasil. Un espectáculo para guiris total y absoluto. Supongo que el mismo que montaron en Palma de Mallorca. Total, que seguimos trajinando caipirinhas.
A cierta hora creemos que ya hemos tenido bastante y tratamos de volver al embarcadero a ver si encontramos transporte.
A medio camino, en medio de la playa, los tres vamos medio borrachos y riéndonos de todo. Yo veo asomar la proa de un barco en medio de la oscuridad, unos 500 metros antes de llegar al embarcadero. Salta un hombrecillo y nos sale al paso ofreciéndose como taxista por unos módicos 50 reales. Tardamos un poco en salir de nuestro aturdimiento, pero nos damos cuenta de que la cosa va en serio, así que comenzamos a negociar. La táctica del poli-bueno, poli-malo está bien, pero si en lugar de dos, juegas con tres y encima borrachos, no sólo sacas precios mucho mejores, sino que además te partes de la risa. Jordi, con su retórica de abogado, le dice al chaval que entiende que él acaba de ver una oportunidad de negocio, pero que sus costes nos parecen excesivos, y por lo tanto tenemos que parlamentar. Yo simulo ser el más predispuesto a alquilar sus servicios y Guti el que no quiere subirse al barco ni de coña. Tal es así que exige que el barco tenga luces para subirse. A punto está de fracasar nuestra negociación cuando no pasamos de 15 reales, pero al final acepta. El carpanta era pirata pero no tonto. Y nosotros tampoco. Al fin y al cabo si está en la playa y no en el embarcadero es porque no tiene licencia para llevar pasajeros y nosotros, con tal de evitarnos otro medio kilómetro por la arena pagamos un par de reales más y nos echamos unas risas.
Subir al barco fue toda una odisea, porque estaba solamente medio encallado en la arena. Tuvimos que quitarnos las chanclas, tirarlas arriba y, ayudados de una cuerda, subir al barco medio escalando. Por fin arranca y Guti le pregunta por las luces. Patapalo dice que espere un poco. Salimos del área del puerto y las enciende. Jordi, que entiende un poco de navegación nos dice que las lleva cambiadas. La roja debería estar donde está la verde y viceversa. Madre mía con el pirata. No, si va a ser mejor que las apague no nos vamos a estrellar contra otro barco que venga de frente por haberlo desorientado.
Yo me siento en la proa y voy alucinando al ver toda la costa del Morro iluminada, al ver las estrellas del hemisferio sur y descubrir que es un cielo distinto al que yo he visto toda mi vida por la noche. La luna creciente se refleja en el mar que está absolutamente calmado, y el viento me pega en la cara dejándome sobreimpresionada una absoluta sensación de libertad.
La noche no dio mucho más de sí, nos tomamos una más en la segunda playa y nos fuimos a casa. El segurança ya se había comido su bolo en previsión de lo que pudiera pasar.

El largísimo viaje de vuelta
El viernes fue día de despedidas. Pagamos a Patricia y nos despedimos de ella, de Paolo, de Jordi, de Guillermo Toledo, que nos lo volvimos a encontrar por la mañana, de Tania y Pablo, que nos dio muchísima pena… en fin, así son los viajes. Tomas contacto y cariño inmediato con gente a la que, en el fondo no conoces de nada.
Como Guti lo había pasado tan mal en el viaje de ida, buscamos una alternativa para la vuelta y por un poquito más de pasta, conseguimos volver a Salvador en una avioneta. Sólo 6 plazas. La idea de volar en un cacharro así era bastante excitante, sobre todo porque ninguno de los dos nunca lo habíamos hecho nunca.
El aeropuerto del Morro está en obras, así que tenemos que coger una barca hasta Valença, un sitio cercano, ya en el continente donde nos recogerá la avioneta. Allí nos dirigimos con dos parejas de chilenos requetepijos todos ellos.
Al llegar al embarcadero de Valença nos recoge una furgoneta que nos lleva al “aeropuerto”. El aeropuerto era para verlo. Sólo tenía un empleado que estaba hablando con un policía con camisa blanca. Vemos la avioneta aparcada detrás y es el único vehículo que hay en los alrededores a parte de la furgo que nos ha traído. El policía no era tal, sino nuestro piloto, que nos conduce hacia la avioneta. Guti y yo no podemos parar de partirnos de risa mientras descubrimos que uno de los chilenos está auténticamente acojonado de volar en ese cacharro.
La avioneta tiene 3 filas de asientos. Piloto y acompañante, en la segunda caben 3 pero como las sardinas, y atrás caben dos pero muy malamente.
Para subirse hay que pasar por encima de una de las alas. Guti se pide acompañante y nadie le rechista. El piloto empieza a salir hacia la pista. Guti le dice: “Entonces, yo no toco nada, ¿no?”. El chileno mira hacia arriba y dice “¿Dónde está mi catamarán?”. Guti replica con el discursito: “Buenas tardes, les habla el sobrecargo Gutierrez, el vuelo a Salvador de Bahía tiene una duración de 20 minutos…”. El chileno ya se está yendo por la pata abajo. Guti sigue echándole leña al fuego y al salir a la pista, cuando el cacharro está a punto de despegar le pregunta al piloto: “Por cierto… ¿usted ya ha volado alguna vez?” Yo ya no puedo reprimirme las carcajadas viendo al chileno ponerse de todos los colores.
El viaje fue fantástico, volando a baja altura y recorriendo toda la costa hasta la ciudad de Salvador. Sobrevolar la ciudad fue lo más impresionante. Ya había visto un montón de edificios grandes en Salvador y por eso me había parecido, en principio, una ciudad moderna y segura, pero volando por encima de la ciudad nos dimos cuenta de que todo lo que no son esos edificios, son favelas. Y en algunos casos la separación entre unos y otras es una calle, o un muro. Nada más. Es una ciudad inmensa. Y no demasiado agradable. Todo lo que la rodea es maravilloso. Pero la ciudad en sí… es para salir corriendo.

