¿Playa o montaña?
DÃa 7. Ouzarzazate-Esaouira. 378 km.
Tras las montañas estaba el mar.
Soy eterno viajero de sueños e ilusiones.
Soy eterno viajero de amores.
[...]
Cruzaré los mares en mi barco pirata
con los cañones acenagados
mi bandera será blanca
[...]
Cabalgaré por valles y montañas
a lomos de mi Gitana
sin dejar más señal para el retorno
que la sonrisa y la amabilidad.
¿Y por qué habrÃas de elegir entre la playa y la montaña si puedes disfrutar de las dos en el mismo dÃa? Pues eso mismo pensamos nosotros. Amanecer a la puerta del desierto, atravesar los valles del Atlas por puertos de montaña que superan los 2000 metros y disfrutar de la puesta de sol sobre las murallas frente al mar en Esaouira. Ese era el plan. Bueno, en realidad no era el plan porque no habÃa plan… pero eso fue lo que sucedió.
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El hotel Ibis bien valió el pastón que nos costó. Descansamos muy bien y ya que el desayuno estaba incluÃdo habÃa que amortizarlo. Lo primero poniéndonos hasta las patas de comer. Ya que era un hotel “estilo europeo” el desayuno también lo era. Probamos todos los zumos, bollos y cereales. Pero como no nos parecÃa suficiente robamos dos bollos de pan y queso y fiambres varios para los bocatas del dÃa. Hoy no habrÃa parada técnica en ninguna fruterÃa. Hasta un par de yogures y algo de fruta nos llevamos. Para disimular tuvimos que hacer los bocatas en la propia mesa y luego envolverlos en servilletas. ImagÃnate que sales del comedor y se te cae una loncha de pavo. Vaya corte ¿no? Lo cierto es que Sarajayne y yo juntos tenemos bastante peligro. Un peligro que no tenemos por separado, me temo. Nos animamos a base de frases hechas similares a esa de “¿cómo que no hay huevos? el queeeee!!!” y luego nadie querÃa pero el delito se consumó.
En el hotel se veÃan algunas familias marroquÃs también. Nada que ver con la mayorÃa de la población con la que te encuentras en el paÃs. Mujeres con el pañuelo, pero también vaqueros y zapatos de tacón echándole la charla a los crÃos para que se beban el zumo… gente pudiente en general. Cómo en todos los paÃses que hay mucha pobreza, hay una pequeña clase que está re-forrada. Porque los precios de este hotel son algo totalmente prohibitivo para la mayorÃa de las familias marroquÃs.
Salimos de allà bien llenitos y con los ingredientes de nuestra próxima comida y nos lanzamos a la medina de Ouarzazate. Es muy pequeña y se encuentra totalmente amurallada. Casi toda la ciudad ha crecido en el exterior. Nos dimos un paseo mañanero por sus calles angostas con los edificios de adobe a uno y otro lado.
No habÃa demasiados turistas y muy pocas tiendas, a las que, por supuesto sus dueños nos invitaban a entrar con insistencia. Era temprano y no nos cruzamos a casi nadie por la calle. Eso sÃ, todo el que nos cruzábamos nos querÃa vender algo o hacer algún tipo de vileza. No parecÃa que vinieran muchos turistas por aquÃ. Casi todas las calles acababan en callejone sin salida, asà que después de mucho recorrer volvimos a salir por el mismo sitio por el que entramos. Al chilabilla del parking le soltamos 5DH por haber dejado el coche media hora y después de hacer algunas fotos nos fuimos. Merece la pena meterse en esas callejuelas, aunque no lo recomendarÃa de noche. Nosotros lo intentamos la noche anterior y aparte de que no se veÃa nada, la situación tampoco infundÃa mucha confianza.
Del resto de la ciudad, más allá de la Kasbah sólo vimos lo que nos quedaba de paso camino de Marrakech porque nos fuimos prontito de allÃ. Parece una ciudad bastante grande y muy “occidentalizada”. No en vano es allà donde se encuentra uno de los mayores estudios cinematográficos del mundo. Y donde se ruedan casi todas las pelÃculas de desiertos hoy en dÃa. Aquà se rodaron, por ejemplo, las escenas africanas de Gladiator.
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Nos los encontramos a la salida de la ciudad aunque no paramos. Ni si quiera les hicimos fotos. Se las hicimos en cambio a una caravana de escolares que nos encontramos en el camino. Un convoy de tres furgonetas llevaba a los jóvenes marroquÃs al cole.