La cosa nostra
Antes de salir de Morro, Patricia había llamado a Corrado, un contacto de Luigi, también italiano, que nos iría a buscar al aeropuerto y nos enseñaría un par de pousadas que estuvieran cerca para volver a Rio al dia siguiente. Cuando llegamos, allí estaba esperándonos. “¿Pablo y José de Madrid?” preguntó. Metimos las mochilas en el coche y pronto descubrimos que Corrado es el tío más atacado que he visto en mi vida. Nos empieza a contar que trabaja como “guía turístico independiente” en Salvador. Es decir, un buscavidas. A lo largo de todo el camino que hicimos hasta que nos encontró una pousada (la primera no nos gustó, en la segunda nos quedamos) nos fue contando una historia de dos pijas madrileñas que había tenido un mes antes. Lo resumo un poco porque sería imposible contarlo como lo hizo él. La historia era que habían requerido sus servicios en un par de ocasiones para luego dejarle tirado y que el último día, le pidieron que las llevara de compras y luego al aeropuerto. Él les cobró 100 reales (unos 30 euros) y ellas se gastaron el resto de la pasta que tenían en chorradas. Al llegar al aeropuerto resulta que tienen que pagar una tasa que no habían pagado por sus billetes y eso asciende a 90 reales. No tienen un mango y le piden a Corrado los 100 reales. El no tiene otra que cedérselos. Le costó casi un mes y 3 e-mails que le mandaran los 30 euros desde España. Al final de cada frase decía “Absurdo!!! ma é absurdo!!!”. Mientras tanto nos había preguntado en qué trabajábamos sin esperar la respuesta, casi nos salimos de la carretera cuando empezó a buscar el cinturón de seguridad al ver un control de la policía, paró a echar gasolina mientras hablaba con el móvil con el dueño de la pousada a la que nos llevaba. El gasolinero le preguntó “¿super?” y él dijo que sí mientras hablaba por el móvil. Al segundo bajó la ventanilla sin colgar y le dijo: “ NOOOOOO!!! Sin plomo!!! Sin plomo!!!” Nos quería enseñar la urbanización a la que nos llevaba y dudaba por qué calle meterse, paraba, daba marcha atrás, cambiaba de opinión y nos quería enseñar el restaurante que nos recomendaba, nos dijo que se quería montar una pousada en Puerto Seguro, se desvió del camino para enseñarnos la calle donde vivía…
Y mientras todo esto pasaba Guti y yo ya no le estábamos escuchando porque nos estábamos literalmente descojonando de risa. Le pagamos 15 euros sólo por la risa que nos hizo pasar, y por que se portó de puta madre con nosotros. Nos había dicho que nos conseguía pousada por 60 euros máximo. El tipo pedía 70, pero 10 eran su comisión, a la cual renunció para respetar el precio que nos había prometido por teléfono. Si alguna vez vais a Salvador de Bahía, Corrado es vuestro hombre.
Hay unas camisetas bastante populares en Bahía que dicen: “NO ESTRÉS. Bahía”. Pues bien, Corrado llevaba una especie de imitación que decía “YO ESTRÉS. Bahía”.
El sitio al que nos llevó era un apartamento que estaba bastante bien, pero que nos venía un poco grande. En el fondo sólo queríamos descansar esa noche para al día siguiente coger el avión a Río.
¿Adivináis de qué nacionalidad era el propietario? Italiano, por supuesto. Éste era Andrea (que en italiano es nombre de hombre), y tenía una pinta de vil de mucho cuidado, pero era buen tío. Era de Parma y conocía Madrid bastante bien. Se había casado con una negra y se había traído a su madre de Italia.
Después de conocerle y cuando se nos pasó el efecto de la risa que habíamos pasado con Corrado, empezamos a recopilar nuestro viaje por Bahía y caímos en la cuenta de que en todo momento fuimos conducidos por la mafia italiana: conocimos a Nino a través de su página web. Nino nos llevó a Paolo, Paolo a Luigi, Luigi a Corrado y Corrado a Andrea, el cual nos recomendaba el restaurante de su colega, al cual no fuimos.
Y caímos en la cuenta de que seguramente todo el tinglado funcione como la mafia, y que si algún día se enteran de que Filipo ha recomendado a unos turistas la pousada de un brasileño, se le dará un aviso… pero sólo uno!!! También llegamos a la conclusión de que Andrea sería uno de los capos, ya que habría obtenido el poder gracias a que en las reuniones en su casa está la mamma para hacer la bolognesa.
Pero una cosa si que nos quedó clara: los italianos tienen muchos mas huevos que los españoles. Se establecen y se ayudan. Cada uno en su sitio, pero todo funciona. La mano derecha lava a la mano izquierda y todo va más o menos funcionando como un engranaje en el que todo el mundo gana siempre y cuando nadie falte a los principios básicos. En definitiva: la cosa nostra.
Cenamos cerca de casa de Andrea en un lugar un poco pijo en el que Guti pudo por fin disfrutar de su ansiada moqueca bahiana. Una especie de zarzuela de pescado y marisco con algo de arroz. Volvimos a casa a descansar y Andrea nos obsequió con un chupito y un rato de charla. Quedamos al día siguiente para que nos llevara al aeropuerto.

Transcurrió el viaje a Río sin mucho que reseñar. Y de nuevo en el aeropuerto volvimos al asunto del regateo con los taxis. Esta vez lo conseguimos por 40 reales. En el Copacabana Palace nos volvimos a encontrar con Casiano en la conserjería. Conseguimos que nos volvieran a dar una habitación en la quinta planta, esta vez incluso más grande que la anterior. La verdad es que el tamaño de la habitación no nos importaba demasiado, pero la barra libre de la tarde no nos la podíamos perder.
Nos apretamos un par de gin-tonics recopilando los recuerdos del viaje. Ya nos sentíamos de retirada, y es que en los últimos días habían sucedido un montón de cosas, un montón de imágenes por asimilar.
A Guti no le apetecía salir por la noche y yo al final yo quedé con una amiga que conocí en Madrid hace un par de años que me llevó con su novio y con sus amigos/as pijos a un sitio pijo donde tocaba una banda una especie de samba-fusión, que no sonaba nada mal. Casi todos ellos habían vivido algún tiempo en los Estados Unidos y todos hablaban de que Rio era genial… excepto por “la violencia”. En sitios como aquel es donde realmente te das cuenta de las abismales diferencias que existen en Brasil. Te encuentras en un bar de lo más selecto de Río, y en cuanto pones un pie en la calle ya tienes que andar con mil ojos. Allí los guetos son los lugares a donde van los pijos.
A la mañana siguiente madrugamos para ver el Gran Premio de Bélgica de Formula 1, en el cual Fernando Alonso quedó segundo y casi sentenció el campeonato. Después nos metimos nuestro último apoteósico desayuno en el restaurante del hotel y recogimos todas las cosas para volver a casa.
Una vez más camino al aeropuerto en uno de los taxis amarillos. Nuestro chofer esta vez era Adailton, que según el mismo había sido jugador de fútbol profesional allá por los 70. Por supuesto también odiaba a Barrichelo y por supuesto también estaba al día de la alineación del Real Madrid. El taxímetro marcaba 43 al llegar al aeropuerto. Le pagamos con 50 y él nos dijo, “bueno, los siete para la vuelta, ¿no?”. Y se llevó el billete entero.

De las casi tres horas que estuvimos esperando antes de subirnos al avión de Iberia casi mejor ni hablamos y de las mil horas que el aparato tardó en llegar a Barajas tampoco. Pero así fue y a las 5 y media de la mañana nos plantábamos en el aeropuerto. Cogimos un taxi hasta Antón Martín y después de dejar las bolsas en casa de Guti nos fuimos a desayunar a un bar que está al lado de Atocha, en frente de Kapital. Allí estaban todos los fiesteros desayunando y nosotros hicimos lo propio.
Yo me piré a casa porque supuestamente ese día tenía que ir a trabajar. Así que después de deshacer mi maleta y ducharme me fui a la oficina de Madrid, la cual hacía meses que no pisaba. Allí estuve mareando la perdiz toda la mañana hablando con unos y otros y resolviendo asuntos burocráticos pendientes.