A Sarajayne le tocó el primer turno conductor del dÃa… y quizá me hubiera cedido el honor de haber sabido la que le esperaba. Nos acercábamos al Atlas de nuevo, esta vez para cruzarlo de sur a norte. Los primeros 100 km fueron más o menos llanos, pero a partir de entones empezaron unas terribles curvas con visibilidad nula en las que en muchos casos habÃa que reducir hasta los 20 km/h. Los paisajes no tenÃan pérdida, una auténtica pasada, pero los desniveles aconsejaban al conductor no despistarse demasiado.
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En una de las ocasiones en las que habÃamos parado a hacer una foto vimos un autobus acercarse hacia el lugar donde habÃamos dejado el coche aparcado. Si nos adelantaba tendrÃamos que ir detrás de él durante horas, pues adelantar era del todo imposible. Asà que salimos corriendo hacia el coche tratando de ocupar la carretera antes de que nos adelantar. Tuvimos que dejar el coche caer en punto muerto porque le costaba arrancar. Después de hacerle parar pudimos arrancar con calma y prosegiur.
La temperatura a más de 2000 m de altitud ya pasaba del virujillo al más puro rasca. A lo largo de las cunetas aparecÃan, más que nunca, vendedores ambulantes. Sólo que en vez de moverse ellos, esperaban a los coches que pasaban ante ellos. El producto tÃpico de esta parte del paÃs son las rocas brillantes. Esas piedras que son como huecas por dentro pero que están recubiertas de brillantes y que no tengo ni idea de cómo se llaman. Las he visto vender en alguna tienda. La verdad es que son preciosas y deberÃamos haber parado a preguntar por el precio… pero no llegamos a hacerlo.
Paramos a hacer alguna foto más de las aldeas que casi cuelgan de las laderas del Atlas. Da igual lo remoto que sea el lugar en el que pares. Siempre aparece alguien. En una de estas paradas nos aparecieron una retahila de niños que nos ofrecÃan hojas de alguna planta aromática. Probablemente romero. Una de las niñas llevaba en brazos a un hermanÃn, casi bebé. Nos chillaban sin parar y dos de ellos nos enseñaban monedas de diez céntimos de euro diciendo “changé, changé…!!” Unos metros detrás ya se nos acercaban los padres también y antes de entrar en lidia con todos les cambiamos las monedillas por dirhams y salimos pitando de allÃ.
Los colores rojos de las montañas nos fueron acompañando todo el camino hasta que por fin empezamos a descender y fuimos llegando al llano. No nos quedaba demasiado para Marrakech a la vista del mapa y de la policÃa, cada vez más presente.
Atravesar Marrakech con el coche es un flipe. El caos absoluto de tráfico de todo tipo de vehÃculos y viandantes. No hay muchos semáforos y a los que hay nadie les hace caso por eso tienes que tener quinientas antenas para no tener ningún percance. Con todo, apenas nos equivocamos una vez en una rotonda, conseguimos salir de semejante pollaster. En alguno de los cruces de calles nos encontramos con los carteles que indicaban hacia Jemaa el Fna, la mÃtica plaza de Marrakech a la que desgraciadamente no Ãbamos a poder acudir. No habÃa tiempo – snif – a ver si en otra ocasión.
A la salida de Marrakech paramos para echar gasofa y cambiar de piloto. Sarajayne ya se habÃa comido más de doscientos kilómetros por esas carreteras de Alá, unas cuatro horas sin parar. Empecé mi conducción con concentración y respetando – eso creÃa – los lÃmites de velocidad al atravesar los pueblos. Pero a la salida de uno de ellos habÃa un tramo de 30 metros en obras y el lÃmite era 60 km/h. Por lo visto yo pasé a 77. Eso, al menos, indicaba el cacharro antediluviano que me mostraba unos metros más adelante uno de los tres agentes de la autoridad que nos paró. No parecÃa haber posibilidad de soborno, el tÃo estaba bastante serio. Lo habitual en estos casos: 400 DH. Yo sabÃa que en la cartera casi no llevaba pasta (unos 250 DH) asà que la saqué y le dije en mi rudimentario francés que sólo tenÃa eso y que si no tendrÃa que pagar con tarjeta de crédito. El hombre se quedó pensando. No ofrecÃa alternativa para que le untase…. mal asunto. Al final decidió ponerme una multa por no llevar el cinturón (aunque sà que lo llevaba) que “sólo” son 100 DH. He aquà la receta:
Tras firmarla (quien sabe si en realidad firmé mi sentencia de muerte), la charla habitual. “Despacito y buena letra, precausssión amigo conductorl, la senda es peligrocha, no se volverá a repetir señor agente”.