Por la tarde me fui a casa a echar una siesta y cuando me desperté quedé con los amiguetes de Lavapiés. Estuvimos tomando unas copas en el Aguardiente y a eso de las 2h ya estaba planchando oreja pues al día siguiente tenía que volar a Chicago.
A las 0h de aquella noche había comenzado el día 13 de setiembre de 2005. Acababa de cumplir 27 años. Fue el cumpleaños más largo de mi vida, pues a sus 24h le tuve que añadir las 7 de diferencia horaria entre Chicago y Madrid. Y también fue una forma un poco sui generis de celebrarlo. El viaje se me pasó bastante rápido y al llegar dejé la maleta en casa y me fui a la oficina. Después de 5 semanas fuera todo eran abrazos y parabienes con los compis, aparte de reuniones y puestas al día de todo lo que había acontecido.
Por la noche estuve cenando con algunos compañeros en el Bijan´s, como de costumbre y a las 0h del día 14 (7h de la madrugada hora española) me dije que ya no podía más y me fui a dormir.

Desde que el viernes me subiera a la lancha que nos llevó al aeropuerto de Valença hasta que me metí en la cama aquel martes por la noche se habían sucedido un rosario de viajes que incluían un avión diario.
Las vacaciones se habían acabado. Ahora sólo necesitaba descansar.

Chicago, 25 de setiembre de 2005

Numa folha qualquer eu desenho um navio de partida
Com alguns bons amigos, bebendo de bem com a vida
De uma América a outra consigo passar num segundo
Giro um simples compasso e num círculo eu faço o mundo
Um menino caminha e caminhando chega num muro
E ali logo em frente a esperar pela gente o futuro está
E o futuro é uma astronave
Que tentamos pilotar
Não tem tempo nem piedade
Nem tem hora de chegar
Sem pedir licença muda nossa vida
E depois convida a rir ou chorar

Vinicius de Moraes

Contactos
Por si alguna vez visitáis Brasil, aquí tenéis algunos contactos que pueden ser interesantes:

En Río de Janeiro:
Copacabana Palace: No se os ocurra ir, pero por si queréis saber cómo es: www.copacabanapalace.com.br

En Salvador de Bahía:
Pelourinho: Pousada do Boqueirao. Un sitio excelente. Muy recomendable para ir en pareja. www.pousadaboqueirao.com.br
Si necesitas cualquier cosa o simplemente te sientes desorientado:
Corrado Sabatini: corradosabatini@hotmail.com Tlf: 9116-0062

En Morro de Sao Paulo:
Pousada Genova. (Luigi) italialuigui32@hotmail.com Tlf (75) 8105 5426.

September 26th, 2005

La Cueva del Ermitañ0

Tenía que suceder tarde o temprano. Los movimientos geológicos llevaban tiempo sucediéndose aunque no se habían manifestado en la superficie. Sin embargo hoy se ha desprendido una enorme roca de la montaña y ha dejado al descubierto la pequeña gruta que conduce a la cueva en la que mora este humilde ermitaño.

Llevaba tiempo enviando correos masivos a los colegas hablando de los viajes que he ido haciendo, de las cosas excepcionales que acontecían en mi vida… y al mismo tiempo visitando con envidia las bitácoras de otros blogeros. Así que hoy ha sucedido y sin alfombra roja ni siquiera una piel de oso, queda inaugurada esta cueva a la que el mundo podrá asomarse para saber como le va al Ermitaño.

Para mí es un ejercicio y al mismo tiempo una aventura. Es un ejercicio porque a pesar de llevar 5 años en esto de la informática casi no he tenido contacto con la web aparte de cómo usuario. Y es una aventura porque paso un poquito protagonista de este mundillo del que hasta ahora sólo había sido espectador.

Todavía no sé muy bien cuales son los temas a los que voy a dedicar el diario. Supongo que irán surgiendo. Pero seguro que habrá crónicas de viajes, opiniones de las cosas que suceden en nuestro mundo y aventuras varias que uno vaya viviendo. El resto dependerá del tiempo libre y la inspiración que tenga.

Y si además tengo lectores… uff!! Eso si que sería una maravilla.

Chicago, 26 de setiembre de 2005.

1 comment September 26th, 2005

Next Posts


Que es Creative CommonsUn video CC sobre el copyleft

Calendar

September 2005
M T W T F S S
    Oct »
 1234
567891011
12131415161718
19202122232425
2627282930  

Posts by Month

Posts by Category