La parada en el cruce de caminos de Chichaoua – para nosotros chi-gua-gua – era obligado. Hace varios años descubrimos en aquel pueblÃn donde se cruzan las carreteras de Essaouira y Agadir un restaurante/parada de autobuses que contaba con una fabulosa piscina. El sitio habÃa cambiado bastante, aquel cómo restaurantÃn de carretera es ahora todo un complejo hostelero. Además la piscina estaba vacÃa. Con otra buena dosis de morrul nos agenciamos una mesa en la terraza, nos pedimos una cocacola y una fanta y sacamos los bocatas que habÃamos sisado del desayuno. Tras dar cuenta de ellos y la visita de rigor al baño seguimos camino a Essaouira.
Una hora y pico después, tras una curva de la carretera en lo alto de un cerro se nos aparecÃa el océano y la ciudad a nuestros pies. Ya casi habÃamos llegado. Entramos despacio por el paseo marÃtimo con las ventanillas bajadas para respirar el aroma del mar. Cerca del puerto encontramos sitio donde aparcar y tras negociar una vez más con el chilabilla nos adentramos en – palabras de Sarajayne – la ciudad pirata de los relojes parados.
Nos encontramos con bastantes guiris, pero aún asà la ciudad no pierde el encanto. No hay pesaos, no hay viles, no hay millones de tÃos que se te ofrecen a buscar hotel o hacerte de guÃa. Una sensación de paz increÃble, una libertad total para disfrutar de la belleza de esta maravilla de ciudad.
Nos adentramos por las calles de piedra en busca de un lugar donde dormir y con una inmensa suerte encontramos sitio en el primero. El hotel Cap Sim, donde conseguimos una habitación doble sin baño por 158 DH (menos de 15 euros!!!). Obviamente estaba lleno de mochileros guiris, pero todos bastante tranquilitos. Dejamos los bartulos y nos fuimos a patear un poco la ciudad.
En un par de pasos acabamos en la muralla que da al mar, sentados mientras veÃamos el sol caer sobre el horizonte. Un lugar fenomenal para disfrutar de una puesta de sol sin igual. La temperatura era agradable, la brisa soplaba hacia tierra y el sol descendÃa a pasos agigantados. PodrÃamos pasarnos una vida entera allà sentados sin pronunciar una sola palabra. Sublime.
En el paseo sobre la muralla habÃa niños jugando, familias enteras paseando y sobre las almenas guiris y marroquÃs sentados, dedicados a la misma actividad contemplativa que nosotros. Entre ellos descubrimos a alguna parejita marroquÃ, que en algún caso llegaban incluso a estar agarrados. Ella con su pañuelo y toda la pesca… pero agarrados en público. ¡IncreÃble! sin duda hay algo diferente en esta ciudad.
Lorenzo nos dijo adiós por este dÃa y nosotros segiumos nuestro paseo por el puerto hasta que encontramos una terraza con vistas al mar donde habÃa música en directo y Heineken a 35 DH. Nos tragamos un par acompañadas de unas pipas que habÃamos encontrado dentro de nuestra bolsa de vÃveres. Charlamos, vemos a la gente pasar por la plaza, nos reÃmos. Ya llevamos recorridos varios miles de kilómetros desde la Torre Picaso en Madrid, y salvo un par de incidentes todo nos está saliendo de coña. La vida es bella.
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Volvemos al coche para coger algo de ropa, hemos decidido ponernos de tiros largos y darnos un homenaje para la cena. El guardián del “parking” (la puta calle) ha cambiado y este nos quiere cobrar de nuevo. Le explico que ya he pagado hasta el dÃa siguiente y el tÃo no atiende a razones. Quiere cobrar y ante mi negativa me dice que si le pasa algo al coche el no sabe nada. Vale que me tanguen, pero que me tomen el pelo me enerva sobremanera, asà que tras dudarlo un instante le miró fijamente y le digo que como le pase algo al coche vamos a tener más que palabras. Tú sabes donde está mi coche pero yo sé donde estás tú hijo de puta. Cuentan con eso. 20 dirham para ti no es nada, y supuestamente estás a su merced porque tienes ahà tu coche para hacer el viaje. Pero no es asÃ. Ellos también están ahà todo el puto dÃa y es de lo que viven. Si hay algún problema podemos ir a discutirlo con la policÃa, a ver quién tiene más que perder. Antes de que se vaya le digo en francés (ahà si que llego), a grito pelao que qué es lo que quiere. El tÃo me dice que no habla francés. Se ha cagao en los pantalones. El golfillo está a salvo. Supongo que no nos esperaba tan agresivos. A todas estas hay que decir que aunque Sarajayne no hablaba con el chilabill decÃa continuamente “no se te ocurra darle nada”.
Encontramos un restaurantÃn muy mono con música en directo y menú asequible. Restaurante Sirocco. Es genial y la comida está genial. Hemos tenido el buen criterio de pedir un único menú para los dos, porque te ponen mogollón de comida. Aún asà nos sobra. En la decoración no falta detalle, parece un palacio árabe trasladado al momento presente. La comida exquisita y su presentación también, los camareros muy simpáticos y los músicos te saludaban si te quedabas mirando. Tocaban un poco de todo en plan jam-session la mayor parte del tiempo, una mezcla de piezas pop con trasfondo árabe, una de esas metáforas de la globalización. Bajo, guitarra eléctrica y percusión en su justa medida de volumen, te dejaba conversar. El ambiente era genial.
Y entonces el restaurante empezó a vaciarse y en una mesa cercana a la nuestra un grupo de ocho o nueve yankis un poco más jóvenes que nosotros trasegaban jarras de cerveza sin parar. Uno de ellos le dijo al guitarra si le dejaba tocar y le dejó. No tocaba mal el tÃo, pero empezó a cantar únicamente canciones americanas conocidas. El resto de la banda se las sabÃa y le acompañaban, y todo el grupo de sus colegas las cantaban a grito pealo. Una hizo gracia. La segunda rompió completamente la magia del lugar. Y a partir de ahà siguieron y siguieron, con sus canciones y sus jarras de cerveza. Nosotros querÃamos pagar cuanto antes y largarnos de allÃ.
Uno se pregunta por qué hay personas que están deseando viajar miles y miles de kilómetros más allá de su casa para hacer exactamente lo mismo que hacen allÃ. No lo sé. El caso es que son esos turistas que acaban destrozando el encanto de los lugares por los que pasan. Es muy tÃpico de los americanos. Viendo a aquellos jovenzuelos cantar las canciones que les ponen todos los sábados en las discotecas de sus ciudades me vino a la mente un triste pensamiento, y es que Essaouira tiene los dÃas contados. Esa ciudad que está fuera de los circuitos turÃsticos habituales, que no tiene grandes hoteles ni un desarrollo brutal, empezará pronto a tenerlo. Y los relojes parados empezarán a marcar el ritmo de las prisas. Y los piratas serán entonces hombres disfrazados que se habrán convertido en atracciones para el turismo de consumo facilón, patearán las calles diciéndote “yo guÃa, yo guÃa”, y los hotelillos tranquilos con las paredes desconchadas en el exterior serán adquiridos por alguna cadena que enviará ofertas especiales de semana santa a los turoperadores. Y esta ciudad, con las mismas calles y en el mismo lugar geográfico, habrá perdido gran parte de su encanto.
Yo ya estuve aquà hace tres años, y se notan algunos cambios. El turismo masivo lo acaba destruyendo abolutamente todo. Asà somos los humanos. Viajamos continuamente a nuevos lugares en busca de autenticidad y nosotros mismos la destruÃmos a nuestro paso.
Pero al mismo tiempo también pensé que me alegro de haberla conocido asÃ, tan preciosa, tan tranquila, tan dormida. Me alegro de haber visto el Atlántico desde sus terrazas, de pasear por sus calles mitad caribeñas mitad árabes, de soñar con épocas de piratas bereberes atacando la fortaleza portuguesa, de haber conocido una ciudad en Marruecos que escapa a las tremendas ataduras del Islam. Me alegro de haber estado allÃ.
Aún nos quedó tiempo para dar un paseo, ya de noche, por las calles vacÃas. No quedaban turistas, sólo estaban ellos, los Essaouireños charlando en los zaguanes de las puertas. Incluso grupos de mujeres, sin pañuelo ni nada, charlando al fresco de la noche, grupetes de adolescentes haciendo alguna de las suyas en los callejones, y las olas del mar estrellándose contra la muralla.
Cómo nos alegramos de haber llegado hasta aquÃ.
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ohhh Joe que crónica tan bonita!!
Yo estube en Marrakech y en Essaouira la última semana de MArzo y me encanto. Esa playa de Essaouira de 9 km! casi me quedo allÃ, además iba vestida de Ber-Ber y pasaba como una mora más, ventajas de ser muy morena, nada de “chilabillas” acosandote para que les compraras algo “más baratu que pryca”
en fin, muy “bunito”, espero ansiosa el siguiente capÃtulo.
la proxima vez… cargare mi mochila con el bikini… me llevare una sombrilla …. y dispuesta andar por un desierto inacabable a oirillas de un increible mar por lo que parece…… de ilusiones no faltan…. cada vez me asombra mas este marruecos desconocido para mis ojos… pero no tanto para mis sentidos …